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Lo que de verdad importa

En ocasiones andamos tan ocupados con nuestros ‘problemas‘ cotidianos  (el estrés del trabajo, la organización de la casa, los deberes de los niños, nuestras necesidades personales…) que perdemos la perspectiva de los problemas reales.

El pasado viernes contaba los minutos que faltaban para las tres de la tarde mientras repasaba mentalmente la maleta que estaba ultimando para irme con mis amigas de fin de semana ¡¡¡el primero desde que nació el Pequeño Pitu!!! y que venía a compensar todas esas lamentaciones de falta de espacio y tiempo para una misma.

Sonó el teléfono y al otro lado de la línea una profesora de la guarde me decía que el Pequeño Pitu estaba malito. Mi primer pensamiento de malamadre fue: ¡adiós al fin de semana! “Ya salgo para recogerlo”, le dije mientras que buscaba el bote de apiretal de emergencia que llevo siempre en el bolso. “No, se lo han llevado directamente al médico. Está convulsionando y lo han trasladado al centro de salud”.

Entonces todo se paralizó. No recuerdo cómo salí del trabajo, sí que me metí en  contramano por una avenida de tres carriles e hice un giro de 180 grados por el que me hubieran quitado todos los puntos del carné. No veía y casi no pensaba. Tenía miedo y sentía que me ahogaba. Solo quería llegar y ver a mi bebé. Sabía que estaba en buenas manos, pero sufría porque se supone que en un momento así debía ser yo la que estuviera con él. Ahora pienso que no sé si hubiera sabido cómo actuar en caso de que le hubiera dado la crisis estando en casa conmigo.

Llegué al centro de salud –acompañada por otra profesora de la guarde, qué bien se portaron todas- y tocaba aguantar el tipo. Allí estaban los dos hermanos mayores a los que ya había recogido el padre y no podíamos permitirnos perder los nervios y asustarlos aún más. Mi pobre bebé estaba tranquilo pero desnortado, medio en cueros tras ponerle un supositorio para bajarle la fiebre y sudoroso por el subidón de temperatura; me vio pero casi no me reconoció.

De allí para el hospital y comenzó el rosario de pruebas. Afortunadamente, no le repitió la convulsión aunque nos quedamos ingresados 24 horas para observar el desarrollo del bebé.

Es en esa sala de espera y en la posterior habitación de la planta sexta del Hospital Macarena (a cuyos profesionales estamos enormemente agradecidos por lo bien que nos trataron) donde las prioridades se reordenan y tomas conciencia de lo que de verdad importa. Asustada con mi niño en brazos esperando a que anunciaran su nombre por megafonía para pasar a consulta es cuando tus oraciones toman un único camino y solo importa una cosa: la salud de mi bebé.

En esa sala reconoces tu propio miedo en los ojos de los otros padres que allí esperan.

Conoces la angustia y el dolor físico, un dolor que no te importaría se multiplicara por mil en tu cuerpo si con ello libraras a tu niño de lo que allí le trae.

Ves a otros niños que llevan semanas entre aquellas paredes y de manera muy egoísta das gracias por la suerte que tienes.

Porque hasta que no se conoce la enfermedad en un hijo, en TU HIJO, no valoramos lo que tenemos, lo que de verdad importa.

El Pequeño Pitu salió de alta a las veinticuatro horas tras descubrir que todo venía por una otitis. Tras una semana de antibióticos se encuentra estupendamente. No sabemos si volverá a repetirse, no tiene porqué. Nosotros salimos por la puerta del hospital con el susto en el cuerpo y una oración de agradecimiento, porque a veces hay que verle los ojos a la enfermedad para (re)descubrir qué es lo verdaderamente importante en esta vida: tener a mis Pitus sanos y felices.

Adiós a la lactancia… el destete del Pequeño Pitu

El Pequeño Pitu acaba de cumplir su primer año y llegan cambios a su vida (y a la nuestra). El primero ha sido poner fin a la lactancia materna; llegó la hora del destete.

No ha sido tarea fácil, y no por él, más bien por mí. Durante los últimos meses era frecuente la pregunta: “¿Cuándo le vas a quitar el pecho?”. A lo que yo siempre respondía: “cuando llegue el momento“.

