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El tercero NO se cría solo

El tercero se cría solo es la frase más recurrente que he escuchado desde que me quedé embarazada del Pitu Pequeño. Hombre, solo solo no, ¡que mis ojeras y mis horas de sueño me está costando!

No son gratis los pañales, ni las leches de fórmula, ni la ropa con la que se viste, que aunque tenga mucho heredado de los hermanos, las prendas también se gastan (siempre que tengas la suerte que te nazcan en la misma temporada, que si no es como empezar de cero). También gusta que los nuevos retoños estrenen conjuntos, peleles y hasta ropa interior (y eso que nosotros tenemos la suerte de contar con nuestra tienda on line www.pitupitu.es). Y nada de eso viene solo.

Los terceros no se bañan solos. Como sus hermanos mayores cuando fueron bebés, necesitan su agua templada, su masaje relajante y su crema hidratante, y eso también lleva un tiempo.

También tienen por costumbre comer, cuando son bebés cada tres horas, e incluso algunos de ellos muy glotones exigen su biberón o su teta cada menos tiempo.

Ya sabemos lo que viene después de comer, y no, tampoco los pañales se cambian solos. Ni aparecen en la cómoda como por arte de magia, hay que comprarlos. Al igual que las vacunas, las medicinas cuando se ponen enfermos y las cremas para el culete.

SÍ es cierto que los terceros hijos se crían de otra manera. ¡Si hubiera sabido con el primero todo lo que sé ahora, qué distinta habría sido la película!

El tercero lo estoy disfrutando mucho más, y eso que el tiempo que tengo para dedicarle solo a él es infinitamente más reducido. No sé si será la experiencia o el saber que será el último bebé pero es cierto que le estoy concediendo todos los caprichos del mundo: lo cojo siempre que quiero, lo duermo en brazos cuando me apetece, me lo como a achuchones…

Con el tercero sabes distinguir los llantos: el de hambre, el de sueño y el de “mamá cógeme un poquito en brazos que tengo ganas de fiesta“.

Con el tercero no te despiertas de madrugada preocupada por si respira la primera vez que el niño duerme cinco horas seguidas; aprovechas ese regalo del cielo y sigues durmiendo como si no hubiera un mañana.

Sabes reconocer la fiebre y no huyes despavorida al pediatra. Chute de apiretal y a observar cómo evoluciona.

Con mi Pequeño Pitu no tengo prisas por que crezca, ni por recuperar mi vida de antes de tener hijos. Sabes que crecen y que tu vida cotidiana vuelve.

La ansiedad y los miedos no desaparecen, pero tengo las armas para afrontarlas. No puedes dominar las hormonas, pero sabes detectarlas, respirar hondo y contar hasta diez.

Un tercer hijo no se cría solo, se cría diferente. Con más calma y estableciendo prioridades. Distingues entre lo urgente y lo importante. Disfrutas más cada momento.

(Imagen tomada de la web de fotografía de familia www.helenedouchet.com)

¡Es ‘otro’ niño!

¡¡Es un ‘otro’ NIÑO!!

La ecografía ha dicho que esperamos otro varón, el tercero. Y estamos felices de ello. Siempre dije que quería otro hijo y que me gustaría que fuera niño, aunque nadie me tomara en serio. De hecho hay quien casi casi me ha dado el pésame por quedarme sin la niña.

No sé si es por práctica –¡lo que voy a aprovechar la ropa!–, por rutina –estoy acostumbrada a sus juegos: dinosaurios, balones, coches…–, porque sé que los tres van a estar muy acompañados o porque es algo que escapa al control humano –¡que venga lo que Dios quiera!– pero siempre me ha gustado la idea de tener hijos varones.

Hay dos razones por las que me hubiera gustado tener una niña: por saber cómo es educar en otro género –si es que existen diferencias– y ¡por esos pasillos de ropa, lazos y todo tipo de complementos que jamás encontraré en las colecciones de niños!

Con tres hijos no quiero ni imaginarme cómo olerá ese cuarto dentro de quince años en una combinación fatal de pies, sudor y hormonas adolescentes. Lo de tener solo nueras (jejejeje) tampoco me resulta muy alentador (aunque quién sabe…). Pero soy de las que cree que los niños adoran a sus mamás y ¡seguiré siendo la reina de mi casa!

