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Dientes, dientes

Al Pequeño Pitu le ha salido su primer diente. Mi niño se ríe y me enseña sus encías reventonas en las que asoma un pico blanco que rompe la carne y provoca su llanto. Su boca es un imán al que van a parar manos, mordedores y todo aquello que le ofrece un poco de consuelo. Mi bebé -que es un santo de bueno- llora desconsolado y babea sin parar. Y lejos de causarme pena o preocupación como con sus hermanos, me produce una profunda ternura, porque sé que éste es un momento irrepetible. Nunca más será su primer diente, su primera papilla, sus primeros cereales. Así que mientras mi niño llora por sus dientes, yo lo achucho y me lo como a besos.

A mi Pitu Mayor se le ha caído su primer diente. Lo hemos celebrado como si hubiesen venido los Reyes Magos. Un poco por exageración nuestra, ¡es su primer diente!, un mucho porque él sabe sacarle punta a todo cuanto hace (levantó el teléfono y llamó a cada uno de sus tíos y abuelos para contarle la noticia) hemos vivido como una fiesta la visita del Ratón Pérez. Su primera mella es un roto en una sonrisa imperfecta por la que rebosa orgullo de niño mayor.

Ayer fui al dentista. Se me ha caído un empaste y me tuvieron que reconstruir una muela. Las abuelas dicen que con cada embarazo se pierde vista y muelas. Los únicos cinco minutos de paz que tuve en el día fueron los que pasé en la sala de espera de la consulta.

¡Dientes, dientes! ¡Que vamos a comernos la vida a bocaos!

Kids and Us, un método natural para aprender inglés desde niños en Sevilla

Siempre me ha preocupado mucho el aprendizaje del inglés en los niños. No en vano, los pequeños Pitus están en un colegio bilingüe y a menudo vemos series y dibujos animados en inglés.

Por eso cuando mi amiga Andrea, de Giganta Comunicación, me invitó a un encuentro blogger para conocer la academia de inglés Kids and Us de Sevilla, no me lo pensé dos veces y acudí a interesarme por un método del que ya había oído hablar. Ésta es un red de academias implantada en nueve países basada en el aprendizaje del segundo idioma con un método natural y espontáneo tal y como lo hacen los bebés en su lengua materna.

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Como nos explica Pilar, la directora de la academia de la calle Virgen del Valle, los niños comienzan a adentrarse en el método con apenas uno o dos años y concluyen con el final de la etapa educativa (18). El objetivo es muy claro: reproducir el proceso natural de adquisición de la lengua materna. Por eso es muy importante una primera etapa de Listening (escucha) y Understanding (comprensión). Y lo mejor -al menos para mí, por la falta de tiempo y la saturación de actividades extraescolares que tienen los niños- es que los alumnos solo acuden una vez a la semana al centro para clases de 45 minutos para los bebés de 1 y 2 años (de tres a nueve años es una clase de una hora a la semana). Eso sí, el método exige la implicación familiar ya que los padres deben poner todos los días a los niños a escuchar un material en inglés durante 8-12 minutos.

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El objetivo es familiarizar a los pequeños con el idioma, que escuchen y entiendan la segunda lengua y no tengan miedo a repetir las palabras y expresiones que han escuchado (tercera fase, speaking). Tal y como sucede con nuestra lengua materna.

Solo después de tener bien afianzados estos pilares, se pasa al reading (lectura) y writing (escribir y estudiar gramática) en el momento oportuno, cuando se ha alcanzado un nivel comprensivo alto y se tiene una madurez cognitiva. Todo lo contrario de como aprendimos inglés los de mi generación, al menos yo, que tras año de academia tenía pánico a hablar en público en otro idioma.

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Debemos decir que este proceso educativo lo creó una madre que quiso enseñar a su hija a aprender inglés, Natàlia Perarnau, harta de los cánones tradicionales y decidió apostar por un método natural y espontáneo desde bebés.

