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Lo que de verdad importa

En ocasiones andamos tan ocupados con nuestros ‘problemas‘ cotidianos  (el estrés del trabajo, la organización de la casa, los deberes de los niños, nuestras necesidades personales…) que perdemos la perspectiva de los problemas reales.

El pasado viernes contaba los minutos que faltaban para las tres de la tarde mientras repasaba mentalmente la maleta que estaba ultimando para irme con mis amigas de fin de semana ¡¡¡el primero desde que nació el Pequeño Pitu!!! y que venía a compensar todas esas lamentaciones de falta de espacio y tiempo para una misma.

Sonó el teléfono y al otro lado de la línea una profesora de la guarde me decía que el Pequeño Pitu estaba malito. Mi primer pensamiento de malamadre fue: ¡adiós al fin de semana! “Ya salgo para recogerlo”, le dije mientras que buscaba el bote de apiretal de emergencia que llevo siempre en el bolso. “No, se lo han llevado directamente al médico. Está convulsionando y lo han trasladado al centro de salud”.

Entonces todo se paralizó. No recuerdo cómo salí del trabajo, sí que me metí en  contramano por una avenida de tres carriles e hice un giro de 180 grados por el que me hubieran quitado todos los puntos del carné. No veía y casi no pensaba. Tenía miedo y sentía que me ahogaba. Solo quería llegar y ver a mi bebé. Sabía que estaba en buenas manos, pero sufría porque se supone que en un momento así debía ser yo la que estuviera con él. Ahora pienso que no sé si hubiera sabido cómo actuar en caso de que le hubiera dado la crisis estando en casa conmigo.

Llegué al centro de salud –acompañada por otra profesora de la guarde, qué bien se portaron todas- y tocaba aguantar el tipo. Allí estaban los dos hermanos mayores a los que ya había recogido el padre y no podíamos permitirnos perder los nervios y asustarlos aún más. Mi pobre bebé estaba tranquilo pero desnortado, medio en cueros tras ponerle un supositorio para bajarle la fiebre y sudoroso por el subidón de temperatura; me vio pero casi no me reconoció.

De allí para el hospital y comenzó el rosario de pruebas. Afortunadamente, no le repitió la convulsión aunque nos quedamos ingresados 24 horas para observar el desarrollo del bebé.

Es en esa sala de espera y en la posterior habitación de la planta sexta del Hospital Macarena (a cuyos profesionales estamos enormemente agradecidos por lo bien que nos trataron) donde las prioridades se reordenan y tomas conciencia de lo que de verdad importa. Asustada con mi niño en brazos esperando a que anunciaran su nombre por megafonía para pasar a consulta es cuando tus oraciones toman un único camino y solo importa una cosa: la salud de mi bebé.

En esa sala reconoces tu propio miedo en los ojos de los otros padres que allí esperan.

Conoces la angustia y el dolor físico, un dolor que no te importaría se multiplicara por mil en tu cuerpo si con ello libraras a tu niño de lo que allí le trae.

Ves a otros niños que llevan semanas entre aquellas paredes y de manera muy egoísta das gracias por la suerte que tienes.

Porque hasta que no se conoce la enfermedad en un hijo, en TU HIJO, no valoramos lo que tenemos, lo que de verdad importa.

El Pequeño Pitu salió de alta a las veinticuatro horas tras descubrir que todo venía por una otitis. Tras una semana de antibióticos se encuentra estupendamente. No sabemos si volverá a repetirse, no tiene porqué. Nosotros salimos por la puerta del hospital con el susto en el cuerpo y una oración de agradecimiento, porque a veces hay que verle los ojos a la enfermedad para (re)descubrir qué es lo verdaderamente importante en esta vida: tener a mis Pitus sanos y felices.