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Aniversario entre pañales

Hoy hace diez años que nos casamos el Pitu padre y yo. Siempre planeamos que para celebrar esta fecha tan especial nos regalaríamos un viaje a un destino exótico o como poco a una capital europea… Nada más lejos de la realidad.

Con un pequeño Pitu que no ha cumplido aún los dos meses me conformo con salir a cenar si los abuelos se quedan de canguro con la tropa. No serán más de dos o tres horas, el tiempo que nos queda entre toma y toma del pequeño tragón, pero será suficiente para charlar, mirarnos a los ojos y que no nos interrumpa ningún niño pidiendo ir al baño a hacer caca.

Hoy probablemente no será un día distinto a los demás: nos cruzaremos un “buenos días” entre desayunos, uniformes y prisas por llegar a tiempo al cole. Nos mandaremos un whatsapp a media mañana para recordar el pediatra del mediano o el partido de fútbol del mayor. Si tenemos la suerte de almorzar juntos será entre frases de “lávate las manos“, “mastica, niño, mastica” y amenazas de que no se pondrá la tele en todo el fin de semana “como no os comáis todos los garbanzos“.

¡Y dice Samantha que tener hijos hace perder calidad de vida! Y la paciencia, y horas de sueño, y que como consuelo solo te quede la tableta de chocolate.

Si me llegan a decir esto hace una década ¡yo salgo huyendo de la iglesia! O a lo mejor no, porque aunque con ojeras y un cansancio infinito, creo que no cambio uno solo de estos momentos por una sonrisa y un beso de cada uno de mis tres hijos.

¡Feliz Aniversario amor! Diez años más se me quedan cortos… ¡¡a por las bodas de plata!! Que esas sí que las vamos a celebrar como se merecen…

 

Foto de Jeff Belmonte

Bienvenido al mundo mi pequeño Pitu

Vuelvo por el blog tras unos días de desconexión obligada. Como muchos sabéis a través de nuestras redes sociales, a final de año hemos sido padres de nuestro pequeño Pitu, un pepón precioso que nos tiene locos de felicidad.

Durante unos días, hemos suspendido toda actividad laboral, incluida la venta en nuestra tienda on line pitupitu.es, porque queríamos concentrar todo nuestro tiempo y esfuerzo en él y sus hermanos. Por fin he encontrado un huequito en esta recién estrenada baja maternal para pasar por el blog y contaros cómo ha sido esta tercera experiencia.

Como ya os he mencionado en otras ocasiones, soy periodista de profesión y estoy convencida de que son necesarias las noticias positivas. Cuando se navega en la red, en ocasiones encontramos demasiadas experiencias negativas, problemas, complicaciones… más en lo que concierne a la maternidad (embarazo, alumbramiento, crianza..). Por eso creo que es necesario contar experiencias agradables y me animo a compartir con vosotros cómo fue mi tercer parto.

Sin duda, ha sido con diferencia el mejor de los tres y ni qué decir de la recuperación. Se retrasó un poco, todos mis niños han sido unos perezosos y han venido al mundo con algunos días de más sobre la fecha prevista de parto (el primero de hecho, fue inducido a las 42 semanas). ¡Se ve que están muuuuuy a gusto en el vientre de su madre!

Con el tercero todos decían que se adelantaría, pero pasaron los recitales de villancicos de los hermanos (que yo no contaba con presenciar), la Nochebuena y la Navidad (me las imaginaba cenando en una habitación de hospital y al final pudimos celebrarlas con toda la familia) y ya intuíamos una nueva inducción cuando el día antes, el 27 de diciembre, desperté de madrugada con fuertes contracciones.

Desde la primera supe que éstas eran las de verdad. Aguanté un par de horas en la cama contando los minutos que pasaban entre una y otra y a las seis de la mañana llamamos a los abuelos para que vinieran a casa a quedarse con los hermanos mayores. Parece mentira cómo es el instinto maternal pero a las puertas de uno de los momentos más cruciales de mi vida –el nacimiento de mi tercer hijo– lo que más me preocupaba era el madrugón que íbamos a darle a los hermanos y cómo dejarlos colocados antes de salir corriendo para la maternidad.

Así que, con la ayuda inestimable de los pitus abuelos, el padre y yo llegamos al hospital Virgen del Rocío y todo fue sobre ruedas. Fue un parto rapidísimo: menos de cuatro horas y eso que tuvieron que repetirme la analítica que se caducaba precisamente ese mismo día.