Destetar a un bebé es muy personal, obedece a miles de razones y circunstancias, ni siquiera es igual de un hijo a otro. Al Pitu Mayor le retiré el pecho con ocho meses cuando los turnos de trabajo hicieron imposible mantener una lactancia que se empezaba a convertir en una carga más que un disfrute; con el Mediano tuve que dejarlo cuando cumplió ocho meses porque me tenía literalmente embebida, nunca he estado tan delgada como entonces y comencé a sentirme mal físicamente.

Con el Pequeño Pitu había conseguido controlar la pérdida de peso y sobrellevaba el cansancio. Había días en que madrugábamos muchísimo -él y yo- para darle el pecho antes de dejarlo en la guardería e irme a trabajar, pero el cansancio merecía la pena. Conseguimos pasar la primera dentición con el consuelo de la teta y, quitando algunos mocos, hemos mantenido los virus a raya durante los primeros meses de guarde. Como estoy convencida de que la leche materna algo mucho influye en todo esto, el momento del destete se retrasaba una semana tras otra.

Si buscas encuentras miles de razones para mantener -y para retirar- la lactancia, aunque el verdadero motivo por el que me resistía a dejar de acercarlo a mi pecho es que sabía que éste es el último bebé al que voy a amamantar. El día a día de una familia numerosa tiene momentos de auténtica locura, sobre todo al finalizar la jornada cuando llega la hora de baños, cenas, cepillado de dientes, cuento y a la cama. Pero en el ojo de ese huracán, tomar a mi bebé en brazos y encerrarnos los dos en el cuarto para su última toma era un oasis de paz y tranquilidad. Era nuestro momento. Sentirnos piel con piel, mirarnos, relajarse… abrazarle y quererlo solo para mí. Desterrar de mi cabeza todas las prisas, los agobios, el estrés del día… y reencontrarme con lo verdaderamente importante.

Fue entonces cuando sentí que “era el momento“. Amarrarlo a mi pecho no iba a hacer que mi Pequeño Pitu fuera un bebé para siempre. Había llegado el momento de soltar lastre, de pasar etapa.

E intentamos retirar la teta. El Pequeño Pitu se comía la papilla de cereales, se tomaba el biberón y se quedaba tranquilo, incluso dormido algunas veces. Pero cuando me veía llegar a casa –¡había veces que sólo con olerme!– ahí despertaba la fiera y exigía lo suyo. Así que pusimos distancia de por medio y un día que teníamos una cena de Navidad, lo dejamos a dormir con la abuela. ¡Y funcionó! Primera noche a base de bibi. Superado el primer paso solo había que continuar pedaleando y las primeras noches fue el padre quien se encargaba de darle la cena y dormirlo.

He flaqueado y estado a punto de echarme atrás y mantener la lactancia, sobre todo el día en que tras 24 horas sin mamar recurrí al sacaleches para aliviarme y comprobé ese oro líquido que se iba por el desagüe. ¡Qué carga de conciencia! Pero él lo ha asimilado súper bien, ha sido un proceso muy natural… definitivamente era el momento. No había vuelta atrás. Etapa –feliz y disfrutadamente– superada.

Nuevo propósito: echar a andar.

 

 

 

 

 

No quiero que crezca mi bebé

No quiero que mi Pequeño Pitu crezca. Sé que es un sentimiento egoísta y del todo imposible, pero hay días en los que no quiero que crezca mi bebé.

Me encantaría que se quedara chiquitito, regordete, con roscas en los brazos y las piernas . Mi bebé tiene diez meses, algunos dientes y una sonrisa preciosa que estalla cuando ve a su mamá. Sé que en breve estaremos soplando su primera vela de cumpleaños, que sus movimientos se desarrollarán y empezará a gatear y corretear por la casa, que hablará, que comerá sólidos… que crecerá.

Nunca he sido muy sentimental pero este tercer bebé me tiene muy muy enganchada.

Lo baño y me encuentro pensando en lo mucho que me gusta esta bañerita de primera postura que en nada se quedará pequeña, en cómo disfruto cuando lo arropo en su capa de baño, en lo bien que huele este jabón de Mustela.