Ahora en serio: niño o niña me da igual. Lo importante es que venga bien. ¡Cómo entiendo llegado este momento esa frase que repiten sin cesar madres y abuelas! Cuando tienes un hijo has hecho más de una visita a las urgencias de un hospital, eres consciente de las enfermedades y problemas que se pueden presentar y lo único que pides a Dios es que tu bebé esté sano y crezca fuerte. Los lazos para las muñecas.

Sola en casa

22:00 pm. Sola en casa. Ni marido ni niños. Creo que es la primera vez que me encuentro así.

Es verdad que he pasado noches sin mis hijos cuando nos hemos ido de escapada el Pitu Padre y yo o cuando hemos salido de boda-feria-relío con los amigos y ellos se han quedado a dormir en casa de los abuelos. Pero es la primera vez que me encuentro YO , SOLA, en MI casa.

El motivo no es otro que el Pitu Padre está de viaje de trabajo en la otra punta de la península y yo mañana entro a trabajar tan temprano que no están abiertas ni las aulas matinales de guardería y colegio. ¿¿¿¿Concilia…qué???? Así que nuevamente he tenido que tirar de los benditos abuelos para que nos salvaran la papeleta y se quedaran con los pitus desde la noche antes.

Entro en casa y la siento extraña. No es normal este silencio, ni mucho menos este orden. Sin coches por el suelo ni tropezar con el patinete. Ceno y me entran ganas de poner música y prepararme un Barceló Cola pero en su lugar me doy cuenta que he encendido la luz del pasillo, ésa que nunca se apaga por la noche para evitar las pesadillas del Pitu Pequeño.

He cogido el Ipad con intención de recuperar esos capítulos atrasados de The Good Wife y en su lugar me he entretenido con el whatsapp preguntándole a los abuelos si los pitus se habían dormido ya. ¡Pero qué desastre! ¿En qué me he convertido? ¡Con la de veces que a lo largo del día deseo tener cinco minutos a solas!

Así que visto lo visto he decidido hacer lo único que seguro voy a conseguir esta noche: DORMIR nueve horas seguidas sin interrupción.

 

¿Cuándo ha aprendido mi hijo pequeño a contar en inglés?

Los padres solemos repetir ese mantra de que no entendemos cómo los hermanos pueden ser tan distintos entre ellos si los hemos criado igual. La respuesta al enigma tal vez esté en un error en la pregunta: ¿realmente los criamos igual?

Puede que los que tenemos más de un hijo intentemos inculcarles los mismos valores, apostar por un modelo de crianza e incluso premiar y castigar determinadas conductas, pero ¿realmente los educamos de igual modo?

Yo creo que, aunque lo intentemos, el resultado no siempre es el mismo y no sólo por el componente emocional que aporta cada niño, sino porque ni el tiempo ni la experiencia de los padres son iguales cuando tienes dos hijos (ya me contaréis los que tenéis familia numerosa).

Esta reflexión viene a cuento de una anécdota que nos ocurrió hace unos días. Estábamos toda la familia en casa un domingo cuando en unos dibujos animados de la tele un personaje (no recuerdo cuál) dijo ‘one‘. Cuál fue nuestra cara de sorpresa cuando el Pitu Pequeño siguió la secuencia en el mismo idioma: “two-three-four-five“.

El padre y yo nos miramos asombrados a la par que nos hicimos la misma pregunta: “¿cuándo ha aprendido este niño a contar en inglés?“.

Lo primero que me invadió es nuestro viejo conocido sentimiento de culpa. “¡Seré malamadre que no tenía ni idea de que mi niño sabía los números en inglés!”. Después, para ahondar más en la herida, recordé cómo celebraba los “rosa-pink” y “amarillo-yellow” del Pitu Mayor cuando tenía la misma edad y hacía sus primeros progresos en la guarde.

Claro que entonces tenía toda la concentración maternal enfocada en un solo hijo y ahora el tiempo se divide entre dos; el tiempo, la paciencia y hasta las ganas de regañar que hacen que más de una vez al día mire para otro lado y dé por buenos aquellos principios inamovibles de antes de ser madre (“no se irán a la cama sin lavarse los dientes”, “no comerán chuches entre semana”, “no más de media hora de tele al día” y un larguísimo etcétera).

