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El Pitu Mediano, el síndrome del ‘hijo sandwich’

Mi Pitu de casi cinco años es morenito, muy guapo, aplicado en clase, cariñoso, juega bien al fútbol y tiene un carácter reservado y tímido. Además, es el mediano entre sus hermanos, y ese pequeño detalle marca todas y cada una de las aristas de su personalidad. Sufre -sufrimos- el síndrome del hijo sandwich.

Mi Pitu mediano es el que más ha notado la llegada de su nuevo hermano, al que por cierto adora, sobre todo por la posición en la que ha quedado. Ha pasado de ser el pequeño y mimado de mamá a colocarse en un terreno intermedio con un papel indefinido: es muy grande para determinadas cosas de bebé pero no lo suficiente como para hacer todo lo que se le permite al hermano mayor.

Cuenta además con un hermano mayor que no se lo pone nada fácil. Mi rubio tiene una personalidad arrolladora, es extrovertido, muy líder y sobresaliente en clase. Así que menudo techo de cristal le ha tocado al mediano!!!

Mi Pitu Mediano busca continuamente llamar la atención. Intentamos que lo haga gracias a su buen comportamiento alabando sus logros y éxitos, pero claro, es más rápido y divertido portarse mal. Con él agotamos todos los registros de pautas de comportamiento: razonar con él, hablarle de forma pausada, mostrarnos empáticos, pasar a la fase seria, ponernos firmes, no ceder a chantajes, ceder un poquito, amenazar con posibles repercusiones… hasta acabar rojos, echar humo y perder la paciencia por algo tan tonto como que se acabe la leche o coja la mochila que llegamos tarde al colegio.

Este pulso continuo no creáis que es parejo entre el padre y yo, a quien más castiga —con diferencia– es a mí. Sabe perfectamente quien es el objeto de su frustración (mi atención, no sus hermanos) y tira de la cuerda para ponerme al límite una y otra vez. Eso sí, a los cinco minutos vuelve con su sonrisa espléndida y me dice cuánto me quiere como si no hubiera pasado nada. 🙄

Mi Pitu Mediano es con diferencia al que más cuidamos en el terreno emocional precisamente por este síndrome del hijo sandwich que le ha tocado en suerte vivir. Continuamente le recuerdo cuánto le quiero, que es mi niño favorito (¡esto se lo digo a todos cuando no están los otros presentes, jijijiji¡). Intentamos buscar actividades exclusivas para él, en las que comparta tiempo con su padre o su madre de manera única, sin sus hermanos, para que se sienta especial. ¡Entonces está rey! Pero le dura lo que tardamos en volver a casa y recuperar su posición de hijo de enmedio.

Me descoloca cuando hablo con sus profesoras: en clase es súper obediente, respeta todas las reglas, apenas han tenido que reñirle, es colaborador… ¡Perdona! ¿¿¿Estamos hablando del mismo niño???

Entiendo que no es fácil ser el hijo de enmedio, pero tampoco lo es para sus padres. Tendremos que seguir esforzándonos para hacerlo lo mejor posible.

Adiós a la lactancia… el destete del Pequeño Pitu

El Pequeño Pitu acaba de cumplir su primer año y llegan cambios a su vida (y a la nuestra). El primero ha sido poner fin a la lactancia materna; llegó la hora del destete.

No ha sido tarea fácil, y no por él, más bien por mí. Durante los últimos meses era frecuente la pregunta: “¿Cuándo le vas a quitar el pecho?”. A lo que yo siempre respondía: “cuando llegue el momento“.

Destetar a un bebé es muy personal, obedece a miles de razones y circunstancias, ni siquiera es igual de un hijo a otro. Al Pitu Mayor le retiré el pecho con ocho meses cuando los turnos de trabajo hicieron imposible mantener una lactancia que se empezaba a convertir en una carga más que un disfrute; con el Mediano tuve que dejarlo cuando cumplió ocho meses porque me tenía literalmente embebida, nunca he estado tan delgada como entonces y comencé a sentirme mal físicamente.

