La Feria con (o sin) niños

Tengo la casa adornada con trajes de flamenca colgados en cada armario, mantoncillos ya planchados sobre los respaldos de las sillas del salón, flores, peinetas y pendientes ordenados por juegos de color y tachados los días que faltan para pisar el albero el Sábado del Pescaíto. ¡Ah! Y tengo tres niños que todavía no sé que vamos a hacer con ellos.

Es lo que tiene traer hijos al mundo, que NO tienen horario de 8 a 15, ni días de vacaciones. Son para ti para siempreY hay ocasiones en los que se convierte en un verdadero… ¿dilema? ¿problema?… como cuando llega la Feria de Abril (cámbiese lo subrayado por cualquier otra fiesta o celebración que al lector le apasionara con locura antes de ser padre/madre). Os aseguro que, estos días, el tema “Qué haces con los niños en Feria?” es trending topic en mis conversaciones con adultos.

El Pitu Padre y yo nos preocupamos por encontrar el sano equilibrio entre inculcar a nuestros Pitus el gusto por nuestras fiestas y tradiciones… y tener un ratito de diversión para nosotros y nuestros amigos sin preocuparnos de estar con mil ojos para que el niño no se pierda en el Real, ni volvernos locos en las atracciones de la Calle del Infierno.

Así que algún día los llevaremos a dar un paseíto a la Feria para que se hinchen a base de algodón de azúcar, se monten en los cacharritos y tiren a la tómbola antes de que caigan rendidos y dormidos entre dos sillas de la caseta. Procuraremos hacerlo con otros sufridores padres y amigos acompañados de sus proles porque las penas experiencias compartidas son más llevaderas.

Otros días confiaremos en la bondad de los Pitu Abuelos para que se hagan cargo de sus nietos (ojalá sean muy bondadosos y se queden con los niños muchos días 😉 ) mientras que el Pitu Padre y yo nos escapamos a la Feria como cuando éramos novios. ¡¡Que hay ocasiones en las que sienta muy bien echarlos un poquito de menos para al día siguiente quererlos aún más!!


¿Y vosotros? ¿Cómo lleváis la logística de la Feria o vuestras fiestas locales? ¿Mejor con o sin niños? Anímate y cuéntanoslo!!!

 

 

El Pequeño Pitu no quiere andar

Mi Pequeño Pitu tiene ya quince meses y no quiere andar. Tampoco gatea, ni tan siquiera se mantiene de pie. Eso sí, culea a una velocidad increíble con la que se recorre la casa entera.

Al Pequeño Pitu le sobran roscas, es tranquilo como él solo y, la verdad sea dicha, lo hemos estimulado la mitad de la mitad que a sus hermanos porque siendo el tercero era mucho más cómodo que se quedara sentado en el carrito.

Sin embargo, las alarmas saltaron cuando en la cita de Niño Sano del año su pediatra nos avisó de que iba muy retrasado en psicomotricidad y que había que hacerle algunas pruebas. Comenzamos a escuchar términos como Atención Temprana, estimulación y rehabilitación, Unidad de Maduración… y aunque intentábamos permanecer tranquilos la cabeza volaba.

Sin querer, comparamos, y aunque nuestros niños nunca habían sido muy adelantados en dar sus primeros pasos es cierto que el Mayor a su edad ya andaba sin necesidad de apoyo y que el Mediano se levantaba solo de la cuna mientras que este pequeño…

Nos derivaron al Área de Maduración donde una maravillosa doctora Ramos, tras dos horas y media de consulta y exploración, nos dio el mejor de los resultados: “al niño le sobra tocino, derrocha pachorra, pero no tiene ningún impedimento para que eche a andar cuando llegue su momento”. ¡Cuando llegue su momento!

Como siempre viene bien un empujoncito, lo apuntamos a la Escuela de Estimulación del colegio de sus hermanos y en apenas un par de meses hemos observado unos adelantos maravillosos: ya disfruta colocándose boca abajo, ha reforzado la musculatura y empieza a estirar las piernas para iniciar el gateo.

La médica vaticinó que seguramente no eche el paso cuando lo vuelva a ver en la próxima revisión. Y nos aconsejó que no nos preocupemos, con un poco de ejercicio y mucha perseverancia todo se consigue.

Yo además me he propuesto una cosa más: no comparar entre sus hermanos (ni entre otros niños, el Pequeño Pitu es el único de su clase que aún no se mantiene en pie). Cada niño lleva su propio ritmo de aprendizaje y desarrollo. ¡Ya cogerá carrera!

