Archivo de la categoría: bebé

El Pequeño Pitu no quiere andar

Mi Pequeño Pitu tiene ya quince meses y no quiere andar. Tampoco gatea, ni tan siquiera se mantiene de pie. Eso sí, culea a una velocidad increíble con la que se recorre la casa entera.

Al Pequeño Pitu le sobran roscas, es tranquilo como él solo y, la verdad sea dicha, lo hemos estimulado la mitad de la mitad que a sus hermanos porque siendo el tercero era mucho más cómodo que se quedara sentado en el carrito.

Sin embargo, las alarmas saltaron cuando en la cita de Niño Sano del año su pediatra nos avisó de que iba muy retrasado en psicomotricidad y que había que hacerle algunas pruebas. Comenzamos a escuchar términos como Atención Temprana, estimulación y rehabilitación, Unidad de Maduración… y aunque intentábamos permanecer tranquilos la cabeza volaba.

Sin querer, comparamos, y aunque nuestros niños nunca habían sido muy adelantados en dar sus primeros pasos es cierto que el Mayor a su edad ya andaba sin necesidad de apoyo y que el Mediano se levantaba solo de la cuna mientras que este pequeño…

Nos derivaron al Área de Maduración donde una maravillosa doctora Ramos, tras dos horas y media de consulta y exploración, nos dio el mejor de los resultados: “al niño le sobra tocino, derrocha pachorra, pero no tiene ningún impedimento para que eche a andar cuando llegue su momento”. ¡Cuando llegue su momento!

Como siempre viene bien un empujoncito, lo apuntamos a la Escuela de Estimulación del colegio de sus hermanos y en apenas un par de meses hemos observado unos adelantos maravillosos: ya disfruta colocándose boca abajo, ha reforzado la musculatura y empieza a estirar las piernas para iniciar el gateo.

La médica vaticinó que seguramente no eche el paso cuando lo vuelva a ver en la próxima revisión. Y nos aconsejó que no nos preocupemos, con un poco de ejercicio y mucha perseverancia todo se consigue.

Yo además me he propuesto una cosa más: no comparar entre sus hermanos (ni entre otros niños, el Pequeño Pitu es el único de su clase que aún no se mantiene en pie). Cada niño lleva su propio ritmo de aprendizaje y desarrollo. ¡Ya cogerá carrera!

 

Lo que de verdad importa

En ocasiones andamos tan ocupados con nuestros ‘problemas‘ cotidianos  (el estrés del trabajo, la organización de la casa, los deberes de los niños, nuestras necesidades personales…) que perdemos la perspectiva de los problemas reales.

El pasado viernes contaba los minutos que faltaban para las tres de la tarde mientras repasaba mentalmente la maleta que estaba ultimando para irme con mis amigas de fin de semana ¡¡¡el primero desde que nació el Pequeño Pitu!!! y que venía a compensar todas esas lamentaciones de falta de espacio y tiempo para una misma.

Sonó el teléfono y al otro lado de la línea una profesora de la guarde me decía que el Pequeño Pitu estaba malito. Mi primer pensamiento de malamadre fue: ¡adiós al fin de semana! “Ya salgo para recogerlo”, le dije mientras que buscaba el bote de apiretal de emergencia que llevo siempre en el bolso. “No, se lo han llevado directamente al médico. Está convulsionando y lo han trasladado al centro de salud”.

Entonces todo se paralizó. No recuerdo cómo salí del trabajo, sí que me metí en  contramano por una avenida de tres carriles e hice un giro de 180 grados por el que me hubieran quitado todos los puntos del carné. No veía y casi no pensaba. Tenía miedo y sentía que me ahogaba. Solo quería llegar y ver a mi bebé. Sabía que estaba en buenas manos, pero sufría porque se supone que en un momento así debía ser yo la que estuviera con él. Ahora pienso que no sé si hubiera sabido cómo actuar en caso de que le hubiera dado la crisis estando en casa conmigo.

Llegué al centro de salud –acompañada por otra profesora de la guarde, qué bien se portaron todas- y tocaba aguantar el tipo. Allí estaban los dos hermanos mayores a los que ya había recogido el padre y no podíamos permitirnos perder los nervios y asustarlos aún más. Mi pobre bebé estaba tranquilo pero desnortado, medio en cueros tras ponerle un supositorio para bajarle la fiebre y sudoroso por el subidón de temperatura; me vio pero casi no me reconoció.