Aunque parezca difícil en una gran ciudad como Sevilla, estuvimos rodeados de amigos y conocidos entre los profesionales que nos atendieron en el parto: la matrona que me asistió, una vecina; mi comadre, que es anestesista, nos acompañó hasta el paritorio; el primo Diego velando por que todo fuera bien…

Como la dilatación fue tan rápida y me pincharon la epidural, estuve descansada y muy consciente durante todo el parto. Al Pitu Padre y a mí nos dio tiempo de charlar tranquilamente, de compartir miedos y confidencias, de rezar juntos… y hasta de echar una cabezadita para coger fuerzas para el alumbramiento.

Cuando llegó el momento, estaba tranquila y relajada. Sabía que iba a ser mi último parto y quería disfrutar de él. Me ayudó mucho la confianza que me transmitió mi matrona -gracias Elena- y tener al Pitu Padre al lado dándome ánimos. Entre respiraciones y pujos, la vida se nos coló entre los dedos y se instaló en mi pecho. Allí estaba mi bebé, cubierto de una grasa viscosa y llantos de alegría, abriendo la boca en busca de un nuevo vínculo con su madre.

Mi pequeño Pitu, un pepón de 3.986 kilos y 53 centímetros de largo, venía al mundo para demostrarnos que siempre se puede ser más feliz de lo que creíamos, que el amor se puede multiplicar aún más de lo que parece posible.

¡Bienvenido al mundo mi pequeño Manuel!

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Que nazca ya!!

Qué sabia es la naturaleza…

Superadas las 38 semanas de gestación mi único pensamiento desde que me levanto hasta que me acuesto no es otro que “Dios mío, que este niño salga ya“.

Y la motivación no es tanta las ganas de ver la carita de mi niño -que son muchas- como las razones que arrastra el propio cuerpo de una mujer embarazada en el tramo final. Cómo es la mente que llegados a este punto te hace superar el miedo al parto, a lo desconocido, a las posibles complicaciones médicas… y sólo te hace desear que llegue el momento del alumbramiento.

He vivido uno por uno los pasos de manual de embarazada que te hacen darte cuenta de que el momento está cerca:

– He limpiado los azulejos de los cuartos de baño y la cocina

– He preparado la bolsa de maternidad del bebé y mi maleta con todo lo necesario

– He encargado una compra a Carrefour con la que podríamos sobrevivir a una tercera Guerra Mundial

– Tengo comida congelada para dos cuarentenas

– He fregado el carro con amoniaco y lejía y lavado colchas, sacos y mantas

– Compré todos los regalos de Navidad en noviembre no fuera que el niño se adelantara y mis pitus mayores se quedaran de brazos vacíos

– Me he puesto mechas, depilado y comprado antiojeras para los próximos tres meses

¡Creo que lo tengo todo!

Pero sobre todo, estoy mentalizada para cuando llegue la hora. Sufro de insomnio, cargo una barriga que me hace tambalearme y voy al baño cada dos por tres. Me obsesiona el momento de tener que salir corriendo para el hospital y cómo voy a dejar colocados a los dos pitus mayores.  Comienzan los problemas de digestión y circulación; estoy incómoda de pie, sentada, acostada; necesito ayuda para levantarme de la cama; tengo las costillas reventadas de los movimientos del niño… vamos, que lo mejor es que salga ya.

Me voy a convertir en trimadre y sé de buena tinta lo que me espera tras el parto. Sé que es entonces cuando viene lo peor: la adaptación al niño, el coctail de hormonas, los puntos, las hemorroides, la lactancia, las tomas cada tres horas, los cólicos del lactante… Pero fíjate si sabe la jodía naturaleza que nada de eso me importa en estos momentos, ¡y solo quiero que mi Pitu salga ya!

Pequeño mío, te estamos esperando.

 

 

Mi tercer embarazo

Este nunca ha sido un blog convencional. Por eso, ahora que estoy embarazada de mi tercer hijo, no me leeréis escribiendo de náuseas o piernas hinchadas. Este es un blog personal en el que cuento mis experiencias, cómo me siento, lo que me ocurre día a día. Por eso hoy no os voy a hablar de lo asqueroso que está el líquido naranja de la prueba del azúcar o de aquello tan bucólico de las mariposas en la barriga.

