Bienvenido al mundo mi pequeño Pitu

Vuelvo por el blog tras unos días de desconexión obligada. Como muchos sabéis a través de nuestras redes sociales, a final de año hemos sido padres de nuestro pequeño Pitu, un pepón precioso que nos tiene locos de felicidad.

Durante unos días, hemos suspendido toda actividad laboral, incluida la venta en nuestra tienda on line pitupitu.es, porque queríamos concentrar todo nuestro tiempo y esfuerzo en él y sus hermanos. Por fin he encontrado un huequito en esta recién estrenada baja maternal para pasar por el blog y contaros cómo ha sido esta tercera experiencia.

Como ya os he mencionado en otras ocasiones, soy periodista de profesión y estoy convencida de que son necesarias las noticias positivas. Cuando se navega en la red, en ocasiones encontramos demasiadas experiencias negativas, problemas, complicaciones… más en lo que concierne a la maternidad (embarazo, alumbramiento, crianza..). Por eso creo que es necesario contar experiencias agradables y me animo a compartir con vosotros cómo fue mi tercer parto.

Sin duda, ha sido con diferencia el mejor de los tres y ni qué decir de la recuperación. Se retrasó un poco, todos mis niños han sido unos perezosos y han venido al mundo con algunos días de más sobre la fecha prevista de parto (el primero de hecho, fue inducido a las 42 semanas). ¡Se ve que están muuuuuy a gusto en el vientre de su madre!

Con el tercero todos decían que se adelantaría, pero pasaron los recitales de villancicos de los hermanos (que yo no contaba con presenciar), la Nochebuena y la Navidad (me las imaginaba cenando en una habitación de hospital y al final pudimos celebrarlas con toda la familia) y ya intuíamos una nueva inducción cuando el día antes, el 27 de diciembre, desperté de madrugada con fuertes contracciones.

Desde la primera supe que éstas eran las de verdad. Aguanté un par de horas en la cama contando los minutos que pasaban entre una y otra y a las seis de la mañana llamamos a los abuelos para que vinieran a casa a quedarse con los hermanos mayores. Parece mentira cómo es el instinto maternal pero a las puertas de uno de los momentos más cruciales de mi vida –el nacimiento de mi tercer hijo– lo que más me preocupaba era el madrugón que íbamos a darle a los hermanos y cómo dejarlos colocados antes de salir corriendo para la maternidad.

Así que, con la ayuda inestimable de los pitus abuelos, el padre y yo llegamos al hospital Virgen del Rocío y todo fue sobre ruedas. Fue un parto rapidísimo: menos de cuatro horas y eso que tuvieron que repetirme la analítica que se caducaba precisamente ese mismo día.

Aunque parezca difícil en una gran ciudad como Sevilla, estuvimos rodeados de amigos y conocidos entre los profesionales que nos atendieron en el parto: la matrona que me asistió, una vecina; mi comadre, que es anestesista, nos acompañó hasta el paritorio; el primo Diego velando por que todo fuera bien…

Como la dilatación fue tan rápida y me pincharon la epidural, estuve descansada y muy consciente durante todo el parto. Al Pitu Padre y a mí nos dio tiempo de charlar tranquilamente, de compartir miedos y confidencias, de rezar juntos… y hasta de echar una cabezadita para coger fuerzas para el alumbramiento.

Cuando llegó el momento, estaba tranquila y relajada. Sabía que iba a ser mi último parto y quería disfrutar de él. Me ayudó mucho la confianza que me transmitió mi matrona -gracias Elena- y tener al Pitu Padre al lado dándome ánimos. Entre respiraciones y pujos, la vida se nos coló entre los dedos y se instaló en mi pecho. Allí estaba mi bebé, cubierto de una grasa viscosa y llantos de alegría, abriendo la boca en busca de un nuevo vínculo con su madre.

Mi pequeño Pitu, un pepón de 3.986 kilos y 53 centímetros de largo, venía al mundo para demostrarnos que siempre se puede ser más feliz de lo que creíamos, que el amor se puede multiplicar aún más de lo que parece posible.

¡Bienvenido al mundo mi pequeño Manuel!

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