Esto supone un cambio de mentalidad en los padres que desean ofrecer este aprendizaje de una segunda lengua a sus hijos. No hay que esperar a que el niño flaquee en inglés en las notas del colegio, es apostar por el idioma desde pequeñitos. La propuesta de Kids and Us no es un remedio para refuerzo escolar. Se trabaja a ritmo diferente a los colegios aunque tengan un mismo objetivo. Se olvidan del afirmativo del verbo To be para trabajar la comprensión global en el niño. “Todos sabemos expresar tengo frío o calor pero los niños de Kids and Us además saben decir estoy pelao“, explica Pilar. Se aborda la gramática pero con juegos y canciones y todo el método se apoya en material audiovisual, juegos on line, aplicaciones, un canal en Youtube y un cuidado material educativo de aplicación en las más de 300 academias repartidas por el mundo para garantizar la correcta difusión del método.

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Kids and Us cuenta con cuatro etapas según edades (babys, kids, teens y tweens) y los alumnos tienen además la posibilidad sacar las certificaciones de nivel de inglés (con el compromiso de al final de la etapa, 18 años, alcanzar un nivel Proficiency).

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Si queréis más información, os invito a que paséis por la academia de la calle Virgen del Valle 2 de Sevilla. ¡Espero que os sirva para planificar las extraescolares de vuestros pequeños para el próximo curso!

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La abuela se ha ido al cielo

La mamá del Pitu Padre ha fallecido recientemente. La abuela llevaba tiempo enferma pero ninguno podíamos imaginar que el fatal desenlace se precipitara tan rápido. Han sido días tristes, cargados de emociones, cansados… A nada de ello han sido ajenos mis pequeños pitus.

Había leído varios artículos sobre cómo afrontar el tema de la muerte con los niños, pero nunca eché demasiada cuenta a estas recomendaciones, tal vez por la inconsciencia de creer que estos momentos nunca llegarían. Los abuelos son eternos ¿o acaso no creíamos nosotros eso mismo cuando éramos pequeños?

La abuela se puso muy malita un viernes, falleció al día siguiente. Comenzó para ellos un peregrinaje a casa de los abuelos maternos, titos, padrinos… y sin tener a sus padres al lado. Yo volvía cada dos o tres horas, porque tenía que amamantar al bebé, pero el Pitu Padre salía temprano y volvía tarde muy triste. “¿Qué pasa mamá?, preguntaban. “Que la abuela está malita“, contestaba yo.

Pasaban los días y se sucedía el duelo, y ellos seguían nerviosos observando que algo no encajaba. Llegaba el momento de contarles la verdad. Los senté en la cama abrazados y les expliqué que a veces, cuando las personas son mayores y se ponen enfermas, su corazón les falla. “Pero no debemos estar tristes porque resucitan y se van al cielo, como Jesús“.

El Pitu Mayor meditó lo que le decía y me inquirió sin rodeos: “Pero antes tienen que morir“. ““, afirmé. “¿Pero la abuela se está muriendo o se ha muerto ya“, insistió. “Ha muerto ya“, contesté sincera sorprendida ante tanto razonamiento lógico.

Aprendí inmediatamente que es absurdo intentar esconderles nada, ni siquiera maquillar con palabras bonitas la realidad. El Pitu Mediano me sorprendió con un pragmático comentario: “Pues entonces mamá ahora solo tenemos una abuela“. “Y hay que quererla por dos“, le dije.

A lo largo de estos días hemos llorado, recordado anécdotas con la abuela, repasado capítulos de su vida cuando papá era pequeño. Hemos respondido a las preguntas trascendentales que aparecían en el momento más inesperado: “¿La abuela ya no nos escucha?”, “¿Todos los abuelos se mueren?”, “¿Por qué está triste papá?”.

Incluso la tita nos regaló un libro que os recomiendo: Para siempre, de Camino García, para hablar con naturalidad de la muerte a los niños, como un ciclo que siguen todos los seres vivos.

No ha sido fácil para ellos, igual que no lo ha sido para nosotros, por muchos motivos que busquemos para afrontar con frialdad la pérdida de una madre, de una suegra, de una persona querida. No ha sido fácil escribir este post que llevaba varias semanas luchando por salir. Pero la presencia de la muerte es una faceta más de la vida, ha entrado en nuestras vidas, en mi vida con niños. Y la hemos afrontado como hacemos con tantas otras cosas: juntos.

