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La Feria con (o sin) niños

Tengo la casa adornada con trajes de flamenca colgados en cada armario, mantoncillos ya planchados sobre los respaldos de las sillas del salón, flores, peinetas y pendientes ordenados por juegos de color y tachados los días que faltan para pisar el albero el Sábado del Pescaíto. ¡Ah! Y tengo tres niños que todavía no sé que vamos a hacer con ellos.

Es lo que tiene traer hijos al mundo, que NO tienen horario de 8 a 15, ni días de vacaciones. Son para ti para siempreY hay ocasiones en los que se convierte en un verdadero… ¿dilema? ¿problema?… como cuando llega la Feria de Abril (cámbiese lo subrayado por cualquier otra fiesta o celebración que al lector le apasionara con locura antes de ser padre/madre). Os aseguro que, estos días, el tema “Qué haces con los niños en Feria?” es trending topic en mis conversaciones con adultos.

El Pitu Padre y yo nos preocupamos por encontrar el sano equilibrio entre inculcar a nuestros Pitus el gusto por nuestras fiestas y tradiciones… y tener un ratito de diversión para nosotros y nuestros amigos sin preocuparnos de estar con mil ojos para que el niño no se pierda en el Real, ni volvernos locos en las atracciones de la Calle del Infierno.

Así que algún día los llevaremos a dar un paseíto a la Feria para que se hinchen a base de algodón de azúcar, se monten en los cacharritos y tiren a la tómbola antes de que caigan rendidos y dormidos entre dos sillas de la caseta. Procuraremos hacerlo con otros sufridores padres y amigos acompañados de sus proles porque las penas experiencias compartidas son más llevaderas.

Otros días confiaremos en la bondad de los Pitu Abuelos para que se hagan cargo de sus nietos (ojalá sean muy bondadosos y se queden con los niños muchos días 😉 ) mientras que el Pitu Padre y yo nos escapamos a la Feria como cuando éramos novios. ¡¡Que hay ocasiones en las que sienta muy bien echarlos un poquito de menos para al día siguiente quererlos aún más!!


¿Y vosotros? ¿Cómo lleváis la logística de la Feria o vuestras fiestas locales? ¿Mejor con o sin niños? Anímate y cuéntanoslo!!!

 

 

Panini, las estampas de fútbol y los padres

El pasado fin de semana fui con mis dos hijos mayores a la Plaza del Cabildo, en Sevilla, a cambiar las estampas repetidas de su colección de fútbol de la Liga. Esta es una plaza encantadora en la que puedes encontrar monedas y billetes antiguos, cromos de muñecas, piezas de coleccionista y algunas antigüedades. Yo solía ir de pequeña con mi abuelo a comprar y cambiar sellos filatélicos, y ahora me gusta volver con mis Pitus a este peculiar cambalache en el que los niños se prestan tacos de estampas, repasan mentalmente cuál tienen y cuál le falta y negocian el valor de las cartas a cambiar, que no es lo mismo un Guante de Oro que un Súper Crack.

La mañana en el Cabildo, además de para pasar un rato agradable, da para mucho. Lo primero, que venzan la timidez inicial y se presenten a otros niños e inicien conversaciones. Segundo: para aprender a valorar un poco las cosas, que todo no se puede comprar; hay años que han acabado las colecciones con un montón enorme de estampas repetidas que no valían para nada. Si quieren completar la colección tendrán que poner algo de su parte y no solo dar sablazos a los titos y abuelos, sino buscar las cartas que les faltan intercambiando con otros niños.

Y por último, como experimento sociológico de cómo nos comportamos los padres. Porque si para la mayoría el ambiente era de fiesta y diversión por alcanzar la carta del jugador admirado o completar el equipo de cada uno, también me crucé con progenitores cargados de listas y álbumes que repasaban una y otra vez (ellos, no los niños) y padres vigilantes que no dejaban que sus hijos pasasen las estampas a otros niños por si se les caían al suelo… Me quedé a cuadros con una madre que le racaneaba a mis Pitus que su ‘Ídolo’ valía más que el ‘Nuevo Fichaje’ que los míos pretendían cambiarle… Entre tanto, sus niños eran meros espectadores -sin cartas en las manos- que acababan aburridos mientras sus padres se dedicaban a completar las estampas que les faltaban.

¿No será mejor propiciar que sean ellos los que ejerciten la memoria y recuerden qué estampas de jugadores ya atesoran?