 

Panini, las estampas de fútbol y los padres

El pasado fin de semana fui con mis dos hijos mayores a la Plaza del Cabildo, en Sevilla, a cambiar las estampas repetidas de su colección de fútbol de la Liga. Esta es una plaza encantadora en la que puedes encontrar monedas y billetes antiguos, cromos de muñecas, piezas de coleccionista y algunas antigüedades. Yo solía ir de pequeña con mi abuelo a comprar y cambiar sellos filatélicos, y ahora me gusta volver con mis Pitus a este peculiar cambalache en el que los niños se prestan tacos de estampas, repasan mentalmente cuál tienen y cuál le falta y negocian el valor de las cartas a cambiar, que no es lo mismo un Guante de Oro que un Súper Crack.

La mañana en el Cabildo, además de para pasar un rato agradable, da para mucho. Lo primero, que venzan la timidez inicial y se presenten a otros niños e inicien conversaciones. Segundo: para aprender a valorar un poco las cosas, que todo no se puede comprar; hay años que han acabado las colecciones con un montón enorme de estampas repetidas que no valían para nada. Si quieren completar la colección tendrán que poner algo de su parte y no solo dar sablazos a los titos y abuelos, sino buscar las cartas que les faltan intercambiando con otros niños.

Y por último, como experimento sociológico de cómo nos comportamos los padres. Porque si para la mayoría el ambiente era de fiesta y diversión por alcanzar la carta del jugador admirado o completar el equipo de cada uno, también me crucé con progenitores cargados de listas y álbumes que repasaban una y otra vez (ellos, no los niños) y padres vigilantes que no dejaban que sus hijos pasasen las estampas a otros niños por si se les caían al suelo… Me quedé a cuadros con una madre que le racaneaba a mis Pitus que su ‘Ídolo’ valía más que el ‘Nuevo Fichaje’ que los míos pretendían cambiarle… Entre tanto, sus niños eran meros espectadores -sin cartas en las manos- que acababan aburridos mientras sus padres se dedicaban a completar las estampas que les faltaban.

¿No será mejor propiciar que sean ellos los que ejerciten la memoria y recuerden qué estampas de jugadores ya atesoran?

¿No es más importante darles las herramientas para que no les timen (¡ojo, que hablamos de niños de seis años!) que impedir a toda costa que le levanten una carta de Griezmann?

¿Se nos ha olvidado que esto era un juego?

Me quedo con la cara de felicidad de mis dos Pitus que volvieron a casa con un taco de estampas nuevas y, lo mejor, conseguidas por ellos mismos. Repetiremos.

 

Lo que de verdad importa

En ocasiones andamos tan ocupados con nuestros ‘problemas‘ cotidianos  (el estrés del trabajo, la organización de la casa, los deberes de los niños, nuestras necesidades personales…) que perdemos la perspectiva de los problemas reales.

El pasado viernes contaba los minutos que faltaban para las tres de la tarde mientras repasaba mentalmente la maleta que estaba ultimando para irme con mis amigas de fin de semana ¡¡¡el primero desde que nació el Pequeño Pitu!!! y que venía a compensar todas esas lamentaciones de falta de espacio y tiempo para una misma.

Sonó el teléfono y al otro lado de la línea una profesora de la guarde me decía que el Pequeño Pitu estaba malito. Mi primer pensamiento de malamadre fue: ¡adiós al fin de semana! “Ya salgo para recogerlo”, le dije mientras que buscaba el bote de apiretal de emergencia que llevo siempre en el bolso. “No, se lo han llevado directamente al médico. Está convulsionando y lo han trasladado al centro de salud”.

Entonces todo se paralizó. No recuerdo cómo salí del trabajo, sí que me metí en  contramano por una avenida de tres carriles e hice un giro de 180 grados por el que me hubieran quitado todos los puntos del carné. No veía y casi no pensaba. Tenía miedo y sentía que me ahogaba. Solo quería llegar y ver a mi bebé. Sabía que estaba en buenas manos, pero sufría porque se supone que en un momento así debía ser yo la que estuviera con él. Ahora pienso que no sé si hubiera sabido cómo actuar en caso de que le hubiera dado la crisis estando en casa conmigo.