La cartera más fea del mundo

Mi hijo de seis años me ha regalado la cartera más fea del mundo. Le tocó en la tómbola del colegio y en cuanto cayó en sus manos dijo: “mamá, te la regalo“.

Tiene una mezcla de colores y flores que hace daño a los ojos y el estado que presenta me hace dudar de si no habrá sido usada anteriormente…

La he escondido, dicho que la había perdido e incluso tirado a la basura, pero cada vez que salimos de casa mi Pitu Mayor me pregunta: “mamá, ¿llevas el monedero que te regalé?“. Y vuelvo al fondo del cajón de los chismes a rescatar la cartera más fea del mundo para meterla en el bolso (junto a la cartera de verdad, eso sí).

¿Se le olvidará algún día? Es que ya empiezo a verle su punto a esos círculos psicodélicos y las flores ochenteras… ¡¡¡Lo que no haga una por sus pequeños Pitus!!! Para que juzguéis vosotros mismos…

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Excedencia: cuando las prioridades cambian…

La semana pasada debía incorporarme a mi puesto de trabajo. Se acababan mis 16 semanas de baja maternal (más los quince días de lactancia) a la par que mi Pequeño Pitu cumplía sus primeros cuatro meses de vida.

Digo “debía incorporarme” porque por primera vez en mi experiencia como mamá de tres niños me he planteado tomarme una pequeña excedencia por guarda legal. Nunca hasta ahora me ha dado pena dejar a mis bebés al cuidado de los abuelos o en la guardería. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza dejar de trabajar para cuidar de mis hijos (me gusta mi trabajo y necesito salir de casa, ponerme rimmel y hablar con adultos sobre temas de adultos). Pero la trimaternidad obliga a tomar medidas excepcionales por el bien de la organización de la familia y mi bienestar físico y mental.

Que las medidas de conciliación laboral y familiar en nuestro país son insuficientes no es algo que vayamos a descubrir ahora. Pero a mí al menos cada vez se me hace más difícil ahora que somos familia numerosa.

Para empezar, tendría que haber dejado a mi pequeño Pitu en la guardería con tan solo cuatro meses, lo que implica matricularle una o dos semanas antes para comenzar su adaptación. ¡Y comenzar a tirar de abuelos a la semana siguiente con el primer virus que pillara en la guarde!

Volver al trabajo habría supuesto también acabar con la lactancia materna en exclusiva; ¿recordáis aquella recomendación de la Organización Mundial de la Salud sobre la lactancia durante los seis primeros meses de vida? Pues eso…

En poco más de un mes, me habría juntado con tres niños “que colocar” cuando los mayores acaben el colegio a mitad de junio y se acabe el colchón que supone aula matinal, clases, comedor y actividades extraescolares. Lo siento por lo de “colocar” pero no encuentro una expresión más acertada para describir la presión que nos supone adaptar la rutina de tres niños a la imprevisible jornada laboral de sus padres (viajes, turnos de mañana, tarde y fines de semana, eventos especiales…).

Si echas cuentas de lo que te vas a gastar en campus de verano, guardería y cuidadora te entran ganas de llorar.

Pero la más importante de las razones para solicitar la excedencia por guarda legal es que con mi tercer hijo estoy viviendo una verdadera revisión de prioridades: tengo claro que va a ser el último, que el tiempo que no pase con él no volveré a recuperarlo y que quiero disfrutar de él todo lo que pueda y más.

A todo esto ayuda que trabajo en una empresa que presta sus servicios a la Administración y me garantiza el cumplimiento de mis derechos laborales a la reincorporación.

Así que desde hoy y hasta el próximo 1 de septiembre me voy a dedicar a los besos y achuchones, a los partidos de fútbol, a las excursiones a la piscina. En septiembre volveremos todos al cole con fuerzas renovadas, iniciando nueva etapa. No voy a ingresar un euro, nos privaremos de algunas cosas, pero voy a ser la más rica del mundo. ¿Que no? ¿¡Cuánto vale esta felicidad!?

 

cc Foto de Adrian Dreßler
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El tercero NO se cría solo

El tercero se cría solo es la frase más recurrente que he escuchado desde que me quedé embarazada del Pitu Pequeño. Hombre, solo solo no, ¡que mis ojeras y mis horas de sueño me está costando!