¿No es más importante darles las herramientas para que no les timen (¡ojo, que hablamos de niños de seis años!) que impedir a toda costa que le levanten una carta de Griezmann?

¿Se nos ha olvidado que esto era un juego?

Me quedo con la cara de felicidad de mis dos Pitus que volvieron a casa con un taco de estampas nuevas y, lo mejor, conseguidas por ellos mismos. Repetiremos.

 

El Pitu Mediano, el síndrome del ‘hijo sandwich’

Mi Pitu de casi cinco años es morenito, muy guapo, aplicado en clase, cariñoso, juega bien al fútbol y tiene un carácter reservado y tímido. Además, es el mediano entre sus hermanos, y ese pequeño detalle marca todas y cada una de las aristas de su personalidad. Sufre -sufrimos- el síndrome del hijo sandwich.

Mi Pitu mediano es el que más ha notado la llegada de su nuevo hermano, al que por cierto adora, sobre todo por la posición en la que ha quedado. Ha pasado de ser el pequeño y mimado de mamá a colocarse en un terreno intermedio con un papel indefinido: es muy grande para determinadas cosas de bebé pero no lo suficiente como para hacer todo lo que se le permite al hermano mayor.

Cuenta además con un hermano mayor que no se lo pone nada fácil. Mi rubio tiene una personalidad arrolladora, es extrovertido, muy líder y sobresaliente en clase. Así que menudo techo de cristal le ha tocado al mediano!!!

Mi Pitu Mediano busca continuamente llamar la atención. Intentamos que lo haga gracias a su buen comportamiento alabando sus logros y éxitos, pero claro, es más rápido y divertido portarse mal. Con él agotamos todos los registros de pautas de comportamiento: razonar con él, hablarle de forma pausada, mostrarnos empáticos, pasar a la fase seria, ponernos firmes, no ceder a chantajes, ceder un poquito, amenazar con posibles repercusiones… hasta acabar rojos, echar humo y perder la paciencia por algo tan tonto como que se acabe la leche o coja la mochila que llegamos tarde al colegio.

Este pulso continuo no creáis que es parejo entre el padre y yo, a quien más castiga —con diferencia– es a mí. Sabe perfectamente quien es el objeto de su frustración (mi atención, no sus hermanos) y tira de la cuerda para ponerme al límite una y otra vez. Eso sí, a los cinco minutos vuelve con su sonrisa espléndida y me dice cuánto me quiere como si no hubiera pasado nada. 🙄

Mi Pitu Mediano es con diferencia al que más cuidamos en el terreno emocional precisamente por este síndrome del hijo sandwich que le ha tocado en suerte vivir. Continuamente le recuerdo cuánto le quiero, que es mi niño favorito (¡esto se lo digo a todos cuando no están los otros presentes, jijijiji¡). Intentamos buscar actividades exclusivas para él, en las que comparta tiempo con su padre o su madre de manera única, sin sus hermanos, para que se sienta especial. ¡Entonces está rey! Pero le dura lo que tardamos en volver a casa y recuperar su posición de hijo de enmedio.

Me descoloca cuando hablo con sus profesoras: en clase es súper obediente, respeta todas las reglas, apenas han tenido que reñirle, es colaborador… ¡Perdona! ¿¿¿Estamos hablando del mismo niño???

Entiendo que no es fácil ser el hijo de enmedio, pero tampoco lo es para sus padres. Tendremos que seguir esforzándonos para hacerlo lo mejor posible.

La vida social de mis niños

Hay días en los que me pregunto dónde quedó mi tiempo libre –ya sabéis, ir de compras, salir a cenar con amigos y otras parejas, tardes de cine y teatros…– para acabar organizando los fines de semana en función de los cumpleaños infantiles a los que invitan a mis hijos.

Os prometo que yo antes tenía una vida social muy variada y divertida: no había un bar de tapas en Sevilla que el Pitu Padre y yo no hubiéramos catado ni un garito de taburetes altos que se nos resistiera.

Pero, sin saber cómo, me encuentro organizando mis tardes y fines de semana en función de la agenda social de mis niños. No bastaba con que haya cambiado las películas de autor por los últimos estrenos de Pixar, las tabernas de barra minúscula por los bares con terraza y un parque cerca, y hasta los tacones por las Converse (mucho más cómodas para correr detrás de los pitus en el parque). Ahora también he cambiado el orden de prioridades de mis hobbys que han sido alterados sustituidos por los cumpleaños infantiles a los que invitan a mis hijos.