Llegué al centro de salud –acompañada por otra profesora de la guarde, qué bien se portaron todas- y tocaba aguantar el tipo. Allí estaban los dos hermanos mayores a los que ya había recogido el padre y no podíamos permitirnos perder los nervios y asustarlos aún más. Mi pobre bebé estaba tranquilo pero desnortado, medio en cueros tras ponerle un supositorio para bajarle la fiebre y sudoroso por el subidón de temperatura; me vio pero casi no me reconoció.

De allí para el hospital y comenzó el rosario de pruebas. Afortunadamente, no le repitió la convulsión aunque nos quedamos ingresados 24 horas para observar el desarrollo del bebé.

Es en esa sala de espera y en la posterior habitación de la planta sexta del Hospital Macarena (a cuyos profesionales estamos enormemente agradecidos por lo bien que nos trataron) donde las prioridades se reordenan y tomas conciencia de lo que de verdad importa. Asustada con mi niño en brazos esperando a que anunciaran su nombre por megafonía para pasar a consulta es cuando tus oraciones toman un único camino y solo importa una cosa: la salud de mi bebé.

En esa sala reconoces tu propio miedo en los ojos de los otros padres que allí esperan.

Conoces la angustia y el dolor físico, un dolor que no te importaría se multiplicara por mil en tu cuerpo si con ello libraras a tu niño de lo que allí le trae.

Ves a otros niños que llevan semanas entre aquellas paredes y de manera muy egoísta das gracias por la suerte que tienes.

Porque hasta que no se conoce la enfermedad en un hijo, en TU HIJO, no valoramos lo que tenemos, lo que de verdad importa.

El Pequeño Pitu salió de alta a las veinticuatro horas tras descubrir que todo venía por una otitis. Tras una semana de antibióticos se encuentra estupendamente. No sabemos si volverá a repetirse, no tiene porqué. Nosotros salimos por la puerta del hospital con el susto en el cuerpo y una oración de agradecimiento, porque a veces hay que verle los ojos a la enfermedad para (re)descubrir qué es lo verdaderamente importante en esta vida: tener a mis Pitus sanos y felices.

El Pitu Mediano, el síndrome del ‘hijo sandwich’

Mi Pitu de casi cinco años es morenito, muy guapo, aplicado en clase, cariñoso, juega bien al fútbol y tiene un carácter reservado y tímido. Además, es el mediano entre sus hermanos, y ese pequeño detalle marca todas y cada una de las aristas de su personalidad. Sufre -sufrimos- el síndrome del hijo sandwich.

Mi Pitu mediano es el que más ha notado la llegada de su nuevo hermano, al que por cierto adora, sobre todo por la posición en la que ha quedado. Ha pasado de ser el pequeño y mimado de mamá a colocarse en un terreno intermedio con un papel indefinido: es muy grande para determinadas cosas de bebé pero no lo suficiente como para hacer todo lo que se le permite al hermano mayor.

Cuenta además con un hermano mayor que no se lo pone nada fácil. Mi rubio tiene una personalidad arrolladora, es extrovertido, muy líder y sobresaliente en clase. Así que menudo techo de cristal le ha tocado al mediano!!!

Mi Pitu Mediano busca continuamente llamar la atención. Intentamos que lo haga gracias a su buen comportamiento alabando sus logros y éxitos, pero claro, es más rápido y divertido portarse mal. Con él agotamos todos los registros de pautas de comportamiento: razonar con él, hablarle de forma pausada, mostrarnos empáticos, pasar a la fase seria, ponernos firmes, no ceder a chantajes, ceder un poquito, amenazar con posibles repercusiones… hasta acabar rojos, echar humo y perder la paciencia por algo tan tonto como que se acabe la leche o coja la mochila que llegamos tarde al colegio.

Este pulso continuo no creáis que es parejo entre el padre y yo, a quien más castiga —con diferencia– es a mí. Sabe perfectamente quien es el objeto de su frustración (mi atención, no sus hermanos) y tira de la cuerda para ponerme al límite una y otra vez. Eso sí, a los cinco minutos vuelve con su sonrisa espléndida y me dice cuánto me quiere como si no hubiera pasado nada. 🙄

Mi Pitu Mediano es con diferencia al que más cuidamos en el terreno emocional precisamente por este síndrome del hijo sandwich que le ha tocado en suerte vivir. Continuamente le recuerdo cuánto le quiero, que es mi niño favorito (¡esto se lo digo a todos cuando no están los otros presentes, jijijiji¡). Intentamos buscar actividades exclusivas para él, en las que comparta tiempo con su padre o su madre de manera única, sin sus hermanos, para que se sienta especial. ¡Entonces está rey! Pero le dura lo que tardamos en volver a casa y recuperar su posición de hijo de enmedio.