Me chifla ese olor a galleta y cereales de sus papillas y como agarra mi pelo con su mano cuando come de mi pecho, cuando vuelvo a ser su alimento. A sus hermanos ya los había destetado con este tiempo, pero con mi Pequeño Pitu todos los días tengo me invento una excusa para engañarme a mí misma de los motivos por los que quiero seguir con la lactancia (y que conste que pesa mucho mucho cuando me suena el despertador a las 6.30 de la mañana para darle su toma antes de irme a trabajar).

El cambio de los pañales, las noches en vela, las fiebres de las vacunas… son tareas tediosas que con los anteriores estaba deseando superar pero que con mi tercer bebé estoy afrontando de otra manera.

Sé que este sentimiento de no querer que tu hijo crezca es habitual entre algunas madres -supongo que mezcla de revolución de hormonas y sentimientos maternales- aunque nunca antes lo había sentido… ¿será que me estoy haciendo vieja? O será que sé que todos los bebés crecen, que ninguno se queda pequeñito entre los brazos de su madre, que los días pasan lentos pero los años muy rápidos, que se echa de menos la ternura que desprenden los bebés.


¿Y vosotras? ¿Habéis deseado que no crezcan vuestros bebés? Anímate a compartir tu experiencia con nosotros

 

Vuelta al trabajo tras mi tercer Pitu

Ayer me reincorporé a mi trabajo. Volví tras dar a luz y criar durante sus primeros meses de vida a mi Pequeño Pitu, el tercero.

Vuelvo tras casi un año alejada del mundo laboral después de encadenar una baja médica durante los últimos meses de embarazo, la baja maternal, permisos por lactancia y vacaciones y una excedencia de tres meses. Ha sido una experiencia nueva porque nunca antes me había tomado tanto tiempo tras el nacimiento de mis dos hijos mayores. Como ya os he contado en alguna ocasión, este tercero me está rompiendo todos los esquemas, ha hecho que reordene mis prioridades, y por eso decidí solicitar un permiso de excedencia por cuidado de hijos durante unos meses. Creo que es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. No ha habido un día en que no me haya alegrado infinitamente de la decisión tomada.

En primer lugar, porque he podido disfrutar de mi bebé como nunca antes: sin prisas, sin agobios, apostando por una lactancia exclusiva durante los primeros seis meses, aferrándome a cada momento junto a él porque sé lo rápido que pasan estos primeros meses (aunque los días -y sobre todo las noches- sean muuuuy largas). Tengo muy claro que éste va a ser mi último bebé y eso me hace aprovechar cada momento al máximo.

Pero no solo ha sido un año especial para mi Pequeño Pitu, también para mis dos hijos mayores, a los que he dedicado un tiempo al que ellos -y yo- no estábamos acostumbrados. Por vez primera, he podido ir a todas sus funciones del colegio, llevarlos a los entrenamientos y los partidos de fútbol, jugar sin prisas, comer con ellos… estar con ellos.

Ha sido un año especial porque sabía que era temporal, finito, con un principio y un fin, que todo esto acabaría. Hay quien lo llamará un año sabático, pero de eso nada. He trabajado mucho, en la casa, con los niños, volcada en el bebé… y os aseguro que aborrezco las tareas domésticas. ¡Prefiero una guardia 24 horas en el trabajo que un zafarrancho de limpieza en casa! Pero no se puede tener todo…

Ayer volví al trabajo con ganas; ganas de retomar una profesión que me apasiona, ponerme rimel y tacones y que mi conversación deje de girar en torno a papillas y mocos.

Tampoco os voy a decir que entusiasmada, solo de pensar en las jornadas maratonianas, los madrugones y las guardias de fin de semana me echo a temblar. Pero sí que me encuentro profundamente AGRADECIDA por haber podido vivir esta experiencia. Agradecida por tener un trabajo que me permite solicitar los permisos laborales que la ley contempla sin que mi puesto esté en juego (la vida real es taaan distinta a lo que establecen las leyes), agradecida por los tres soles que me ha dado la vida y, por supuesto, por el inseparable PituPadre, que me ha animado y acompañado desde el minuto uno de esta aventura.