Hay semanas en las que hemos llegado a asistir hasta a tres fiestas de cumpleaños entre compañeros de clase, familiares e hijos de mis amigos. Me conozco todos los parques de bolas, McDonalds y clubs sociales especializados en celebraciones a dos kilómetros a la redonda y bien podría hacer una guía de los menús de pizzas y nuggets de los locales de celebraciones de la ciudad.

Todo ello sin abordar la cuestión económica, porque no hay cumpleaños que se preste sin el tradicional regalo al niño homenajeado. Menos mal que en las fiestas de los niños de la clase hemos acordado hacer entre todos los invitados un regalo conjunto para que las carteras de los padres no se resientan demasiado. Con ello además conseguimos no atiborrar al niño con un montón de paquetes ni volvernos locos los padres buscando qué comprar.

El Pitu Mayor es un niño muy sociable, tiene muchos amigos; el mediano, con 4 años, ha empezado a recibir las primeras invitaciones pero –afortunadamente para mí– aún son pocas. ¡No quiero ni imaginarme cuando el pequeño también entre en juego! ¿Cómo vamos a hacerlo?

Cuando alguna vez he hablado con mi cuñada, que es profesora, de la gestión de los cumpleaños, siempre me dice: “Puede resultar un poco pesado pero es una suerte que inviten a tus hijos a los cumpleaños de sus amigos. Preocúpate cuando no tengan velas que soplar“.


¿Y vosotros? ¿Cómo lleváis la vida social de vuestros hijos? ¿Se acumulan las fiestas de cumpleaños? 

 

 

¿Inglés o patinaje? Toca elegir extraescolares

Me encuentro ante el difícil sudoku de cuadrar las actividades extraescolares de mis Pitus. Son varios los factores a tener en cuenta: que se adapten a sus gustos, que descubran nuevas motivaciones, que aprendan, que disfruten, que entren dentro del presupuesto y que cuadren con el horario laboral del Pitupadre y mío. ¡Ahí es poco! Añadidle que se compaginen entre los dos Pitus mayores.

El Pitu Mayor quiere patinar. El pasado año le pidió a los Reyes Magos unos patines en línea y no pierde ocasión para colocarse su casco y protectores y lanzarse a la carrera sobre ruedas. Tenemos la ‘suerte’ de que este año han incluido patinaje entre las actividades que ofrece el colegio en las extraescolares.

Si bien, su padre y yo habíamos decidido que este curso que comienza Educación Primaria sería una buena ocasión para reforzar el inglés en academia fuera del horario lectivo.

Además, juega al fútbol sala en el equipo del barrio con todos sus amigos dos días a la semana ¡y le encanta! Está como loco por empezar los entrenamientos y a nosotros nos gusta que practique un deporte de equipo y haga ejercicio físico. Pero estas tres actividades son incompatibles por horarios, disponibilidad e ¡incapacidad de sus padres para teletransportarse!

Ahora nos queda el Pitu Mediano -4 años-. Por un lado, no queremos atiborrarle a actividades a tan temprana edad, creemos que debe jugar, divertirse… ¡descansar! ¡Con lo sano que es dormir la siesta! Por otro lado, cada uno es él y sus circunstancias y el segundo avanza peldaños a pasos de gigante. Si su hermano juega al fútbol, él quiere fútbol; si va a una academia, “¿mamá, yo por qué no? Y qué os voy a contar de la obsesión que tenemos los padres por darle a todos los hijos las mismas oportunidades.

Pero he aquí el segundo problema: cada actividad tiene un horario distinto -e incluso diferentes días de celebración- según las edades. Por lo que corro el riesgo de llegar al campo de fútbol a las cuatro de la tarde y encadenar entrenamientos hasta las siete de la tarde. O ir a inglés los martes y jueves con el Pitu Mayor y los lunes y miércoles con el Pitu Mediano.

¿Vais encajando el tetris? Porque si a todo esto le sumamos mis turnos de mañana y tarde o los viajes del Pitu Padre a mí no me sale la cuadratura del círculo por ningún lado.

Siempre he criticado esos niños saturados de actividades todos los días de la semana. Baile, baloncesto, natación, fútbol, inglés, música… Con sesión doble incluso en un mismo día -acabar una actividad y empezar la siguiente- . Veía a esos padres agobiados corriendo del colegio al gimnasio y del comedor a la academia y creía que me escaparía de todo eso. Pero la maternidad me ha demostrado que acabaría tragándome todas esas palabras que empezaban por “con mis hijos yo nunca…”.