No son gratis los pañales, ni las leches de fórmula, ni la ropa con la que se viste, que aunque tenga mucho heredado de los hermanos, las prendas también se gastan (siempre que tengas la suerte que te nazcan en la misma temporada, que si no es como empezar de cero). También gusta que los nuevos retoños estrenen conjuntos, peleles y hasta ropa interior (y eso que nosotros tenemos la suerte de contar con nuestra tienda on line www.pitupitu.es). Y nada de eso viene solo.

Los terceros no se bañan solos. Como sus hermanos mayores cuando fueron bebés, necesitan su agua templada, su masaje relajante y su crema hidratante, y eso también lleva un tiempo.

También tienen por costumbre comer, cuando son bebés cada tres horas, e incluso algunos de ellos muy glotones exigen su biberón o su teta cada menos tiempo.

Ya sabemos lo que viene después de comer, y no, tampoco los pañales se cambian solos. Ni aparecen en la cómoda como por arte de magia, hay que comprarlos. Al igual que las vacunas, las medicinas cuando se ponen enfermos y las cremas para el culete.

SÍ es cierto que los terceros hijos se crían de otra manera. ¡Si hubiera sabido con el primero todo lo que sé ahora, qué distinta habría sido la película!

El tercero lo estoy disfrutando mucho más, y eso que el tiempo que tengo para dedicarle solo a él es infinitamente más reducido. No sé si será la experiencia o el saber que será el último bebé pero es cierto que le estoy concediendo todos los caprichos del mundo: lo cojo siempre que quiero, lo duermo en brazos cuando me apetece, me lo como a achuchones…

Con el tercero sabes distinguir los llantos: el de hambre, el de sueño y el de “mamá cógeme un poquito en brazos que tengo ganas de fiesta“.

Con el tercero no te despiertas de madrugada preocupada por si respira la primera vez que el niño duerme cinco horas seguidas; aprovechas ese regalo del cielo y sigues durmiendo como si no hubiera un mañana.

Sabes reconocer la fiebre y no huyes despavorida al pediatra. Chute de apiretal y a observar cómo evoluciona.

Con mi Pequeño Pitu no tengo prisas por que crezca, ni por recuperar mi vida de antes de tener hijos. Sabes que crecen y que tu vida cotidiana vuelve.

La ansiedad y los miedos no desaparecen, pero tengo las armas para afrontarlas. No puedes dominar las hormonas, pero sabes detectarlas, respirar hondo y contar hasta diez.

Un tercer hijo no se cría solo, se cría diferente. Con más calma y estableciendo prioridades. Distingues entre lo urgente y lo importante. Disfrutas más cada momento.

(Imagen tomada de la web de fotografía de familia www.helenedouchet.com)
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Celos

Al principio creímos que nos habíamos librado de ellos. Todo eran besos y abrazos con el hermano recién nacido. Estábamos de vacaciones, papá y mamá en casa las 24 horas del día y continuamente venían a vernos los abuelos, titos y amigos.

Fueron pasando los días y el hermano seguía en casa. Comenzó el colegio, volvió papá al trabajo y ahí seguía ese bebé que solo pedía teta y dormía como un bendito.

Entonces comenzaron a aparecer señales: un berrinche sin motivo, un abrazo que se convertía en pellizco, un “dame tú la comida que yo no sé”…

Nos explotaron de golpe, ahí estaban: los CELOS.

El Pitu mediano es quien peor lo está pasando De la noche a la mañana todo se convirtió en un desafío constante entre él y yo: Levántate / NO. Vístete / NO. Tómate el desayuno / NO. Vamos al cole / NO. Volvemos del cole / NO. Come / NO…

Con tal panorama, yo pasaba por todas las fases de la psicología infantil: desde la dulzura y la empatía, el refuerzo positivo y la sonrisa “a mi niño guapo”, hasta la amenaza del castigo, el “mira que cuento uno, dos…” y el perder los nervios definitivamente. Junto a la falta de sueño y el cóctel de hormonas, el resultado era para echarse a llorar  😥 .