Os contaré cómo estoy llevando mi embarazo, mi tercer embarazo, que en nada se parece al primero y solo de pasada al segundo:

En primer lugar, sabía que estaba embarazada mucho antes de hacerme el predictor. Nunca he tenido sentido intuitivo para estas cosas pero la experiencia está empezando a ser un grado.

SegundoHe tirado el peso a la basura. En mis anteriores embarazos cogí once kilos después una dieta rica en frutas y verduras, no picar entre horas y eliminar grasas. Tras el parto, con la lactancia y el estrés perdí todo lo puesto y mucho más. Así que este verano me he puesto mona de helados en la playa. A ver qué me dice la matrona la semana que viene en la próxima visita…

comida

Tercero: Me siento observada. Sobre todo cuando voy sola con mi bombo y mis dos niños camino del cole o cargada de bolsas del supermercado. He notado que hay gente que me mira y cuchichea: “¡Oooooyyyyhhhh pobrecita! ¡Qué valor! ¡Con tres!”. Cuando se enteran que además viene otro niño, directamente se echan las manos a la cabeza. “Ay qué pena que te quedas sin la niña”, comentan sin poder comprender que no haya más motivos para tener un tercer hijo que poner vestidos y colocar moñas.

Cuatro: Voy a retrasar el síndrome nido hasta que el niño tenga 5 meses. Queda menos de mes y medio para la fecha posible de parto y aún guardo en el fondo del trastero la minicuna, el carrito, la bañera, la ropa de primera postura… Creo que es hora de ir poniendo remedio a este cuarto punto.

sindrome nido

Cinco: ¡Me encanta presumir de barriga! Una que es muy fashion siempre ha buscado esas prendas que disimularan la barriga o la redujera a la mínima expresión. Esta vez no. Me parece que el cuerpo de una mujer embarazada es precioso y hay que lucirlo en su plenitud. Además, estoy segura que va a ser mi última barriga, ¡dejadme que presuma de ella!

Seis: He pedido la baja por embarazo a los siete meses. En los dos primeros estuve trabajando hasta la semana 36 y 35 respectivamente. Ahora que lo veo con distancia me parece ¡una auténtica barbaridad! Y cuando acudí al médico para solicitar el permiso lo hice más por la cantidad de citas médicas que se acumulan en el último mes y te impiden desempeñar tu trabajo que por estar tranquila y descansada para lo que viene. En esta ocasión (a las 30 semanas) ha sido distinto. No tengo nada que demostrar y sí necesidad de cuidar de mi bebé y mi salud. No somos imprescindibles, no tenemos que ser superwoman.

Siete: Me encuentro físicamente mejor, o puede que haya aprendido a relativizar. Que conste que tengo la suerte de disfrutar de unos embarazos muy buenos sin náuseas ni fatigas ni grandes complicaciones. Pero las molestias que en el primero me suponían un mundo (reflujos, insomnio, circulación, dolores de espalda…) ahora me parecen pecata minuta. ¿Será que soy consciente de lo que viene después?

Ocho. Este pobre hijo mío no sabe lo que es escuchar música de Mozart en el vientre de su madre pero a cambio tiene los ecos de las voces de sus hermanos que le hablan, le cuentan cómo van a jugar al fútbol cuando salga y le dan su beso de buenas noches a diario. Muero de amor cuando veo cómo disfrutan de la ilusión de la espera de su hermanito.

hermanos

Nueve. El entorno. En ocasiones me pregunto si los que me rodean se acuerdan de que estoy embarazada. En el primero era la protagonista absoluta, todos querían ver cómo crecía la barriga, saber cómo me encontraba, llamaban a diario… En este tercero hay veces que hasta la Pitu Abuela, tras interesarse por el cole de los dos nietos, contarme su menú de la semana y quince minutos de conversación al teléfono, cae en la cuenta y pregunta: “¿y tú hija, cómo estás?”.

Diez. Hay una cosa que no cambia: las ganas que tengo de ver a mi bebé. Y a diferencia de las dudas que me asaltaban cuando estaba embarazada del segundo, sé con certeza que al tercero lo voy a querer igual o más que a los mayores.

 amor

¡Es ‘otro’ niño!

¡¡Es un ‘otro’ NIÑO!!

La ecografía ha dicho que esperamos otro varón, el tercero. Y estamos felices de ello. Siempre dije que quería otro hijo y que me gustaría que fuera niño, aunque nadie me tomara en serio. De hecho hay quien casi casi me ha dado el pésame por quedarme sin la niña.