Así que al final hemos decidido que para la planificación del curso escolar vamos a poner en práctica un poquito de eso que tanto nos falta a los padres agobiados de hoy en día: sentido común. Vamos a intentar combinar diversión con aprendizaje, ejercicio físico con desarrollo intelectual, apoyo a la formación académica con el placer de ser niños: tener tiempo para darle patadas a una lata. Y todo eso, sin que sus padres pierdan la cabeza y un buen pellizco de la cartera.

Por cierto, no quiero ni imaginarme cómo será esto cuándo entre en juego el Pitu Pequeño

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¿Y vosotros? ¿Cómo lleváis la elección de las actividades extraescolares?

¡Cuentánoslo!

 

 

Kids and Us, un método natural para aprender inglés desde niños en Sevilla

Siempre me ha preocupado mucho el aprendizaje del inglés en los niños. No en vano, los pequeños Pitus están en un colegio bilingüe y a menudo vemos series y dibujos animados en inglés.

Por eso cuando mi amiga Andrea, de Giganta Comunicación, me invitó a un encuentro blogger para conocer la academia de inglés Kids and Us de Sevilla, no me lo pensé dos veces y acudí a interesarme por un método del que ya había oído hablar. Ésta es un red de academias implantada en nueve países basada en el aprendizaje del segundo idioma con un método natural y espontáneo tal y como lo hacen los bebés en su lengua materna.

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Como nos explica Pilar, la directora de la academia de la calle Virgen del Valle, los niños comienzan a adentrarse en el método con apenas uno o dos años y concluyen con el final de la etapa educativa (18). El objetivo es muy claro: reproducir el proceso natural de adquisición de la lengua materna. Por eso es muy importante una primera etapa de Listening (escucha) y Understanding (comprensión). Y lo mejor -al menos para mí, por la falta de tiempo y la saturación de actividades extraescolares que tienen los niños- es que los alumnos solo acuden una vez a la semana al centro para clases de 45 minutos para los bebés de 1 y 2 años (de tres a nueve años es una clase de una hora a la semana). Eso sí, el método exige la implicación familiar ya que los padres deben poner todos los días a los niños a escuchar un material en inglés durante 8-12 minutos.

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El objetivo es familiarizar a los pequeños con el idioma, que escuchen y entiendan la segunda lengua y no tengan miedo a repetir las palabras y expresiones que han escuchado (tercera fase, speaking). Tal y como sucede con nuestra lengua materna.

Solo después de tener bien afianzados estos pilares, se pasa al reading (lectura) y writing (escribir y estudiar gramática) en el momento oportuno, cuando se ha alcanzado un nivel comprensivo alto y se tiene una madurez cognitiva. Todo lo contrario de como aprendimos inglés los de mi generación, al menos yo, que tras año de academia tenía pánico a hablar en público en otro idioma.

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Debemos decir que este proceso educativo lo creó una madre que quiso enseñar a su hija a aprender inglés, Natàlia Perarnau, harta de los cánones tradicionales y decidió apostar por un método natural y espontáneo desde bebés.

Esto supone un cambio de mentalidad en los padres que desean ofrecer este aprendizaje de una segunda lengua a sus hijos. No hay que esperar a que el niño flaquee en inglés en las notas del colegio, es apostar por el idioma desde pequeñitos. La propuesta de Kids and Us no es un remedio para refuerzo escolar. Se trabaja a ritmo diferente a los colegios aunque tengan un mismo objetivo. Se olvidan del afirmativo del verbo To be para trabajar la comprensión global en el niño. “Todos sabemos expresar tengo frío o calor pero los niños de Kids and Us además saben decir estoy pelao“, explica Pilar. Se aborda la gramática pero con juegos y canciones y todo el método se apoya en material audiovisual, juegos on line, aplicaciones, un canal en Youtube y un cuidado material educativo de aplicación en las más de 300 academias repartidas por el mundo para garantizar la correcta difusión del método.

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Kids and Us cuenta con cuatro etapas según edades (babys, kids, teens y tweens) y los alumnos tienen además la posibilidad sacar las certificaciones de nivel de inglés (con el compromiso de al final de la etapa, 18 años, alcanzar un nivel Proficiency).