De allí para el hospital y comenzó el rosario de pruebas. Afortunadamente, no le repitió la convulsión aunque nos quedamos ingresados 24 horas para observar el desarrollo del bebé.

Es en esa sala de espera y en la posterior habitación de la planta sexta del Hospital Macarena (a cuyos profesionales estamos enormemente agradecidos por lo bien que nos trataron) donde las prioridades se reordenan y tomas conciencia de lo que de verdad importa. Asustada con mi niño en brazos esperando a que anunciaran su nombre por megafonía para pasar a consulta es cuando tus oraciones toman un único camino y solo importa una cosa: la salud de mi bebé.

En esa sala reconoces tu propio miedo en los ojos de los otros padres que allí esperan.

Conoces la angustia y el dolor físico, un dolor que no te importaría se multiplicara por mil en tu cuerpo si con ello libraras a tu niño de lo que allí le trae.

Ves a otros niños que llevan semanas entre aquellas paredes y de manera muy egoísta das gracias por la suerte que tienes.

Porque hasta que no se conoce la enfermedad en un hijo, en TU HIJO, no valoramos lo que tenemos, lo que de verdad importa.

El Pequeño Pitu salió de alta a las veinticuatro horas tras descubrir que todo venía por una otitis. Tras una semana de antibióticos se encuentra estupendamente. No sabemos si volverá a repetirse, no tiene porqué. Nosotros salimos por la puerta del hospital con el susto en el cuerpo y una oración de agradecimiento, porque a veces hay que verle los ojos a la enfermedad para (re)descubrir qué es lo verdaderamente importante en esta vida: tener a mis Pitus sanos y felices.

Adiós a la lactancia… el destete del Pequeño Pitu

El Pequeño Pitu acaba de cumplir su primer año y llegan cambios a su vida (y a la nuestra). El primero ha sido poner fin a la lactancia materna; llegó la hora del destete.

No ha sido tarea fácil, y no por él, más bien por mí. Durante los últimos meses era frecuente la pregunta: “¿Cuándo le vas a quitar el pecho?”. A lo que yo siempre respondía: “cuando llegue el momento“.

Destetar a un bebé es muy personal, obedece a miles de razones y circunstancias, ni siquiera es igual de un hijo a otro. Al Pitu Mayor le retiré el pecho con ocho meses cuando los turnos de trabajo hicieron imposible mantener una lactancia que se empezaba a convertir en una carga más que un disfrute; con el Mediano tuve que dejarlo cuando cumplió ocho meses porque me tenía literalmente embebida, nunca he estado tan delgada como entonces y comencé a sentirme mal físicamente.

Con el Pequeño Pitu había conseguido controlar la pérdida de peso y sobrellevaba el cansancio. Había días en que madrugábamos muchísimo -él y yo- para darle el pecho antes de dejarlo en la guardería e irme a trabajar, pero el cansancio merecía la pena. Conseguimos pasar la primera dentición con el consuelo de la teta y, quitando algunos mocos, hemos mantenido los virus a raya durante los primeros meses de guarde. Como estoy convencida de que la leche materna algo mucho influye en todo esto, el momento del destete se retrasaba una semana tras otra.

Si buscas encuentras miles de razones para mantener -y para retirar- la lactancia, aunque el verdadero motivo por el que me resistía a dejar de acercarlo a mi pecho es que sabía que éste es el último bebé al que voy a amamantar. El día a día de una familia numerosa tiene momentos de auténtica locura, sobre todo al finalizar la jornada cuando llega la hora de baños, cenas, cepillado de dientes, cuento y a la cama. Pero en el ojo de ese huracán, tomar a mi bebé en brazos y encerrarnos los dos en el cuarto para su última toma era un oasis de paz y tranquilidad. Era nuestro momento. Sentirnos piel con piel, mirarnos, relajarse… abrazarle y quererlo solo para mí. Desterrar de mi cabeza todas las prisas, los agobios, el estrés del día… y reencontrarme con lo verdaderamente importante.

Fue entonces cuando sentí que “era el momento“. Amarrarlo a mi pecho no iba a hacer que mi Pequeño Pitu fuera un bebé para siempre. Había llegado el momento de soltar lastre, de pasar etapa.