No sé si es por práctica –¡lo que voy a aprovechar la ropa!–, por rutina –estoy acostumbrada a sus juegos: dinosaurios, balones, coches…–, porque sé que los tres van a estar muy acompañados o porque es algo que escapa al control humano –¡que venga lo que Dios quiera!– pero siempre me ha gustado la idea de tener hijos varones.

Hay dos razones por las que me hubiera gustado tener una niña: por saber cómo es educar en otro género –si es que existen diferencias– y ¡por esos pasillos de ropa, lazos y todo tipo de complementos que jamás encontraré en las colecciones de niños!

Con tres hijos no quiero ni imaginarme cómo olerá ese cuarto dentro de quince años en una combinación fatal de pies, sudor y hormonas adolescentes. Lo de tener solo nueras (jejejeje) tampoco me resulta muy alentador (aunque quién sabe…). Pero soy de las que cree que los niños adoran a sus mamás y ¡seguiré siendo la reina de mi casa!

Ahora en serio: niño o niña me da igual. Lo importante es que venga bien. ¡Cómo entiendo llegado este momento esa frase que repiten sin cesar madres y abuelas! Cuando tienes un hijo has hecho más de una visita a las urgencias de un hospital, eres consciente de las enfermedades y problemas que se pueden presentar y lo único que pides a Dios es que tu bebé esté sano y crezca fuerte. Los lazos para las muñecas.

Y ahora ¿cómo se lo decimos a los hermanos?

Se lo contamos a los abuelos… sin que la Pitu Abuela se echara las manos a la cabeza.

Se lo contamos a los amigos… con los comentarios de “qué valientes / qué locos” que os describía la semana pasada.

Y lo contamos hasta en el trabajo.

Ahora quedaba lo más difícil: cómo se lo decimos a los hermanos.

Durante meses habíamos abonado el terreno con la pregunta de “¿vosotros queréis un hermanito?“. Pero su respuesta era tajante: NO. Ahora ya no había marcha atrás. Había que explicarles lo que les venía encima.

Estas son de las cosas que no se aprenden, que nadie te explica sobre cómo debes actuar cuando eres padre: me recordó a la primera noche en el hospital en la que te dejan a un bebé en brazos. ¿Dónde está el libro de instrucciones?

Así que un sábado por la tarde, los sentamos en el sofá, los abrazamos y de la manera más dulce que encontramos empezamos a hablarle de que en unos meses llegaría un nuevo  hermanito, que estaba en la barriga de mamá y que ésta crecería y se pondría gorda hasta que en Navidad llegara el nuevo Pitu.

El Pitu Mayor (5 años) comenzó con una batería de preguntas para intentar comprender dónde estaba ese nuevo hermano, cómo había llegado ahí y cómo saldría. “¿Pero te cortan la barriga, mamá?”. Nos ayudamos de un libro sobre el cuerpo humano que providencialmente le regalaron por su cumpleaños para enseñarle cómo se formaba el feto y crecía mes a mes. Por un momento me retraí a las enciclopedias de los años 80 con las que los padres de entonces contaban aquello de “papá le pone una semillita a mamá…” aunque sin caer en esos cuentos. “Eso ya te lo contaremos más adelante”, le explicamos.

Su reacción fue maravillosa: me abrazó, puso su oreja en mi barriga para escuchar a su hermano y pidió el teléfono para contárselo a los abuelos, titos y amigos.

La reacción del Pitu Pequeño fue diametralmente opuesta. “¡¡No lo quiero ni para jugar al fútbol!!“, sentenció el de tres años. Frunció el ceño y puso cara de malos amigos, y así continúa hasta el día de hoy. Cuando se enfada por cualquier motivo me levanta la camiseta, pellizca mi barriga y dice “bebé feo”. ¡Ay pobrecito mío! ¡Y eso que aún no ha sido destronado! ¡La que le queda!

La que nos queda…

Sola en casa

22:00 pm. Sola en casa. Ni marido ni niños. Creo que es la primera vez que me encuentro así.

Es verdad que he pasado noches sin mis hijos cuando nos hemos ido de escapada el Pitu Padre y yo o cuando hemos salido de boda-feria-relío con los amigos y ellos se han quedado a dormir en casa de los abuelos. Pero es la primera vez que me encuentro YO , SOLA, en MI casa.