Desdramatizando he llegado a la conclusión de que ni era tan sorprendente la combinación azul-blue del Mayor ni me atormentaré por eso de la crianza igualitaria para los dos hermanos. No puede ser posible que la educación del primero sea igual que la del segundo porque nosotros tampoco somos los mismos ahora que hace tres años. Y si no, ¡compara las fotos de tu móvil del primero y del segundo hijo!

10 cosas que compartirás si eres madre o padre de niños

Por mucho que procuremos una crianza en igualdad, sin roles ni estereotipos, es cierto que hay juegos, conductas o aficiones que los niños repiten según su sexo. No sé el motivo: si es la sociedad, los dibujos que ven en la tele o pequeños detalles que de manera inconsciente les transmitimos, pero aquí va un decálogo de gustos y costumbres de mis dos pitus que puede que tú también reconozcas si eres madre o padre de un niño.

  1. Convertirán tu salón en un campo de fútbol. Da igual cuántas veces les digas que en casa no se juega a la pelota, mejor guarda los jarrones y cuadros a los que tengas cariño.
  2. De mayor quieren ser paleontólogos, astronautas o futbolistas.
  3. El Pitu mayor es incapaz de devolver un empujón o pegarle a otro niño, salvo que osen tocarle un pelo a su hermano pequeño
  4. Tienen obsesión por los dinosaurios y los superhéroes
  5. Se troncharán de la risa con cualquier frase que contenga las palabras caca, culo, pedo o pis
  6. Podrás vestirlos como quieras siempre que en los pies lleven unos botines deportivos
  7. Su juego favorito es luchar, el segundo pelear y el tercero echar un combate
  8. Los míos no han acabado de almorzar cuando están preguntando qué van a cenar
  9. Son nobles, cariñosos y sin dobleces. Te dan un beso de corazón, sin buscar nada a cambio
  10. Responden sin titubear que la persona a la que más quieren en el mundo es su MAMÁ

¿Te suena todo esto? ¡’Pues comparte!

Las madres, las mejores trabajadoras

Estoy firmemente convencida: las madres trabajadoras trabajamos mejor.

No cuento con ningún estudio de ninguna prestigiosa universidad extranjera que lo confirme pero lo constato con el día a día que veo a mi alrededor.

En contra de lo que muchos puedan pensar, empezando por esa abanderada de los derechos de la mujer que es Monica Oriol, ex presidenta del Círculo de Empresarios, las mujeres trabajadoras rinden mucho más en su puesto de trabajo después de ser madres.

Muchos me diréis que es imposible: que estamos más cansadas, que no dormimos por la noche y por tanto no rendimos por la mañana, que vivimos pendientes del WhatsApp, la llamada de la guardería o la paloma mensajera de la abuela… pero nada de eso se corresponde con el día a día de una mamá trabajadora.

Y digo mamá porque aún son muchos los empresarios que sobrentienden que solo las mujeres pasan las noches en vela, acuden a citas con el pediatra y piden horas libres para las tutorías de sus hijos, como si los hombres fueran convidados de piedra en esto de la crianza. ¿O a cuántos hombres de entre 25 y 45 años se les juzga a la hora de contratar o ascender por su paternidad?

Al menos para mí, la jornada laboral de ocho horas se presenta como un oasis celestial en el que no hay pañales, mudas, mochilas, desayunos saludables, aula matinal, un niño colocado, rutas escolares, camas sin hacer, justificante olvidado, ¡oh Dios, manchurrón de Cola-Cao en la sudadera!, otra mochila, segundo niño colocado, tupper descongelado para el mediodía, atasco de hora punta… hasta que llego a mi querido centro de trabajo.

Cuando entro por la puerta de la oficina a las 8.30 de la mañana se presenta ante mí un horizonte ordenado en el que tengo ocho horas para … TRABAJAR!!! Única y exclusivamente! Con tareas programadas, objetivos alcanzables y proyectos que desarrollar. Sentarme delante de mi ordenador y producir, escribir, redactar informes, contestar llamadas, asistir a reuniones… ¡Una bendición, vamos!

No contesto mensajes del grupo de WhatsApp de la guardería; tengo la excusa perfecta: estoy trabajando.
No hablo de mocos, virus, colecho ni apego; estoy trabajando.
No pienso en las extraescolares, la merienda, los deberes, el no quiero ducharme, no quiero recoger los juguetes, no quiero dormirme… que me espera cuando llegue a casa.
Solo trabajo.