E intentamos retirar la teta. El Pequeño Pitu se comía la papilla de cereales, se tomaba el biberón y se quedaba tranquilo, incluso dormido algunas veces. Pero cuando me veía llegar a casa –¡había veces que sólo con olerme!– ahí despertaba la fiera y exigía lo suyo. Así que pusimos distancia de por medio y un día que teníamos una cena de Navidad, lo dejamos a dormir con la abuela. ¡Y funcionó! Primera noche a base de bibi. Superado el primer paso solo había que continuar pedaleando y las primeras noches fue el padre quien se encargaba de darle la cena y dormirlo.

He flaqueado y estado a punto de echarme atrás y mantener la lactancia, sobre todo el día en que tras 24 horas sin mamar recurrí al sacaleches para aliviarme y comprobé ese oro líquido que se iba por el desagüe. ¡Qué carga de conciencia! Pero él lo ha asimilado súper bien, ha sido un proceso muy natural… definitivamente era el momento. No había vuelta atrás. Etapa –feliz y disfrutadamente– superada.

Nuevo propósito: echar a andar.

 

 

 

 

 

No quiero que crezca mi bebé

No quiero que mi Pequeño Pitu crezca. Sé que es un sentimiento egoísta y del todo imposible, pero hay días en los que no quiero que crezca mi bebé.

Me encantaría que se quedara chiquitito, regordete, con roscas en los brazos y las piernas . Mi bebé tiene diez meses, algunos dientes y una sonrisa preciosa que estalla cuando ve a su mamá. Sé que en breve estaremos soplando su primera vela de cumpleaños, que sus movimientos se desarrollarán y empezará a gatear y corretear por la casa, que hablará, que comerá sólidos… que crecerá.

Nunca he sido muy sentimental pero este tercer bebé me tiene muy muy enganchada.

Lo baño y me encuentro pensando en lo mucho que me gusta esta bañerita de primera postura que en nada se quedará pequeña, en cómo disfruto cuando lo arropo en su capa de baño, en lo bien que huele este jabón de Mustela.

Me chifla ese olor a galleta y cereales de sus papillas y como agarra mi pelo con su mano cuando come de mi pecho, cuando vuelvo a ser su alimento. A sus hermanos ya los había destetado con este tiempo, pero con mi Pequeño Pitu todos los días tengo me invento una excusa para engañarme a mí misma de los motivos por los que quiero seguir con la lactancia (y que conste que pesa mucho mucho cuando me suena el despertador a las 6.30 de la mañana para darle su toma antes de irme a trabajar).

El cambio de los pañales, las noches en vela, las fiebres de las vacunas… son tareas tediosas que con los anteriores estaba deseando superar pero que con mi tercer bebé estoy afrontando de otra manera.

Sé que este sentimiento de no querer que tu hijo crezca es habitual entre algunas madres -supongo que mezcla de revolución de hormonas y sentimientos maternales- aunque nunca antes lo había sentido… ¿será que me estoy haciendo vieja? O será que sé que todos los bebés crecen, que ninguno se queda pequeñito entre los brazos de su madre, que los días pasan lentos pero los años muy rápidos, que se echa de menos la ternura que desprenden los bebés.


¿Y vosotras? ¿Habéis deseado que no crezcan vuestros bebés? Anímate a compartir tu experiencia con nosotros

 

Vuelta al trabajo tras mi tercer Pitu

Ayer me reincorporé a mi trabajo. Volví tras dar a luz y criar durante sus primeros meses de vida a mi Pequeño Pitu, el tercero.

Vuelvo tras casi un año alejada del mundo laboral después de encadenar una baja médica durante los últimos meses de embarazo, la baja maternal, permisos por lactancia y vacaciones y una excedencia de tres meses. Ha sido una experiencia nueva porque nunca antes me había tomado tanto tiempo tras el nacimiento de mis dos hijos mayores. Como ya os he contado en alguna ocasión, este tercero me está rompiendo todos los esquemas, ha hecho que reordene mis prioridades, y por eso decidí solicitar un permiso de excedencia por cuidado de hijos durante unos meses. Creo que es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. No ha habido un día en que no me haya alegrado infinitamente de la decisión tomada.