El motivo no es otro que el Pitu Padre está de viaje de trabajo en la otra punta de la península y yo mañana entro a trabajar tan temprano que no están abiertas ni las aulas matinales de guardería y colegio. ¿¿¿¿Concilia…qué???? Así que nuevamente he tenido que tirar de los benditos abuelos para que nos salvaran la papeleta y se quedaran con los pitus desde la noche antes.

Entro en casa y la siento extraña. No es normal este silencio, ni mucho menos este orden. Sin coches por el suelo ni tropezar con el patinete. Ceno y me entran ganas de poner música y prepararme un Barceló Cola pero en su lugar me doy cuenta que he encendido la luz del pasillo, ésa que nunca se apaga por la noche para evitar las pesadillas del Pitu Pequeño.

He cogido el Ipad con intención de recuperar esos capítulos atrasados de The Good Wife y en su lugar me he entretenido con el whatsapp preguntándole a los abuelos si los pitus se habían dormido ya. ¡Pero qué desastre! ¿En qué me he convertido? ¡Con la de veces que a lo largo del día deseo tener cinco minutos a solas!

Así que visto lo visto he decidido hacer lo único que seguro voy a conseguir esta noche: DORMIR nueve horas seguidas sin interrupción.

 

El bolso de una madre

Siempre he sido una forofa de los bolsos. Los tenía de mil colores y formas: de saco, bandolera, clutch, de asas, de cuero, de piel, grandes, chicos y medianos… La mayoría eran de marca, y muchos de ellos caros a rabiar. Volvía de compras con una bolsa y el pitu padre me preguntaba: “Otro bolso, ¿no?”. Usaba uno por la mañana y cambiaba por la noche según la ropa que vistiera o el plan que se presentara.

Me he llevado tres años con el mismo bolso. Color nude -es decir, ese beige clarito que pega con todo-, grande y con dos compartimentos: uno para el móvil, la cartera, las llaves y la barra de labios; otro para las toallitas, el chupetero, el paquete de gusanitos, Batman, Superman, dos o tres coches, barrita mágica para los golpes y un sinfín de guarrerías de los niños (chicles masticados, pañuelos usados, envoltorios de batidos…) que vas acumulando y te hacen quedar fatal en el desayuno del trabajo del día siguiente.

Este bolso, que no era de marca sino más bien sosito, se ha llevado dos meses con un asa rota y la cremallera descosida, pero era tanta la pereza (y la falta de tiempo) que me daba cambiar de modelo que lo he apurado al máximo. Lo he despedido como si de mi Guess traído de Nueva York se tratara.

He cambiado de bolso por necesidad, que no por capricho, y me he comprado uno de manera práctica, y no a lo compulsivo, analizando resistencia, capacidad y fondo para los miles de trastos que sé que tendré que cargar cuando salga a la calle con mis pitus. ¡Ay cómo me ha cambiado esto de ser madre! Y lo peor es que no he caído en la cuenta hasta que me puse a buscar tema para el post de esta semana.

¡Qué daño ha hecho Mary Poppins!

Mary Poppins

 

PD: Soy un tanto diogenera. Aún conservo parte de esos bolsos apilados en el armario y me prometo que un día, no sé cuándo, volveré a usar y combinar cambiando de modelo cada mañana según los colores y ropa que lleve puestos. Eso sí, un día que no llegue tarde a dejar a los niños en el cole, no les haya metido prisa para que se acaben la leche y tenga medio minuto para hacer el cambio de bolso. Algún día…

Madres emprendedoras

El pasado sábado estuvimos presentes en el encuentro #MeetingMumSVQ, un evento organizado por nuestra amiga Andrea (@MamaGnomo) que combinaba talleres de marketing on line, emprendimiento y redes sociales con un mercadillo de stands de moda y complementos y numerosas actividades para niños.

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En él se dieron citas desde blogueros habituales como Joaquim Montaner, del movimiento Papás Blogueros, y Patricia Tablado, periodista y ‘community madre‘; emprendedoras como Inma Izquierdo y sus compis de www.sevillaconlospeques, o especialistas del mundo del marketing como Rocío Torney y Amparo Cantalicio.

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A priori, si  alguien ajeno a la madresfera se hubiera presentado en la sede del Club Antares de Sevilla y hubiera visto una mesa redonda presidida por un nenuco con un pijama anticólico o toda una presidenta del Foro Marketing Sevilla explicando nociones de marketing a un auditorio junto a su hija Blanquita nos hubiera tomado por locos.