Este tercer hijo está siendo muy especial por muchos motivos, uno de ellos porque la trimaternidad también lo es. Cuentas con unos conocimientos, templanza y experiencia que ya quisieras en los anteriores. Si además puedes disponer del tiempo para exprimirlo a tope ¡ya es una pasada!

Aviso a mis lectores: no sé si seré capaz de mantener el optimismo que desprende este post cuando el estrés y la falta de sueño irrumpan de nuevo en mi vida. Pero mientras tanto… ¡vamos a disfrutarlo!

 

Dientes, dientes

Al Pequeño Pitu le ha salido su primer diente. Mi niño se ríe y me enseña sus encías reventonas en las que asoma un pico blanco que rompe la carne y provoca su llanto. Su boca es un imán al que van a parar manos, mordedores y todo aquello que le ofrece un poco de consuelo. Mi bebé -que es un santo de bueno- llora desconsolado y babea sin parar. Y lejos de causarme pena o preocupación como con sus hermanos, me produce una profunda ternura, porque sé que éste es un momento irrepetible. Nunca más será su primer diente, su primera papilla, sus primeros cereales. Así que mientras mi niño llora por sus dientes, yo lo achucho y me lo como a besos.

A mi Pitu Mayor se le ha caído su primer diente. Lo hemos celebrado como si hubiesen venido los Reyes Magos. Un poco por exageración nuestra, ¡es su primer diente!, un mucho porque él sabe sacarle punta a todo cuanto hace (levantó el teléfono y llamó a cada uno de sus tíos y abuelos para contarle la noticia) hemos vivido como una fiesta la visita del Ratón Pérez. Su primera mella es un roto en una sonrisa imperfecta por la que rebosa orgullo de niño mayor.

Ayer fui al dentista. Se me ha caído un empaste y me tuvieron que reconstruir una muela. Las abuelas dicen que con cada embarazo se pierde vista y muelas. Los únicos cinco minutos de paz que tuve en el día fueron los que pasé en la sala de espera de la consulta.

¡Dientes, dientes! ¡Que vamos a comernos la vida a bocaos!

Excedencia: cuando las prioridades cambian…

La semana pasada debía incorporarme a mi puesto de trabajo. Se acababan mis 16 semanas de baja maternal (más los quince días de lactancia) a la par que mi Pequeño Pitu cumplía sus primeros cuatro meses de vida.

Digo “debía incorporarme” porque por primera vez en mi experiencia como mamá de tres niños me he planteado tomarme una pequeña excedencia por guarda legal. Nunca hasta ahora me ha dado pena dejar a mis bebés al cuidado de los abuelos o en la guardería. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza dejar de trabajar para cuidar de mis hijos (me gusta mi trabajo y necesito salir de casa, ponerme rimmel y hablar con adultos sobre temas de adultos). Pero la trimaternidad obliga a tomar medidas excepcionales por el bien de la organización de la familia y mi bienestar físico y mental.

Que las medidas de conciliación laboral y familiar en nuestro país son insuficientes no es algo que vayamos a descubrir ahora. Pero a mí al menos cada vez se me hace más difícil ahora que somos familia numerosa.

Para empezar, tendría que haber dejado a mi pequeño Pitu en la guardería con tan solo cuatro meses, lo que implica matricularle una o dos semanas antes para comenzar su adaptación. ¡Y comenzar a tirar de abuelos a la semana siguiente con el primer virus que pillara en la guarde!

Volver al trabajo habría supuesto también acabar con la lactancia materna en exclusiva; ¿recordáis aquella recomendación de la Organización Mundial de la Salud sobre la lactancia durante los seis primeros meses de vida? Pues eso…

En poco más de un mes, me habría juntado con tres niños “que colocar” cuando los mayores acaben el colegio a mitad de junio y se acabe el colchón que supone aula matinal, clases, comedor y actividades extraescolares. Lo siento por lo de “colocar” pero no encuentro una expresión más acertada para describir la presión que nos supone adaptar la rutina de tres niños a la imprevisible jornada laboral de sus padres (viajes, turnos de mañana, tarde y fines de semana, eventos especiales…).