Lo que más me fastidia es que este comportamiento lo demuestra únicamente conmigo. A su hermano pequeño lo quiere con locura, de hecho es el más cariñoso con él, le canta, le pone el chupete cuando se le cae, ayuda cuando toca la hora del baño… Pero toda su frustración y sus celos los paga con su madre, osea yo. Los días que el padre le lleva al cole o almuerza en casa el comportamiento es completamente distinto.

Y mira que entiendo a mi pobre niño. Ha pasado de ser el pequeño Pitu de su madre a no saber muy bien qué. El trono se lo han arrebatado, cuando nos interesa es grande para ciertas cosas pero pequeño para otras, tiene a un hermano mayor que le eclipsa, le chincha y le lleva al huerto como quiere… y la culpa de todo la tiene ese pepón gordote que sin saber hablar ni andar ni ná de ná está todo el día pegado a su mamá revolucionando todo su mundo. ¡¿Es para ponerse celoso o no?!

Así que en esas estamos, pasando esta etapa como quien pasa un sarampión: sabemos que tiene sus días, a ratos es desesperante, pero sobre todo que no hay solución milagrosa. Hay que pasarlo.

Entre tanto, continuamente le recuerdo lo mucho que le quiero, “más que a nadie en el mundo mundial“. Intento sacar huecos y hacer cosas solo con él, que se sienta especial y preferido por su madre. Y mantengo límites: no se aceptan pataletas y berrinches, no se grita, no se toca al hermano con las manos sucias, hay que dejar dormir al hermano y se respeta cuando el bebé está comiendo.

Puedo decir sin exagerar que está resultando más difícil guardar los equilibrios entre los hermanos -sobre todo con el mediano- que sacar adelante al pequeño -que solo come y duerme-. ¡¡Pero nadie dijo que la trimaternidad fuera fácil!!

Os seguiré contando  😀

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Aniversario entre pañales

Hoy hace diez años que nos casamos el Pitu padre y yo. Siempre planeamos que para celebrar esta fecha tan especial nos regalaríamos un viaje a un destino exótico o como poco a una capital europea… Nada más lejos de la realidad.

Con un pequeño Pitu que no ha cumplido aún los dos meses me conformo con salir a cenar si los abuelos se quedan de canguro con la tropa. No serán más de dos o tres horas, el tiempo que nos queda entre toma y toma del pequeño tragón, pero será suficiente para charlar, mirarnos a los ojos y que no nos interrumpa ningún niño pidiendo ir al baño a hacer caca.

Hoy probablemente no será un día distinto a los demás: nos cruzaremos un “buenos días” entre desayunos, uniformes y prisas por llegar a tiempo al cole. Nos mandaremos un whatsapp a media mañana para recordar el pediatra del mediano o el partido de fútbol del mayor. Si tenemos la suerte de almorzar juntos será entre frases de “lávate las manos“, “mastica, niño, mastica” y amenazas de que no se pondrá la tele en todo el fin de semana “como no os comáis todos los garbanzos“.

¡Y dice Samantha que tener hijos hace perder calidad de vida! Y la paciencia, y horas de sueño, y que como consuelo solo te quede la tableta de chocolate.

Si me llegan a decir esto hace una década ¡yo salgo huyendo de la iglesia! O a lo mejor no, porque aunque con ojeras y un cansancio infinito, creo que no cambio uno solo de estos momentos por una sonrisa y un beso de cada uno de mis tres hijos.

¡Feliz Aniversario amor! Diez años más se me quedan cortos… ¡¡a por las bodas de plata!! Que esas sí que las vamos a celebrar como se merecen…

 

Foto de Jeff Belmonte
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Trimaternidad real

“Donde comen dos comen tres” o “El tercero se cría solo” han sido algunas de las frases más escuchadas durante el embarazo del Pequeño Pitu con la intención de todo aquel que las pronunciaba de transmitir un mensaje de optimismo hacia lo que me esperaba.

De hecho, así fue durante unos días, 21 días exactamente, lo que duró la baja paternal del Pitu Padre. Durante esos días todo fue sobre ruedas: el buen esposo despertaba a los niños, los vestía, daba desayunos, llevaba al colegio… y hasta me subía el pan recién hecho para que yo despertara como una reina.