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Si queréis más información, os invito a que paséis por la academia de la calle Virgen del Valle 2 de Sevilla. ¡Espero que os sirva para planificar las extraescolares de vuestros pequeños para el próximo curso!

La cartera más fea del mundo

Mi hijo de seis años me ha regalado la cartera más fea del mundo. Le tocó en la tómbola del colegio y en cuanto cayó en sus manos dijo: “mamá, te la regalo“.

Tiene una mezcla de colores y flores que hace daño a los ojos y el estado que presenta me hace dudar de si no habrá sido usada anteriormente…

La he escondido, dicho que la había perdido e incluso tirado a la basura, pero cada vez que salimos de casa mi Pitu Mayor me pregunta: “mamá, ¿llevas el monedero que te regalé?“. Y vuelvo al fondo del cajón de los chismes a rescatar la cartera más fea del mundo para meterla en el bolso (junto a la cartera de verdad, eso sí).

¿Se le olvidará algún día? Es que ya empiezo a verle su punto a esos círculos psicodélicos y las flores ochenteras… ¡¡¡Lo que no haga una por sus pequeños Pitus!!! Para que juzguéis vosotros mismos…

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Trimaternidad real

“Donde comen dos comen tres” o “El tercero se cría solo” han sido algunas de las frases más escuchadas durante el embarazo del Pequeño Pitu con la intención de todo aquel que las pronunciaba de transmitir un mensaje de optimismo hacia lo que me esperaba.

De hecho, así fue durante unos días, 21 días exactamente, lo que duró la baja paternal del Pitu Padre. Durante esos días todo fue sobre ruedas: el buen esposo despertaba a los niños, los vestía, daba desayunos, llevaba al colegio… y hasta me subía el pan recién hecho para que yo despertara como una reina.

Pero tras la luna de miel llegó su reincorporación al trabajo y mi chocazo con la vida real. Intenté entonces echar mano del refranero popular con algo parecido a “madre de tres puede con todo” pero no hubo manera de encontrar nada parecido, porque no existe ¡es imposible!

Los desayunos, uniformes, mochilas, llegar puntual al cole y hacer el milagro de que no coincidiera con ninguna toma del pequeño se convirtieron en un ejercicio de funambulismo (y eso que pongo el despertador a las 7 de la mañana para llegar a las 9 al colegio que está a 50 metros).

Además el Pitupadre comenzó a retomar sus viajes de trabajo y a pasar dos y tres noches fuera de casa, llegaron los virus y el temporal de lluvia y frío para ponerlo todo un poquito más difícil.

Mi #trimaternidad real es que el mayor (5 años) esté en la ducha mientras el mediano (3 años) me pide que le limpie el culo y el pequeño está enganchado a la teta.

#Trimaternidad real es mandar al mayor a un cumpleaños con mi vecina para poder estar un par de horas dedicada al mediano los ratos que el pequeño no está tomando el pecho.

#Trimaternidad real es tener a un niño malo cada día de la semana ya que las probabilidades de contraer virus se multiplican por tres.

Y que conste que no puedo quejarme de mi pequeño Pitu, que es un pepón buenísimo que solo come y duerme (eso sí, come cada tres horas sin perdonar una toma). Ni imaginarme quiero cómo sería esto con un niño un poquito más movido…

Así que para hacer frente a esta trimaternidad real, en casa hemos puesto en práctica algunos principios:

– en esta casa se come, pero no sabemos cuándo, sobre todo los adultos. De disfrutar de la comida caliente mejor ni hablamos…

– la plancha es un lujo asiático reservado para ocasiones especiales, domingos y fiestas de guardar

pedimos ayuda: a amigos, vecinas, familia, otras mamás del cole… ¡¡Qué haríamos sin la tribu!!

– una vez a la semana me voy a casa de la PituAbuela a que me mime, me ponga la comida por delante y me cuide a los niños durante una hora para echarme la siesta

– las lavadoras, lavavajillas, camas por hacer y demás tareas domésticas siempre pueden esperar si tengo a mi Pequeño Pitu en brazos. ¡Crecen demasiado rápido para perder el tiempo en esas cosas!

La trimaternidad algo bueno tiene: me ha enseñado a priorizar.

Os seguiré contando…

La foto es de Natasha Kelly ¡ni tiempo me da para abrir la cámara del móvil! Aunque el panorama a veces es de lo más parecido…

Conciliar también es que los vista papá (y a su gusto)

Cuando hablamos de conciliación la mayoría de las ocasiones lo hacemos en clave femenina y en un amplio porcentaje en tono de queja, con poca autocrítica. Hoy no voy a hablaros de conciliación laboral ni de políticas que nos hagan más fácil la carga familiar sino de esos detalles cotidianos del día a día como quién viste a los niños en casa.