Si echas cuentas de lo que te vas a gastar en campus de verano, guardería y cuidadora te entran ganas de llorar.

Pero la más importante de las razones para solicitar la excedencia por guarda legal es que con mi tercer hijo estoy viviendo una verdadera revisión de prioridades: tengo claro que va a ser el último, que el tiempo que no pase con él no volveré a recuperarlo y que quiero disfrutar de él todo lo que pueda y más.

A todo esto ayuda que trabajo en una empresa que presta sus servicios a la Administración y me garantiza el cumplimiento de mis derechos laborales a la reincorporación.

Así que desde hoy y hasta el próximo 1 de septiembre me voy a dedicar a los besos y achuchones, a los partidos de fútbol, a las excursiones a la piscina. En septiembre volveremos todos al cole con fuerzas renovadas, iniciando nueva etapa. No voy a ingresar un euro, nos privaremos de algunas cosas, pero voy a ser la más rica del mundo. ¿Que no? ¿¡Cuánto vale esta felicidad!?

 

cc Foto de Adrian Dreßler

El tercero NO se cría solo

El tercero se cría solo es la frase más recurrente que he escuchado desde que me quedé embarazada del Pitu Pequeño. Hombre, solo solo no, ¡que mis ojeras y mis horas de sueño me está costando!

No son gratis los pañales, ni las leches de fórmula, ni la ropa con la que se viste, que aunque tenga mucho heredado de los hermanos, las prendas también se gastan (siempre que tengas la suerte que te nazcan en la misma temporada, que si no es como empezar de cero). También gusta que los nuevos retoños estrenen conjuntos, peleles y hasta ropa interior (y eso que nosotros tenemos la suerte de contar con nuestra tienda on line www.pitupitu.es). Y nada de eso viene solo.

Los terceros no se bañan solos. Como sus hermanos mayores cuando fueron bebés, necesitan su agua templada, su masaje relajante y su crema hidratante, y eso también lleva un tiempo.

También tienen por costumbre comer, cuando son bebés cada tres horas, e incluso algunos de ellos muy glotones exigen su biberón o su teta cada menos tiempo.

Ya sabemos lo que viene después de comer, y no, tampoco los pañales se cambian solos. Ni aparecen en la cómoda como por arte de magia, hay que comprarlos. Al igual que las vacunas, las medicinas cuando se ponen enfermos y las cremas para el culete.

SÍ es cierto que los terceros hijos se crían de otra manera. ¡Si hubiera sabido con el primero todo lo que sé ahora, qué distinta habría sido la película!

El tercero lo estoy disfrutando mucho más, y eso que el tiempo que tengo para dedicarle solo a él es infinitamente más reducido. No sé si será la experiencia o el saber que será el último bebé pero es cierto que le estoy concediendo todos los caprichos del mundo: lo cojo siempre que quiero, lo duermo en brazos cuando me apetece, me lo como a achuchones…

Con el tercero sabes distinguir los llantos: el de hambre, el de sueño y el de “mamá cógeme un poquito en brazos que tengo ganas de fiesta“.

Con el tercero no te despiertas de madrugada preocupada por si respira la primera vez que el niño duerme cinco horas seguidas; aprovechas ese regalo del cielo y sigues durmiendo como si no hubiera un mañana.

Sabes reconocer la fiebre y no huyes despavorida al pediatra. Chute de apiretal y a observar cómo evoluciona.

Con mi Pequeño Pitu no tengo prisas por que crezca, ni por recuperar mi vida de antes de tener hijos. Sabes que crecen y que tu vida cotidiana vuelve.

La ansiedad y los miedos no desaparecen, pero tengo las armas para afrontarlas. No puedes dominar las hormonas, pero sabes detectarlas, respirar hondo y contar hasta diez.

Un tercer hijo no se cría solo, se cría diferente. Con más calma y estableciendo prioridades. Distingues entre lo urgente y lo importante. Disfrutas más cada momento.

