Salir a comer con niños

Hubo un tiempo en el que el Pitupadre y yo dominábamos todo el mapa de restaurantes y bares de tapas y copas de Sevilla. Nuestra experiencia en barras dejaba en pañales cualquier listado de Tripadvisor y los amigos nos llamaban para que les recomendáramos un bar donde llevar a un cliente o el último grastrobar de moda para deslumbrar a su pareja por el aniversario.

Eso ocurría hace exactamente 4 años y dos niños atrás.

Mira que al principio lo intentamos. De pardillos ilusos pretendimos mantener nuestras costumbres: “no hay por qué renunciar a nuestros gustos por tener niños”, decíamos. Nos comimos nuestras palabras como años después nos comeríamos esas raciones de croquetas congeladas que tanto le gustan a nuestros hijos.

Nos empeñamos en seguir visitando Casa Moreno y Las Golondrinas (el antiguo), pero las miradas del resto de comensales nos invitaban a salir por la puerta con el carro, el bolso y el termo de las papillas por el camino más corto.

La cosa se complicó cuando nació el Pitu pequeño y el listado de bares en el que cabían dos carros se redujo considerablemente.

Aún se puso peor más difícil: los amigos y familia también comenzaron a traer niños al mundo, y nuestras reuniones parecían un expositor del Hiperbebé. ¿Dónde nos metemos? ¿Quién conoce una venta?

Y nosotros que éramos unos exquisitos que ni el jurado de TopChef, empezamos a conformarnos con lugares que pusieran algo caliente y en los que cupiéramos. Si además tenían un espacio donde los niños pudieran jugar sin molestar al resto de clientes (ésos que mascullan entre dientes “que a gusto están sus padres”) perfecto. Y si para el remate tenían un cuarto de baño con cambiador ¡¡ya le concedíamos directamente la Estrella Michelín!!

Nuestra situación no ha mejorado demasiado ahora que casi vamos sin carro y los niños comen de todo. Primero porque aunque nuestros hijos son de buen comer, los experimentos de sushi, ceviche y otras comidas del mundo se ven muy limitados por estos dos personajillos que prefieren montaditos, pinchitos y croquetas.

hamburguesas

Segundo, porque ahora no hay carros, pero sí niños inquietos que juegan a súperhéroes ante la fulminante mirada de esos clientes que no se acuerdan de cuando sus hijos también fueron pequeños.

Y tercero: ¡no hay manera de comer caliente! Justo cuando te traen tu plato aparece un Pitu gritando “mamá, quiero cxxx!!!!”. ¡Y yo estoy hasta la coronilla de limpiar con toallitas los WC de los bares de media Sevilla!

baño

Aún así, el pitupadre y yo no renunciamos a seguir cultivando nuestra afición por los bares. Por eso, de vez en cuando, abusamos del amor que los pituabuelos tienen por sus nietos, los dejamos un par de horitas y ¡damos fe de que hay vida más allá de las croquetas!

comida adultos

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