En primer lugar, porque he podido disfrutar de mi bebé como nunca antes: sin prisas, sin agobios, apostando por una lactancia exclusiva durante los primeros seis meses, aferrándome a cada momento junto a él porque sé lo rápido que pasan estos primeros meses (aunque los días -y sobre todo las noches- sean muuuuy largas). Tengo muy claro que éste va a ser mi último bebé y eso me hace aprovechar cada momento al máximo.

Pero no solo ha sido un año especial para mi Pequeño Pitu, también para mis dos hijos mayores, a los que he dedicado un tiempo al que ellos -y yo- no estábamos acostumbrados. Por vez primera, he podido ir a todas sus funciones del colegio, llevarlos a los entrenamientos y los partidos de fútbol, jugar sin prisas, comer con ellos… estar con ellos.

Ha sido un año especial porque sabía que era temporal, finito, con un principio y un fin, que todo esto acabaría. Hay quien lo llamará un año sabático, pero de eso nada. He trabajado mucho, en la casa, con los niños, volcada en el bebé… y os aseguro que aborrezco las tareas domésticas. ¡Prefiero una guardia 24 horas en el trabajo que un zafarrancho de limpieza en casa! Pero no se puede tener todo…

Ayer volví al trabajo con ganas; ganas de retomar una profesión que me apasiona, ponerme rimel y tacones y que mi conversación deje de girar en torno a papillas y mocos.

Tampoco os voy a decir que entusiasmada, solo de pensar en las jornadas maratonianas, los madrugones y las guardias de fin de semana me echo a temblar. Pero sí que me encuentro profundamente AGRADECIDA por haber podido vivir esta experiencia. Agradecida por tener un trabajo que me permite solicitar los permisos laborales que la ley contempla sin que mi puesto esté en juego (la vida real es taaan distinta a lo que establecen las leyes), agradecida por los tres soles que me ha dado la vida y, por supuesto, por el inseparable PituPadre, que me ha animado y acompañado desde el minuto uno de esta aventura.

Este tercer hijo está siendo muy especial por muchos motivos, uno de ellos porque la trimaternidad también lo es. Cuentas con unos conocimientos, templanza y experiencia que ya quisieras en los anteriores. Si además puedes disponer del tiempo para exprimirlo a tope ¡ya es una pasada!

Aviso a mis lectores: no sé si seré capaz de mantener el optimismo que desprende este post cuando el estrés y la falta de sueño irrumpan de nuevo en mi vida. Pero mientras tanto… ¡vamos a disfrutarlo!

 

Dientes, dientes

Al Pequeño Pitu le ha salido su primer diente. Mi niño se ríe y me enseña sus encías reventonas en las que asoma un pico blanco que rompe la carne y provoca su llanto. Su boca es un imán al que van a parar manos, mordedores y todo aquello que le ofrece un poco de consuelo. Mi bebé -que es un santo de bueno- llora desconsolado y babea sin parar. Y lejos de causarme pena o preocupación como con sus hermanos, me produce una profunda ternura, porque sé que éste es un momento irrepetible. Nunca más será su primer diente, su primera papilla, sus primeros cereales. Así que mientras mi niño llora por sus dientes, yo lo achucho y me lo como a besos.

A mi Pitu Mayor se le ha caído su primer diente. Lo hemos celebrado como si hubiesen venido los Reyes Magos. Un poco por exageración nuestra, ¡es su primer diente!, un mucho porque él sabe sacarle punta a todo cuanto hace (levantó el teléfono y llamó a cada uno de sus tíos y abuelos para contarle la noticia) hemos vivido como una fiesta la visita del Ratón Pérez. Su primera mella es un roto en una sonrisa imperfecta por la que rebosa orgullo de niño mayor.

Ayer fui al dentista. Se me ha caído un empaste y me tuvieron que reconstruir una muela. Las abuelas dicen que con cada embarazo se pierde vista y muelas. Los únicos cinco minutos de paz que tuve en el día fueron los que pasé en la sala de espera de la consulta.

¡Dientes, dientes! ¡Que vamos a comernos la vida a bocaos!

Kids and Us, un método natural para aprender inglés desde niños en Sevilla

Siempre me ha preocupado mucho el aprendizaje del inglés en los niños. No en vano, los pequeños Pitus están en un colegio bilingüe y a menudo vemos series y dibujos animados en inglés.