Me descoloca cuando hablo con sus profesoras: en clase es súper obediente, respeta todas las reglas, apenas han tenido que reñirle, es colaborador… ¡Perdona! ¿¿¿Estamos hablando del mismo niño???

Entiendo que no es fácil ser el hijo de enmedio, pero tampoco lo es para sus padres. Tendremos que seguir esforzándonos para hacerlo lo mejor posible.

Adiós a la lactancia… el destete del Pequeño Pitu

El Pequeño Pitu acaba de cumplir su primer año y llegan cambios a su vida (y a la nuestra). El primero ha sido poner fin a la lactancia materna; llegó la hora del destete.

No ha sido tarea fácil, y no por él, más bien por mí. Durante los últimos meses era frecuente la pregunta: “¿Cuándo le vas a quitar el pecho?”. A lo que yo siempre respondía: “cuando llegue el momento“.

Destetar a un bebé es muy personal, obedece a miles de razones y circunstancias, ni siquiera es igual de un hijo a otro. Al Pitu Mayor le retiré el pecho con ocho meses cuando los turnos de trabajo hicieron imposible mantener una lactancia que se empezaba a convertir en una carga más que un disfrute; con el Mediano tuve que dejarlo cuando cumplió ocho meses porque me tenía literalmente embebida, nunca he estado tan delgada como entonces y comencé a sentirme mal físicamente.

Con el Pequeño Pitu había conseguido controlar la pérdida de peso y sobrellevaba el cansancio. Había días en que madrugábamos muchísimo -él y yo- para darle el pecho antes de dejarlo en la guardería e irme a trabajar, pero el cansancio merecía la pena. Conseguimos pasar la primera dentición con el consuelo de la teta y, quitando algunos mocos, hemos mantenido los virus a raya durante los primeros meses de guarde. Como estoy convencida de que la leche materna algo mucho influye en todo esto, el momento del destete se retrasaba una semana tras otra.

Si buscas encuentras miles de razones para mantener -y para retirar- la lactancia, aunque el verdadero motivo por el que me resistía a dejar de acercarlo a mi pecho es que sabía que éste es el último bebé al que voy a amamantar. El día a día de una familia numerosa tiene momentos de auténtica locura, sobre todo al finalizar la jornada cuando llega la hora de baños, cenas, cepillado de dientes, cuento y a la cama. Pero en el ojo de ese huracán, tomar a mi bebé en brazos y encerrarnos los dos en el cuarto para su última toma era un oasis de paz y tranquilidad. Era nuestro momento. Sentirnos piel con piel, mirarnos, relajarse… abrazarle y quererlo solo para mí. Desterrar de mi cabeza todas las prisas, los agobios, el estrés del día… y reencontrarme con lo verdaderamente importante.

Fue entonces cuando sentí que “era el momento“. Amarrarlo a mi pecho no iba a hacer que mi Pequeño Pitu fuera un bebé para siempre. Había llegado el momento de soltar lastre, de pasar etapa.

E intentamos retirar la teta. El Pequeño Pitu se comía la papilla de cereales, se tomaba el biberón y se quedaba tranquilo, incluso dormido algunas veces. Pero cuando me veía llegar a casa –¡había veces que sólo con olerme!– ahí despertaba la fiera y exigía lo suyo. Así que pusimos distancia de por medio y un día que teníamos una cena de Navidad, lo dejamos a dormir con la abuela. ¡Y funcionó! Primera noche a base de bibi. Superado el primer paso solo había que continuar pedaleando y las primeras noches fue el padre quien se encargaba de darle la cena y dormirlo.

He flaqueado y estado a punto de echarme atrás y mantener la lactancia, sobre todo el día en que tras 24 horas sin mamar recurrí al sacaleches para aliviarme y comprobé ese oro líquido que se iba por el desagüe. ¡Qué carga de conciencia! Pero él lo ha asimilado súper bien, ha sido un proceso muy natural… definitivamente era el momento. No había vuelta atrás. Etapa –feliz y disfrutadamente– superada.

Nuevo propósito: echar a andar.