(Imagen tomada de la web de fotografía de familia www.helenedouchet.com)

Trimaternidad real

“Donde comen dos comen tres” o “El tercero se cría solo” han sido algunas de las frases más escuchadas durante el embarazo del Pequeño Pitu con la intención de todo aquel que las pronunciaba de transmitir un mensaje de optimismo hacia lo que me esperaba.

De hecho, así fue durante unos días, 21 días exactamente, lo que duró la baja paternal del Pitu Padre. Durante esos días todo fue sobre ruedas: el buen esposo despertaba a los niños, los vestía, daba desayunos, llevaba al colegio… y hasta me subía el pan recién hecho para que yo despertara como una reina.

Pero tras la luna de miel llegó su reincorporación al trabajo y mi chocazo con la vida real. Intenté entonces echar mano del refranero popular con algo parecido a “madre de tres puede con todo” pero no hubo manera de encontrar nada parecido, porque no existe ¡es imposible!

Los desayunos, uniformes, mochilas, llegar puntual al cole y hacer el milagro de que no coincidiera con ninguna toma del pequeño se convirtieron en un ejercicio de funambulismo (y eso que pongo el despertador a las 7 de la mañana para llegar a las 9 al colegio que está a 50 metros).

Además el Pitupadre comenzó a retomar sus viajes de trabajo y a pasar dos y tres noches fuera de casa, llegaron los virus y el temporal de lluvia y frío para ponerlo todo un poquito más difícil.

Mi #trimaternidad real es que el mayor (5 años) esté en la ducha mientras el mediano (3 años) me pide que le limpie el culo y el pequeño está enganchado a la teta.

#Trimaternidad real es mandar al mayor a un cumpleaños con mi vecina para poder estar un par de horas dedicada al mediano los ratos que el pequeño no está tomando el pecho.

#Trimaternidad real es tener a un niño malo cada día de la semana ya que las probabilidades de contraer virus se multiplican por tres.

Y que conste que no puedo quejarme de mi pequeño Pitu, que es un pepón buenísimo que solo come y duerme (eso sí, come cada tres horas sin perdonar una toma). Ni imaginarme quiero cómo sería esto con un niño un poquito más movido…

Así que para hacer frente a esta trimaternidad real, en casa hemos puesto en práctica algunos principios:

– en esta casa se come, pero no sabemos cuándo, sobre todo los adultos. De disfrutar de la comida caliente mejor ni hablamos…

– la plancha es un lujo asiático reservado para ocasiones especiales, domingos y fiestas de guardar

pedimos ayuda: a amigos, vecinas, familia, otras mamás del cole… ¡¡Qué haríamos sin la tribu!!

– una vez a la semana me voy a casa de la PituAbuela a que me mime, me ponga la comida por delante y me cuide a los niños durante una hora para echarme la siesta

– las lavadoras, lavavajillas, camas por hacer y demás tareas domésticas siempre pueden esperar si tengo a mi Pequeño Pitu en brazos. ¡Crecen demasiado rápido para perder el tiempo en esas cosas!

La trimaternidad algo bueno tiene: me ha enseñado a priorizar.

Os seguiré contando…

La foto es de Natasha Kelly ¡ni tiempo me da para abrir la cámara del móvil! Aunque el panorama a veces es de lo más parecido…

¿A qué huelen los bebés?

Hay pocas cosas más evocadoras que los olores. Son atajos de la memoria capaces de transportarnos a otras épocas, remover sentimientos, recuperar recuerdos.

Eso es precisamente lo que he sentido con el nacimiento de mi tercer bebé.

Desde que entré por la puerta de la maternidad recuperé olores que creía perdidos: el del desinfectante de las habitaciones de hospital, el de las cremas de verduras y caldos que saben todos igual, el del alcohol y el esterilizante del paritorio.

Pero hay un olor que te desmonta por completo: el olor de un bebé. Desde que abracé por primera vez a mi pequeño Pitu me embriagó un perfume ya conocido, recuperado: el de la piel con piel, el de la carne frágil, el que te invita a besar a esa criatura que acaba de llegar a tu mundo para sacudirlo todo.

