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Adiós a la lactancia… el destete del Pequeño Pitu

El Pequeño Pitu acaba de cumplir su primer año y llegan cambios a su vida (y a la nuestra). El primero ha sido poner fin a la lactancia materna; llegó la hora del destete.

No ha sido tarea fácil, y no por él, más bien por mí. Durante los últimos meses era frecuente la pregunta: “¿Cuándo le vas a quitar el pecho?”. A lo que yo siempre respondía: “cuando llegue el momento“.

Destetar a un bebé es muy personal, obedece a miles de razones y circunstancias, ni siquiera es igual de un hijo a otro. Al Pitu Mayor le retiré el pecho con ocho meses cuando los turnos de trabajo hicieron imposible mantener una lactancia que se empezaba a convertir en una carga más que un disfrute; con el Mediano tuve que dejarlo cuando cumplió ocho meses porque me tenía literalmente embebida, nunca he estado tan delgada como entonces y comencé a sentirme mal físicamente.

Con el Pequeño Pitu había conseguido controlar la pérdida de peso y sobrellevaba el cansancio. Había días en que madrugábamos muchísimo -él y yo- para darle el pecho antes de dejarlo en la guardería e irme a trabajar, pero el cansancio merecía la pena. Conseguimos pasar la primera dentición con el consuelo de la teta y, quitando algunos mocos, hemos mantenido los virus a raya durante los primeros meses de guarde. Como estoy convencida de que la leche materna algo mucho influye en todo esto, el momento del destete se retrasaba una semana tras otra.

Si buscas encuentras miles de razones para mantener -y para retirar- la lactancia, aunque el verdadero motivo por el que me resistía a dejar de acercarlo a mi pecho es que sabía que éste es el último bebé al que voy a amamantar. El día a día de una familia numerosa tiene momentos de auténtica locura, sobre todo al finalizar la jornada cuando llega la hora de baños, cenas, cepillado de dientes, cuento y a la cama. Pero en el ojo de ese huracán, tomar a mi bebé en brazos y encerrarnos los dos en el cuarto para su última toma era un oasis de paz y tranquilidad. Era nuestro momento. Sentirnos piel con piel, mirarnos, relajarse… abrazarle y quererlo solo para mí. Desterrar de mi cabeza todas las prisas, los agobios, el estrés del día… y reencontrarme con lo verdaderamente importante.

Fue entonces cuando sentí que “era el momento“. Amarrarlo a mi pecho no iba a hacer que mi Pequeño Pitu fuera un bebé para siempre. Había llegado el momento de soltar lastre, de pasar etapa.

E intentamos retirar la teta. El Pequeño Pitu se comía la papilla de cereales, se tomaba el biberón y se quedaba tranquilo, incluso dormido algunas veces. Pero cuando me veía llegar a casa –¡había veces que sólo con olerme!– ahí despertaba la fiera y exigía lo suyo. Así que pusimos distancia de por medio y un día que teníamos una cena de Navidad, lo dejamos a dormir con la abuela. ¡Y funcionó! Primera noche a base de bibi. Superado el primer paso solo había que continuar pedaleando y las primeras noches fue el padre quien se encargaba de darle la cena y dormirlo.

He flaqueado y estado a punto de echarme atrás y mantener la lactancia, sobre todo el día en que tras 24 horas sin mamar recurrí al sacaleches para aliviarme y comprobé ese oro líquido que se iba por el desagüe. ¡Qué carga de conciencia! Pero él lo ha asimilado súper bien, ha sido un proceso muy natural… definitivamente era el momento. No había vuelta atrás. Etapa –feliz y disfrutadamente– superada.

Nuevo propósito: echar a andar.