 

 

 

 

 

Propósito de año nuevo: retomar el blog

Tengo un propósito para este nuevo año: retomar el Pitublog. Un poco por pereza, un bastante por falta de tiempo (aunque yo siempre digo que se tiene tiempo para lo que uno quiere) y también porque hay momentos en los que es difícil mantener la frecuencia en la publicación, llevo algunas semanas que falto a mi cita semanal con el Pitublog…

Así que entre mis propósitos de Año Nuevo me he marcado retomar mis entradas del Pitublog. ¡Que se me acumulan los temas! El cumpleaños del Pequeño Pitu, las Navidades, el adiós a la lactancia…

Venga, dadme un empujoncito y decidme si me habéis echado de menos!!  😆

La vida social de mis niños

Hay días en los que me pregunto dónde quedó mi tiempo libre –ya sabéis, ir de compras, salir a cenar con amigos y otras parejas, tardes de cine y teatros…– para acabar organizando los fines de semana en función de los cumpleaños infantiles a los que invitan a mis hijos.

Os prometo que yo antes tenía una vida social muy variada y divertida: no había un bar de tapas en Sevilla que el Pitu Padre y yo no hubiéramos catado ni un garito de taburetes altos que se nos resistiera.

Pero, sin saber cómo, me encuentro organizando mis tardes y fines de semana en función de la agenda social de mis niños. No bastaba con que haya cambiado las películas de autor por los últimos estrenos de Pixar, las tabernas de barra minúscula por los bares con terraza y un parque cerca, y hasta los tacones por las Converse (mucho más cómodas para correr detrás de los pitus en el parque). Ahora también he cambiado el orden de prioridades de mis hobbys que han sido alterados sustituidos por los cumpleaños infantiles a los que invitan a mis hijos.

Hay semanas en las que hemos llegado a asistir hasta a tres fiestas de cumpleaños entre compañeros de clase, familiares e hijos de mis amigos. Me conozco todos los parques de bolas, McDonalds y clubs sociales especializados en celebraciones a dos kilómetros a la redonda y bien podría hacer una guía de los menús de pizzas y nuggets de los locales de celebraciones de la ciudad.

Todo ello sin abordar la cuestión económica, porque no hay cumpleaños que se preste sin el tradicional regalo al niño homenajeado. Menos mal que en las fiestas de los niños de la clase hemos acordado hacer entre todos los invitados un regalo conjunto para que las carteras de los padres no se resientan demasiado. Con ello además conseguimos no atiborrar al niño con un montón de paquetes ni volvernos locos los padres buscando qué comprar.

El Pitu Mayor es un niño muy sociable, tiene muchos amigos; el mediano, con 4 años, ha empezado a recibir las primeras invitaciones pero –afortunadamente para mí– aún son pocas. ¡No quiero ni imaginarme cuando el pequeño también entre en juego! ¿Cómo vamos a hacerlo?

Cuando alguna vez he hablado con mi cuñada, que es profesora, de la gestión de los cumpleaños, siempre me dice: “Puede resultar un poco pesado pero es una suerte que inviten a tus hijos a los cumpleaños de sus amigos. Preocúpate cuando no tengan velas que soplar“.


¿Y vosotros? ¿Cómo lleváis la vida social de vuestros hijos? ¿Se acumulan las fiestas de cumpleaños? 

 

 

No quiero que crezca mi bebé

No quiero que mi Pequeño Pitu crezca. Sé que es un sentimiento egoísta y del todo imposible, pero hay días en los que no quiero que crezca mi bebé.

Me encantaría que se quedara chiquitito, regordete, con roscas en los brazos y las piernas . Mi bebé tiene diez meses, algunos dientes y una sonrisa preciosa que estalla cuando ve a su mamá. Sé que en breve estaremos soplando su primera vela de cumpleaños, que sus movimientos se desarrollarán y empezará a gatear y corretear por la casa, que hablará, que comerá sólidos… que crecerá.

Nunca he sido muy sentimental pero este tercer bebé me tiene muy muy enganchada.

Lo baño y me encuentro pensando en lo mucho que me gusta esta bañerita de primera postura que en nada se quedará pequeña, en cómo disfruto cuando lo arropo en su capa de baño, en lo bien que huele este jabón de Mustela.

Me chifla ese olor a galleta y cereales de sus papillas y como agarra mi pelo con su mano cuando come de mi pecho, cuando vuelvo a ser su alimento. A sus hermanos ya los había destetado con este tiempo, pero con mi Pequeño Pitu todos los días tengo me invento una excusa para engañarme a mí misma de los motivos por los que quiero seguir con la lactancia (y que conste que pesa mucho mucho cuando me suena el despertador a las 6.30 de la mañana para darle su toma antes de irme a trabajar).