Los bebés tienen un olor especial, único. Les dura muy poco, al menos los míos lo perdieron a los pocos meses, enmascarado con cremas, colonias y pañales en los que dejan su huella los nuevos alimentos introducidos en su dieta (cereales, frutas, verduras…).

Es un olor visceral, primitivo. También lleva algo mío: de mi pecho, de mi alimento. Yo misma a veces me descubro oliendo a él.

No es nada poético. Tiene lo agrio de la leche que regurgita y lo pestilente de las primeras cacas inconsistentes.

Pero cuando apartas todo eso, y sacas a tu bebé de una bañera con agua y un poco de jabón, solo queda un aroma, único e inconfundible: el de la vida. Y ese perfume se queda grabado en tu memoria para el resto de los días.

Si habéis tenido recién nacidos cerca sabréis reconocer el olor del que os hablo…

El embarazo cuando hay hermanos mayores en casa

Por las mañanas, antes de que suene el despertador, el Pitu Mayor se mete en mi cama. Me pide que le abrace y le ponga mi barriga en su espalda para sentir a su nuevo hermano. Si no da ninguna patada, me acaricia la tripa y le habla al ombligo.

Cuando suena el despertador aparece el Pitu Mediano y se echa sobre la barriga. “¿Cuántas patadas te ha dado esta noche Manuel?, me pregunta. “Muchas, mi vida, ¡este niño va a estar castigado nada más que salga!”, le contesto, y él se va tan contento.

Éste es solo el comienzo de nuestro día a día marcado por la llegada del nuevo hermanito. Si cada embarazo es distinto, cuando además hay niños mayores (de 3 y 5 años en nuestro caso) la experiencia se convierte en toda una aventura.

Hemos pasado distintas etapas: desde la negación (“no quiero un hermano ni para jugar al fútbol“), pasando por la aceptación progresiva (“Este pantalón que ya me está chico se lo vamos a dar a Manuel“) hasta la duda constante (“¿Y cómo come? ¿Y cuándo sale? ¿Y el bebé tiene mocos dentro de la barriga?”).

Yo soy muy supersticiosa y no me gusta montar muebles ni vestir carro hasta que el alumbramiento está muy cerca, pero esta vez llevamos un mes con la minicuna instalada en el cuarto porque el Mayor quería ser él quien le construyera el moisés a su hermano. Sus profesoras están al tanto de mis visitas a la ginecóloga y de los meses que vamos sumando. Incluso hubo familiares y amigos que se enteraron de la buena nueva por ellos antes que por el padre o por mí.

Están nerviosos, expectantes, preocupados por cuándo será el momento en que nazca el bebé. Sobre todo el Mayor. Como la fecha posible de parto está muy cercana a la Navidad, toda su obsesión es si podrá cantar los villancicos de la fiesta del cole, si lo llevaré al Belén Viviente donde se disfraza de Rey Gaspar y si podrá jugar el torneo de su equipo de fútbol sala. ¡Y con quién vamos a cenar en Nochebuena y celebrar el Día de Navidad! Eso quiero saber yo también… ¡dónde me voy a comer los mantecados este año!

Saben que cuando mamá y papá se vayan al hospital ellos tendrán preparada su maleta para irse a casa de los abuelos y los titos ¡y celebran el momento porque seguro que les dan de cenar pizza!

Pero más allá de la logística de los primeros días, me da miedo cómo será el choque de realidad. El Mayor sabe lo que es tener un hermano y tener que compartir juguetes, espacio y padres, pero al pobre mío lo van a destronar por segunda vez en menos de cinco años.

El Mediano no tiene muy claro qué es eso de los bebés. Él piensa que será similar a su prima de un año con la que puede jugar un rato  y a la hora se va a casa. ¡Ay cuándo lo vea todo el día enganchado a la teta de su madre!

Entre tanto, pasamos los días felices entre besos a la barriga, comprando chupetes para el nuevo hermano y ayudando a mamá que ya no puede ni quitarse las botas sola. Ya veremos cuando el nuevo miembro de la familia esté entre nosotros…

Una cosa tengo clara: si habrá voces que el nuevo Pitu reconozca cuando nazca ¡serán las de sus dos hermanos!

Foto tomada de la web www.thedatingdivas.com

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