Me ha costado, pero he llegado a la convicción de que a veces conciliar también es aceptar que a tus hijos los vista papá, y a su gusto, con el riesgo que ello conlleva en algunos casos al ver el resultado final…

Y me ha costado reconocerlo porque han sido varias las ocasiones que tras llegar de trabajar –o de la peluquería de echarme mechas, que tampoco hay que ser tan mártir– y encontrarme a los pitus arreglados por el buen padre, he corrido al armario a cambiarles esa camiseta que no pegaba ni con cola con aquellos pantalones o a sustituirles ese polo de manga larga por otro más veraniego “porque hoy no hace tanto frío“.

El consiguiente cabreo del Pitupadre es comprensible por mucho que yo me esfuerce en hacerle distinguir el poder de la combinación de los pantones.

Y es que al cambiarles esa camiseta de hace dos temporadas por la camisa tan monísima que YO les había comprado y que YO había pensado que era ideal  para este día precisamente, no solo estoy echando por tierra su trabajo de vestir, limpiar y peinar niños; también su autoridad y su iniciativa. ¡Con qué derecho me voy a quejar después si el reparto de las tareas de la casa no es igualitario o no está al día de las circulares que nos llegan a través del grupo de whatsapp de las mamás los papás de la clase!

No me imagino cómo debe ser la situación entre aquellos que tenéis hijas y os enfrentáis además a la tarea de rematar lazos, trenzas y colas. Nosotros suficiente tenemos con la lucha por la ropa deportiva: ¡qué insistencia en ponerles la camiseta de su equipo de fútbol y los botines!

A las madres se nos llena la boca pidiendo que limpien como nosotras, que hagan trenzas como nosotras, que cuenten las piezas de fruta que los niños han comido al día y no las sustituyan por la galleta de chocolate como hacemos nosotras… ¡¿pero cuántas veces nos resistimos a dejar esa parcela de poder de decisión sobre lo que le conviene o no al niño?!

El pasado sábado me fui a la peluquería a las nueve de la mañana. Cuando volví a las once, los niños estaban desayunados y vestidos con una combinación de colores y tejidos que hizo que se me volvieran a rizar los pelos. Suspiré hondo y nos fuimos de paseo. A veces conciliar también es esto: aceptar que a tus hijos también los puede vestir su padre a su gusto. E incluso puede que no vayan mal, simplemente como tú no lo habrías hecho.

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Rabietas

El Pitu Pequeño hay días que cortocircuita. Es un niño bueno, cariñoso, que comparte… pero a veces se le cruza el cable y entonces llegó el acabose.

Pasaron los terribles dos años y los berrinches, pataletas y golpes de personalidad se fueron con ellos. Pero a los tres aún queda alguna rabieta, esporádica, eso sí, pero de las que tardan en olvidarse.

Ayer fue uno de esos días en los que se levantó llorando y se acostó llorando. Lloró porque no se quería levantar, lloró porque no quería ir al cole; cuando salió del cole lloró porque no quería volver a casa; lloró porque no quería dormir la siesta y cuando se quedó frito del berrinche lloró porque no se quería despertar. Lloró porque no quería ducharse y después porque no quería salir de la ducha. Cuando le acosté no quiso beso de buenas noches e inmediatamente después armó la mundial porque su madre se había ido sin darle un beso… Lloró y lloró en modo bucle.

Entre una y otra rabieta –aunque no tengo muy claro si no fue la misma de 24 horas de duración- empleé todos los recursos pedagógicos a mi alcance: fui comprensiva, cariñosa, le abracé, empaticé, intenté negociar con él, me mostré dura, inflexible, dije hasta aquí llegamos, lo castigué… y todas ellas fueron igual de ineficaces.

¿¿¿Alguien sabe dónde está el botón de off???

Esos días de rabieta me superan, no me cuesta reconocerlo. ¿Cómo es posible que un mico de tres años te contagie tal estado de ansiedad?

Cuando era más pequeño lo achacaba a los dientes, la barriguita…. Después le eché la culpa a los terribles dos años. Ahora podría argumentar que es el cambio de la guarde al cole o la llegada del nuevo hermanito.

O puede que simplemente tenga un mal día.