El cambio de los pañales, las noches en vela, las fiebres de las vacunas… son tareas tediosas que con los anteriores estaba deseando superar pero que con mi tercer bebé estoy afrontando de otra manera.

Sé que este sentimiento de no querer que tu hijo crezca es habitual entre algunas madres -supongo que mezcla de revolución de hormonas y sentimientos maternales- aunque nunca antes lo había sentido… ¿será que me estoy haciendo vieja? O será que sé que todos los bebés crecen, que ninguno se queda pequeñito entre los brazos de su madre, que los días pasan lentos pero los años muy rápidos, que se echa de menos la ternura que desprenden los bebés.


¿Y vosotras? ¿Habéis deseado que no crezcan vuestros bebés? Anímate a compartir tu experiencia con nosotros

 

¿Inglés o patinaje? Toca elegir extraescolares

Me encuentro ante el difícil sudoku de cuadrar las actividades extraescolares de mis Pitus. Son varios los factores a tener en cuenta: que se adapten a sus gustos, que descubran nuevas motivaciones, que aprendan, que disfruten, que entren dentro del presupuesto y que cuadren con el horario laboral del Pitupadre y mío. ¡Ahí es poco! Añadidle que se compaginen entre los dos Pitus mayores.

El Pitu Mayor quiere patinar. El pasado año le pidió a los Reyes Magos unos patines en línea y no pierde ocasión para colocarse su casco y protectores y lanzarse a la carrera sobre ruedas. Tenemos la ‘suerte’ de que este año han incluido patinaje entre las actividades que ofrece el colegio en las extraescolares.

Si bien, su padre y yo habíamos decidido que este curso que comienza Educación Primaria sería una buena ocasión para reforzar el inglés en academia fuera del horario lectivo.

Además, juega al fútbol sala en el equipo del barrio con todos sus amigos dos días a la semana ¡y le encanta! Está como loco por empezar los entrenamientos y a nosotros nos gusta que practique un deporte de equipo y haga ejercicio físico. Pero estas tres actividades son incompatibles por horarios, disponibilidad e ¡incapacidad de sus padres para teletransportarse!

Ahora nos queda el Pitu Mediano -4 años-. Por un lado, no queremos atiborrarle a actividades a tan temprana edad, creemos que debe jugar, divertirse… ¡descansar! ¡Con lo sano que es dormir la siesta! Por otro lado, cada uno es él y sus circunstancias y el segundo avanza peldaños a pasos de gigante. Si su hermano juega al fútbol, él quiere fútbol; si va a una academia, “¿mamá, yo por qué no? Y qué os voy a contar de la obsesión que tenemos los padres por darle a todos los hijos las mismas oportunidades.

Pero he aquí el segundo problema: cada actividad tiene un horario distinto -e incluso diferentes días de celebración- según las edades. Por lo que corro el riesgo de llegar al campo de fútbol a las cuatro de la tarde y encadenar entrenamientos hasta las siete de la tarde. O ir a inglés los martes y jueves con el Pitu Mayor y los lunes y miércoles con el Pitu Mediano.

¿Vais encajando el tetris? Porque si a todo esto le sumamos mis turnos de mañana y tarde o los viajes del Pitu Padre a mí no me sale la cuadratura del círculo por ningún lado.

Siempre he criticado esos niños saturados de actividades todos los días de la semana. Baile, baloncesto, natación, fútbol, inglés, música… Con sesión doble incluso en un mismo día -acabar una actividad y empezar la siguiente- . Veía a esos padres agobiados corriendo del colegio al gimnasio y del comedor a la academia y creía que me escaparía de todo eso. Pero la maternidad me ha demostrado que acabaría tragándome todas esas palabras que empezaban por “con mis hijos yo nunca…”.

Así que al final hemos decidido que para la planificación del curso escolar vamos a poner en práctica un poquito de eso que tanto nos falta a los padres agobiados de hoy en día: sentido común. Vamos a intentar combinar diversión con aprendizaje, ejercicio físico con desarrollo intelectual, apoyo a la formación académica con el placer de ser niños: tener tiempo para darle patadas a una lata. Y todo eso, sin que sus padres pierdan la cabeza y un buen pellizco de la cartera.

Por cierto, no quiero ni imaginarme cómo será esto cuándo entre en juego el Pitu Pequeño

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¿Y vosotros? ¿Cómo lleváis la elección de las actividades extraescolares?

¡Cuentánoslo!