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Pero el resultado fue una jornada cargada de buen rollo y experiencias positivas, de ganas de aprender y de algunas conclusiones con las que me fui a casa:

  1. Nunca desprecies la capacidad de superación de una madre: el foro estaba repleto de muchos perfiles profesionales distintos pero con un mismo denominador común: madres con afán de superación. Se me ocurren mil planes de ocio que hacer un sábado por la mañana pero todas las allí presentes estaban guiadas por las mismas ganas de aprender, de entablar relaciones, ávidas de conocimiento que implantar en sus proyectos personales. Insisto en la idea que comparto a menudo: las mujeres somos mejores trabajadoras cuando nos convertimos en madres, tenemos un compromiso por el que seguir luchando cada día, solo necesitamos mejor organización y logística para conciliarlo todo.IMG_1007
  2. El emprendimiento, esa huida hacia adelante: cambiar el mundo, desarrollarnos personalmente, tener un proyecto, poner en práctica nuestras capacidades… todo eso está muy bien para justificar el emprendimiento, pero el verdadero motivo que impulsa a muchas madres a montarse por su cuenta es la necesidad de conciliar vida familiar y laboral. El sábado pudimos comprobarlo con numerosos ejemplos.IMG_1025
  3. Un castillo hinchable lo aguanta todo: me encantó poder asistir a ponencias y debates acompañada de mis hijos (si no hubiera sido imposible), pero lo que más me gustó fue ese castillo hinchable que tuvo a los peques entretenidos toda la mañana mientras sus mamás aprendían SEO y personal branding.

Gracias a todos los participantes y sobre todo a la organizadora y su proyecto La Giganta Comunicación. ¡Ya estamos esperando el próximo evento!

 

 

#Micromachismos: ¿Vosotras en el bar y los padres en casa con los niños?

Hace unos días eldiario.es repetía su campaña #Micromachismos, una iniciativa para denunciar los pequeños gestos cotidianos que siguen marcando las diferencias subyacentes entre géneros, prácticas y situaciones demasiado interiorizadas que siguen hablando de la desigualdad entre hombres y mujeres.

Comparto con vosotros un caso que me ha ocurrido en varias ocasiones. Sucedió -mejor dicho se repitió- hace escasos días. Acudí con un grupo de amigos -hombres y mujeres- a un acto y a su término fuimos a tomar una cerveza todos juntos. En el bar, nos encontramos con otros conocidos que nos preguntaron a mi amiga y a mí por nuestros hijos. “Muy bien gracias”, fue nuestra respuesta. “Anda ¡qué bien os lo montáis las mujeres de hoy en día! Vosotras en el bar y los padres en casa con los niños”, fue el comentario siguiente.

Como os digo, no es la primera vez que me pasa. Me consta que la persona que lo hizo, una mujer para más señas, lo expresó con la mejor voluntad posible y alabando la disposición de nuestros maridos para repartir las responsabilidades de la familia y los momentos de ocio. Pero, ¿acaso le hicieron la misma pregunta a algunos de mis amigos hombres con niños que estaban con nosotras tomando la cerveza? ¿Alguien alabó a sus mujeres por quedarse cuidando de sus hijos en casa mientras ellos salían a cumplir determinados compromisos sociales y ya de paso relajarse un rato con sus colegas? ¿Por qué sigue sorprendiendo que yo salga sola a un bar pero nadie cuestiona que lo haga mi marido al día siguiente mientras yo me encargo de baños, cenas y cuentos?

Ya os he contado alguna que otra vez lo que al Pitupadre y a mí nos ha gustado siempre un bar y un relío con los amigos. Pero desde que nacieron los pitus nuestro ocio nocturno se ha visto notablemente reducido, casi extinguido a la mínima expresión. Principalmente porque ya abusamos bastante de los abuelos a diario, que cuidan de los niños mientras nosotros trabajamos, como para dejárselos también los fines de semana para salir nosotros de fiesta. Así que desde hace unos años intentamos organizarnos y que cada uno pueda salir con sus amigos de vez en cuando para despejarnos y conservar las amistades.

No es que me importe demasiado lo que piensen los demás de cómo organizo mi día a día en familia, pero gestos como éste sí que son muy significativos del papel que la sociedad sigue otorgando a la mujer en el ámbito familiar y social. Denunciarlo es la única forma que encuentro para contribuir al cambio.

¿Y vosotros? ¿Con qué #micromachismos topáis en vuestro día a día?