Por eso cuando mi amiga Andrea, de Giganta Comunicación, me invitó a un encuentro blogger para conocer la academia de inglés Kids and Us de Sevilla, no me lo pensé dos veces y acudí a interesarme por un método del que ya había oído hablar. Ésta es un red de academias implantada en nueve países basada en el aprendizaje del segundo idioma con un método natural y espontáneo tal y como lo hacen los bebés en su lengua materna.

portada

Como nos explica Pilar, la directora de la academia de la calle Virgen del Valle, los niños comienzan a adentrarse en el método con apenas uno o dos años y concluyen con el final de la etapa educativa (18). El objetivo es muy claro: reproducir el proceso natural de adquisición de la lengua materna. Por eso es muy importante una primera etapa de Listening (escucha) y Understanding (comprensión). Y lo mejor -al menos para mí, por la falta de tiempo y la saturación de actividades extraescolares que tienen los niños- es que los alumnos solo acuden una vez a la semana al centro para clases de 45 minutos para los bebés de 1 y 2 años (de tres a nueve años es una clase de una hora a la semana). Eso sí, el método exige la implicación familiar ya que los padres deben poner todos los días a los niños a escuchar un material en inglés durante 8-12 minutos.

IMG_1939 IMG_1932

El objetivo es familiarizar a los pequeños con el idioma, que escuchen y entiendan la segunda lengua y no tengan miedo a repetir las palabras y expresiones que han escuchado (tercera fase, speaking). Tal y como sucede con nuestra lengua materna.

Solo después de tener bien afianzados estos pilares, se pasa al reading (lectura) y writing (escribir y estudiar gramática) en el momento oportuno, cuando se ha alcanzado un nivel comprensivo alto y se tiene una madurez cognitiva. Todo lo contrario de como aprendimos inglés los de mi generación, al menos yo, que tras año de academia tenía pánico a hablar en público en otro idioma.

IMG_1955

Debemos decir que este proceso educativo lo creó una madre que quiso enseñar a su hija a aprender inglés, Natàlia Perarnau, harta de los cánones tradicionales y decidió apostar por un método natural y espontáneo desde bebés.

Esto supone un cambio de mentalidad en los padres que desean ofrecer este aprendizaje de una segunda lengua a sus hijos. No hay que esperar a que el niño flaquee en inglés en las notas del colegio, es apostar por el idioma desde pequeñitos. La propuesta de Kids and Us no es un remedio para refuerzo escolar. Se trabaja a ritmo diferente a los colegios aunque tengan un mismo objetivo. Se olvidan del afirmativo del verbo To be para trabajar la comprensión global en el niño. “Todos sabemos expresar tengo frío o calor pero los niños de Kids and Us además saben decir estoy pelao“, explica Pilar. Se aborda la gramática pero con juegos y canciones y todo el método se apoya en material audiovisual, juegos on line, aplicaciones, un canal en Youtube y un cuidado material educativo de aplicación en las más de 300 academias repartidas por el mundo para garantizar la correcta difusión del método.

IMG_1954

Kids and Us cuenta con cuatro etapas según edades (babys, kids, teens y tweens) y los alumnos tienen además la posibilidad sacar las certificaciones de nivel de inglés (con el compromiso de al final de la etapa, 18 años, alcanzar un nivel Proficiency).

IMG_1955

Si queréis más información, os invito a que paséis por la academia de la calle Virgen del Valle 2 de Sevilla. ¡Espero que os sirva para planificar las extraescolares de vuestros pequeños para el próximo curso!

Excedencia: cuando las prioridades cambian…

La semana pasada debía incorporarme a mi puesto de trabajo. Se acababan mis 16 semanas de baja maternal (más los quince días de lactancia) a la par que mi Pequeño Pitu cumplía sus primeros cuatro meses de vida.

Digo “debía incorporarme” porque por primera vez en mi experiencia como mamá de tres niños me he planteado tomarme una pequeña excedencia por guarda legal. Nunca hasta ahora me ha dado pena dejar a mis bebés al cuidado de los abuelos o en la guardería. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza dejar de trabajar para cuidar de mis hijos (me gusta mi trabajo y necesito salir de casa, ponerme rimmel y hablar con adultos sobre temas de adultos). Pero la trimaternidad obliga a tomar medidas excepcionales por el bien de la organización de la familia y mi bienestar físico y mental.