No hago nada de esto porque tengo unos objetivos que cumplir en un plazo establecido. Soy más eficaz y resolutiva porque no puedo permitirme el lujo de salir una hora tarde del trabajo porque éste no esté acabado sin que ello conlleve otra hora más de aula vespertina o movilizar a los abuelos y en ocasiones hasta a la buena vecina.

Busco nuevas fórmulas, soy más ingeniosa, porque me encanta desarrollar esa capacidad creativa que tengo atorada de tanto Bob Esponja a todas horas del día en la tele.

Soy más responsable, más disciplinada; entre otras cosas, porque no puedo dejar de ingresar una nómina que llena el frigorífico tres veces por semana.

Y no es cosa mía, de verdad. Lo observo en el resto de compañeros -hombres y mujeres– que tienen hijos, aunque la losa de la conciliación acabe cayendo la mayoría de las veces sobre las segundas.

Mucho se ha hablado con motivo del Día de la Mujer de las diferencias salariales entre géneros, la precariedad en el empleo femenino y el porcentaje en los puestos directivos. Pero poco se escucha de la desconfianza que las mujeres en edad fértil siguen generando en los empresarios a la hora de contratar y ascender, una desconfianza a mi juicio totalmente injustificada.

Porque estoy firmemente convencida que las madres somos mejores trabajadoras.

Porque todos los días son 8 de marzo.

8 de marzo

8 de marzo

Aunque seas el segundo…

Aunque seas el segundo, para mí eres lo primero.

Así que no te enfades cuando de mayor descubras que no tenemos ni la mitad de la mitad de las fotos que hicimos a tu hermano, que las camisetas que tanto te gustaban siempre eran heredadas o que tus babis y baberos estaban bordados con el nombre del ‘mayor’.

Porque aunque seas el segundo para mí siempre fuiste lo primero.

A ti siempre te di más besos y achuchones porque sabía lo pronto que crecerías.
A ti te dejé dormir en mis brazos y meterte en mi cama y saltarme las mil reglas que tenía aprendidas del manual de cómo educar a un hijo (al primer hijo).
Para ti buscaba nuevos juegos, inventaba mejores cuentos, cantaba canciones más divertidas.

Como eras el segundo, para mí siempre fuiste el primero.

No por sabido dejé de celebrar tus primeras papillas, tus primeros pasos, tus primeras palabras, tus primeros besos.
Porque contigo nunca tuve prisas ni comparaciones ni ansias porque llegara tal o cual momento. Sabía que llegarían, solo esperé y disfrute la espera.

Con el segundo hijo el tiempo se divide, pero el amor se multiplica.

Dicen que no se quiere a nadie como a un hijo; se quedan cortos. No se quiere a nadie como a DOS hijos.

Alvaro

Para Álvaro, que hoy cumple DOS años.

Reyes Magos

¡Que los Reyes Magos te están mirando!

¿Quién sería ese protopadre que un día creó la más poderosa arma de convicción para niños de entre 2 y 10 años?

¿Cuánto ingenio cabe en tan sencilla fórmula capaz de amansar fieras, rebañar platos de coliflores y recoger montañas y montañas de juguetes con una sola frase?

Sabéis ya a cuál me refiero, ¿verdad?

¡¡Que los Reyes Magos te están mirando!!

No hay amenaza ni castigo ni premio más poderoso que tan simple frase. Le pondría un monumento a esa primera madre que un día tuvo la feliz ocurrencia de deslizar a su hijo la sutil invitación de que sus Majestades de Oriente estaban tomando buena nota de todos y cada uno de sus movimientos a través de un agujerito.

¿Que no quieren comerse las espinacas? “Uyyy, por esa ventana te están mirando los Reyes Magos“.

¿Que lloran como berracos por ese juguete que los dos quieren a la vez? “No pasa nada: mamá llama a Melchor y lo solucionamos en un periquete“.

¿Que somos desobedientes? “Dos ruedines menos para la bicicleta, ahora mismo se lo digo a Baltasar“. Porque de todos es sabido que mamá tiene línea directa con Oriente por escrito, vía telefónica, telepatía y hasta paloma mensajera.

¿Que no se quieren bañar, lavar los dientes, subir del parque, ir a la cama…?

Para, para, que el rollo nos tiene que durar aún un par de meses.