Pero tras la luna de miel llegó su reincorporación al trabajo y mi chocazo con la vida real. Intenté entonces echar mano del refranero popular con algo parecido a “madre de tres puede con todo” pero no hubo manera de encontrar nada parecido, porque no existe ¡es imposible!

Los desayunos, uniformes, mochilas, llegar puntual al cole y hacer el milagro de que no coincidiera con ninguna toma del pequeño se convirtieron en un ejercicio de funambulismo (y eso que pongo el despertador a las 7 de la mañana para llegar a las 9 al colegio que está a 50 metros).

Además el Pitupadre comenzó a retomar sus viajes de trabajo y a pasar dos y tres noches fuera de casa, llegaron los virus y el temporal de lluvia y frío para ponerlo todo un poquito más difícil.

Mi #trimaternidad real es que el mayor (5 años) esté en la ducha mientras el mediano (3 años) me pide que le limpie el culo y el pequeño está enganchado a la teta.

#Trimaternidad real es mandar al mayor a un cumpleaños con mi vecina para poder estar un par de horas dedicada al mediano los ratos que el pequeño no está tomando el pecho.

#Trimaternidad real es tener a un niño malo cada día de la semana ya que las probabilidades de contraer virus se multiplican por tres.

Y que conste que no puedo quejarme de mi pequeño Pitu, que es un pepón buenísimo que solo come y duerme (eso sí, come cada tres horas sin perdonar una toma). Ni imaginarme quiero cómo sería esto con un niño un poquito más movido…

Así que para hacer frente a esta trimaternidad real, en casa hemos puesto en práctica algunos principios:

– en esta casa se come, pero no sabemos cuándo, sobre todo los adultos. De disfrutar de la comida caliente mejor ni hablamos…

– la plancha es un lujo asiático reservado para ocasiones especiales, domingos y fiestas de guardar

pedimos ayuda: a amigos, vecinas, familia, otras mamás del cole… ¡¡Qué haríamos sin la tribu!!

– una vez a la semana me voy a casa de la PituAbuela a que me mime, me ponga la comida por delante y me cuide a los niños durante una hora para echarme la siesta

– las lavadoras, lavavajillas, camas por hacer y demás tareas domésticas siempre pueden esperar si tengo a mi Pequeño Pitu en brazos. ¡Crecen demasiado rápido para perder el tiempo en esas cosas!

La trimaternidad algo bueno tiene: me ha enseñado a priorizar.

Os seguiré contando…

La foto es de Natasha Kelly ¡ni tiempo me da para abrir la cámara del móvil! Aunque el panorama a veces es de lo más parecido…
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¿A qué huelen los bebés?

Hay pocas cosas más evocadoras que los olores. Son atajos de la memoria capaces de transportarnos a otras épocas, remover sentimientos, recuperar recuerdos.

Eso es precisamente lo que he sentido con el nacimiento de mi tercer bebé.

Desde que entré por la puerta de la maternidad recuperé olores que creía perdidos: el del desinfectante de las habitaciones de hospital, el de las cremas de verduras y caldos que saben todos igual, el del alcohol y el esterilizante del paritorio.

Pero hay un olor que te desmonta por completo: el olor de un bebé. Desde que abracé por primera vez a mi pequeño Pitu me embriagó un perfume ya conocido, recuperado: el de la piel con piel, el de la carne frágil, el que te invita a besar a esa criatura que acaba de llegar a tu mundo para sacudirlo todo.

Los bebés tienen un olor especial, único. Les dura muy poco, al menos los míos lo perdieron a los pocos meses, enmascarado con cremas, colonias y pañales en los que dejan su huella los nuevos alimentos introducidos en su dieta (cereales, frutas, verduras…).

Es un olor visceral, primitivo. También lleva algo mío: de mi pecho, de mi alimento. Yo misma a veces me descubro oliendo a él.

No es nada poético. Tiene lo agrio de la leche que regurgita y lo pestilente de las primeras cacas inconsistentes.

Pero cuando apartas todo eso, y sacas a tu bebé de una bañera con agua y un poco de jabón, solo queda un aroma, único e inconfundible: el de la vida. Y ese perfume se queda grabado en tu memoria para el resto de los días.

Si habéis tenido recién nacidos cerca sabréis reconocer el olor del que os hablo…