Que las medidas de conciliación laboral y familiar en nuestro país son insuficientes no es algo que vayamos a descubrir ahora. Pero a mí al menos cada vez se me hace más difícil ahora que somos familia numerosa.

Para empezar, tendría que haber dejado a mi pequeño Pitu en la guardería con tan solo cuatro meses, lo que implica matricularle una o dos semanas antes para comenzar su adaptación. ¡Y comenzar a tirar de abuelos a la semana siguiente con el primer virus que pillara en la guarde!

Volver al trabajo habría supuesto también acabar con la lactancia materna en exclusiva; ¿recordáis aquella recomendación de la Organización Mundial de la Salud sobre la lactancia durante los seis primeros meses de vida? Pues eso…

En poco más de un mes, me habría juntado con tres niños “que colocar” cuando los mayores acaben el colegio a mitad de junio y se acabe el colchón que supone aula matinal, clases, comedor y actividades extraescolares. Lo siento por lo de “colocar” pero no encuentro una expresión más acertada para describir la presión que nos supone adaptar la rutina de tres niños a la imprevisible jornada laboral de sus padres (viajes, turnos de mañana, tarde y fines de semana, eventos especiales…).

Si echas cuentas de lo que te vas a gastar en campus de verano, guardería y cuidadora te entran ganas de llorar.

Pero la más importante de las razones para solicitar la excedencia por guarda legal es que con mi tercer hijo estoy viviendo una verdadera revisión de prioridades: tengo claro que va a ser el último, que el tiempo que no pase con él no volveré a recuperarlo y que quiero disfrutar de él todo lo que pueda y más.

A todo esto ayuda que trabajo en una empresa que presta sus servicios a la Administración y me garantiza el cumplimiento de mis derechos laborales a la reincorporación.

Así que desde hoy y hasta el próximo 1 de septiembre me voy a dedicar a los besos y achuchones, a los partidos de fútbol, a las excursiones a la piscina. En septiembre volveremos todos al cole con fuerzas renovadas, iniciando nueva etapa. No voy a ingresar un euro, nos privaremos de algunas cosas, pero voy a ser la más rica del mundo. ¿Que no? ¿¡Cuánto vale esta felicidad!?

 

cc Foto de Adrian Dreßler

El tercero NO se cría solo

El tercero se cría solo es la frase más recurrente que he escuchado desde que me quedé embarazada del Pitu Pequeño. Hombre, solo solo no, ¡que mis ojeras y mis horas de sueño me está costando!

No son gratis los pañales, ni las leches de fórmula, ni la ropa con la que se viste, que aunque tenga mucho heredado de los hermanos, las prendas también se gastan (siempre que tengas la suerte que te nazcan en la misma temporada, que si no es como empezar de cero). También gusta que los nuevos retoños estrenen conjuntos, peleles y hasta ropa interior (y eso que nosotros tenemos la suerte de contar con nuestra tienda on line www.pitupitu.es). Y nada de eso viene solo.

Los terceros no se bañan solos. Como sus hermanos mayores cuando fueron bebés, necesitan su agua templada, su masaje relajante y su crema hidratante, y eso también lleva un tiempo.

También tienen por costumbre comer, cuando son bebés cada tres horas, e incluso algunos de ellos muy glotones exigen su biberón o su teta cada menos tiempo.

Ya sabemos lo que viene después de comer, y no, tampoco los pañales se cambian solos. Ni aparecen en la cómoda como por arte de magia, hay que comprarlos. Al igual que las vacunas, las medicinas cuando se ponen enfermos y las cremas para el culete.

SÍ es cierto que los terceros hijos se crían de otra manera. ¡Si hubiera sabido con el primero todo lo que sé ahora, qué distinta habría sido la película!

El tercero lo estoy disfrutando mucho más, y eso que el tiempo que tengo para dedicarle solo a él es infinitamente más reducido. No sé si será la experiencia o el saber que será el último bebé pero es cierto que le estoy concediendo todos los caprichos del mundo: lo cojo siempre que quiero, lo duermo en brazos cuando me apetece, me lo como a achuchones…

Con el tercero sabes distinguir los llantos: el de hambre, el de sueño y el de “mamá cógeme un poquito en brazos que tengo ganas de fiesta“.

