Celos

Al principio creímos que nos habíamos librado de ellos. Todo eran besos y abrazos con el hermano recién nacido. Estábamos de vacaciones, papá y mamá en casa las 24 horas del día y continuamente venían a vernos los abuelos, titos y amigos.

Fueron pasando los días y el hermano seguía en casa. Comenzó el colegio, volvió papá al trabajo y ahí seguía ese bebé que solo pedía teta y dormía como un bendito.

Entonces comenzaron a aparecer señales: un berrinche sin motivo, un abrazo que se convertía en pellizco, un “dame tú la comida que yo no sé”…

Nos explotaron de golpe, ahí estaban: los CELOS.

El Pitu mediano es quien peor lo está pasando De la noche a la mañana todo se convirtió en un desafío constante entre él y yo: Levántate / NO. Vístete / NO. Tómate el desayuno / NO. Vamos al cole / NO. Volvemos del cole / NO. Come / NO…

Con tal panorama, yo pasaba por todas las fases de la psicología infantil: desde la dulzura y la empatía, el refuerzo positivo y la sonrisa “a mi niño guapo”, hasta la amenaza del castigo, el “mira que cuento uno, dos…” y el perder los nervios definitivamente. Junto a la falta de sueño y el cóctel de hormonas, el resultado era para echarse a llorar  😥 .

Lo que más me fastidia es que este comportamiento lo demuestra únicamente conmigo. A su hermano pequeño lo quiere con locura, de hecho es el más cariñoso con él, le canta, le pone el chupete cuando se le cae, ayuda cuando toca la hora del baño… Pero toda su frustración y sus celos los paga con su madre, osea yo. Los días que el padre le lleva al cole o almuerza en casa el comportamiento es completamente distinto.

Y mira que entiendo a mi pobre niño. Ha pasado de ser el pequeño Pitu de su madre a no saber muy bien qué. El trono se lo han arrebatado, cuando nos interesa es grande para ciertas cosas pero pequeño para otras, tiene a un hermano mayor que le eclipsa, le chincha y le lleva al huerto como quiere… y la culpa de todo la tiene ese pepón gordote que sin saber hablar ni andar ni ná de ná está todo el día pegado a su mamá revolucionando todo su mundo. ¡¿Es para ponerse celoso o no?!

Así que en esas estamos, pasando esta etapa como quien pasa un sarampión: sabemos que tiene sus días, a ratos es desesperante, pero sobre todo que no hay solución milagrosa. Hay que pasarlo.

Entre tanto, continuamente le recuerdo lo mucho que le quiero, “más que a nadie en el mundo mundial“. Intento sacar huecos y hacer cosas solo con él, que se sienta especial y preferido por su madre. Y mantengo límites: no se aceptan pataletas y berrinches, no se grita, no se toca al hermano con las manos sucias, hay que dejar dormir al hermano y se respeta cuando el bebé está comiendo.

Puedo decir sin exagerar que está resultando más difícil guardar los equilibrios entre los hermanos -sobre todo con el mediano- que sacar adelante al pequeño -que solo come y duerme-. ¡¡Pero nadie dijo que la trimaternidad fuera fácil!!

Os seguiré contando  😀

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