Con el tercero no te despiertas de madrugada preocupada por si respira la primera vez que el niño duerme cinco horas seguidas; aprovechas ese regalo del cielo y sigues durmiendo como si no hubiera un mañana.

Sabes reconocer la fiebre y no huyes despavorida al pediatra. Chute de apiretal y a observar cómo evoluciona.

Con mi Pequeño Pitu no tengo prisas por que crezca, ni por recuperar mi vida de antes de tener hijos. Sabes que crecen y que tu vida cotidiana vuelve.

La ansiedad y los miedos no desaparecen, pero tengo las armas para afrontarlas. No puedes dominar las hormonas, pero sabes detectarlas, respirar hondo y contar hasta diez.

Un tercer hijo no se cría solo, se cría diferente. Con más calma y estableciendo prioridades. Distingues entre lo urgente y lo importante. Disfrutas más cada momento.

(Imagen tomada de la web de fotografía de familia www.helenedouchet.com)

Celos

Al principio creímos que nos habíamos librado de ellos. Todo eran besos y abrazos con el hermano recién nacido. Estábamos de vacaciones, papá y mamá en casa las 24 horas del día y continuamente venían a vernos los abuelos, titos y amigos.

Fueron pasando los días y el hermano seguía en casa. Comenzó el colegio, volvió papá al trabajo y ahí seguía ese bebé que solo pedía teta y dormía como un bendito.

Entonces comenzaron a aparecer señales: un berrinche sin motivo, un abrazo que se convertía en pellizco, un “dame tú la comida que yo no sé”…

Nos explotaron de golpe, ahí estaban: los CELOS.

El Pitu mediano es quien peor lo está pasando De la noche a la mañana todo se convirtió en un desafío constante entre él y yo: Levántate / NO. Vístete / NO. Tómate el desayuno / NO. Vamos al cole / NO. Volvemos del cole / NO. Come / NO…

Con tal panorama, yo pasaba por todas las fases de la psicología infantil: desde la dulzura y la empatía, el refuerzo positivo y la sonrisa “a mi niño guapo”, hasta la amenaza del castigo, el “mira que cuento uno, dos…” y el perder los nervios definitivamente. Junto a la falta de sueño y el cóctel de hormonas, el resultado era para echarse a llorar  😥 .

Lo que más me fastidia es que este comportamiento lo demuestra únicamente conmigo. A su hermano pequeño lo quiere con locura, de hecho es el más cariñoso con él, le canta, le pone el chupete cuando se le cae, ayuda cuando toca la hora del baño… Pero toda su frustración y sus celos los paga con su madre, osea yo. Los días que el padre le lleva al cole o almuerza en casa el comportamiento es completamente distinto.

Y mira que entiendo a mi pobre niño. Ha pasado de ser el pequeño Pitu de su madre a no saber muy bien qué. El trono se lo han arrebatado, cuando nos interesa es grande para ciertas cosas pero pequeño para otras, tiene a un hermano mayor que le eclipsa, le chincha y le lleva al huerto como quiere… y la culpa de todo la tiene ese pepón gordote que sin saber hablar ni andar ni ná de ná está todo el día pegado a su mamá revolucionando todo su mundo. ¡¿Es para ponerse celoso o no?!

Así que en esas estamos, pasando esta etapa como quien pasa un sarampión: sabemos que tiene sus días, a ratos es desesperante, pero sobre todo que no hay solución milagrosa. Hay que pasarlo.

Entre tanto, continuamente le recuerdo lo mucho que le quiero, “más que a nadie en el mundo mundial“. Intento sacar huecos y hacer cosas solo con él, que se sienta especial y preferido por su madre. Y mantengo límites: no se aceptan pataletas y berrinches, no se grita, no se toca al hermano con las manos sucias, hay que dejar dormir al hermano y se respeta cuando el bebé está comiendo.

Puedo decir sin exagerar que está resultando más difícil guardar los equilibrios entre los hermanos -sobre todo con el mediano- que sacar adelante al pequeño -que solo come y duerme-. ¡¡Pero nadie dijo que la trimaternidad fuera fácil!!

Os seguiré contando  😀