Con el Pequeño Pitu había conseguido controlar la pérdida de peso y sobrellevaba el cansancio. Había días en que madrugábamos muchísimo -él y yo- para darle el pecho antes de dejarlo en la guardería e irme a trabajar, pero el cansancio merecía la pena. Conseguimos pasar la primera dentición con el consuelo de la teta y, quitando algunos mocos, hemos mantenido los virus a raya durante los primeros meses de guarde. Como estoy convencida de que la leche materna algo mucho influye en todo esto, el momento del destete se retrasaba una semana tras otra.

Si buscas encuentras miles de razones para mantener -y para retirar- la lactancia, aunque el verdadero motivo por el que me resistía a dejar de acercarlo a mi pecho es que sabía que éste es el último bebé al que voy a amamantar. El día a día de una familia numerosa tiene momentos de auténtica locura, sobre todo al finalizar la jornada cuando llega la hora de baños, cenas, cepillado de dientes, cuento y a la cama. Pero en el ojo de ese huracán, tomar a mi bebé en brazos y encerrarnos los dos en el cuarto para su última toma era un oasis de paz y tranquilidad. Era nuestro momento. Sentirnos piel con piel, mirarnos, relajarse… abrazarle y quererlo solo para mí. Desterrar de mi cabeza todas las prisas, los agobios, el estrés del día… y reencontrarme con lo verdaderamente importante.

Fue entonces cuando sentí que “era el momento“. Amarrarlo a mi pecho no iba a hacer que mi Pequeño Pitu fuera un bebé para siempre. Había llegado el momento de soltar lastre, de pasar etapa.

E intentamos retirar la teta. El Pequeño Pitu se comía la papilla de cereales, se tomaba el biberón y se quedaba tranquilo, incluso dormido algunas veces. Pero cuando me veía llegar a casa –¡había veces que sólo con olerme!– ahí despertaba la fiera y exigía lo suyo. Así que pusimos distancia de por medio y un día que teníamos una cena de Navidad, lo dejamos a dormir con la abuela. ¡Y funcionó! Primera noche a base de bibi. Superado el primer paso solo había que continuar pedaleando y las primeras noches fue el padre quien se encargaba de darle la cena y dormirlo.

He flaqueado y estado a punto de echarme atrás y mantener la lactancia, sobre todo el día en que tras 24 horas sin mamar recurrí al sacaleches para aliviarme y comprobé ese oro líquido que se iba por el desagüe. ¡Qué carga de conciencia! Pero él lo ha asimilado súper bien, ha sido un proceso muy natural… definitivamente era el momento. No había vuelta atrás. Etapa –feliz y disfrutadamente– superada.

Nuevo propósito: echar a andar.

 

 

 

 

 

Excedencia: cuando las prioridades cambian…

La semana pasada debía incorporarme a mi puesto de trabajo. Se acababan mis 16 semanas de baja maternal (más los quince días de lactancia) a la par que mi Pequeño Pitu cumplía sus primeros cuatro meses de vida.

Digo “debía incorporarme” porque por primera vez en mi experiencia como mamá de tres niños me he planteado tomarme una pequeña excedencia por guarda legal. Nunca hasta ahora me ha dado pena dejar a mis bebés al cuidado de los abuelos o en la guardería. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza dejar de trabajar para cuidar de mis hijos (me gusta mi trabajo y necesito salir de casa, ponerme rimmel y hablar con adultos sobre temas de adultos). Pero la trimaternidad obliga a tomar medidas excepcionales por el bien de la organización de la familia y mi bienestar físico y mental.

Que las medidas de conciliación laboral y familiar en nuestro país son insuficientes no es algo que vayamos a descubrir ahora. Pero a mí al menos cada vez se me hace más difícil ahora que somos familia numerosa.

Para empezar, tendría que haber dejado a mi pequeño Pitu en la guardería con tan solo cuatro meses, lo que implica matricularle una o dos semanas antes para comenzar su adaptación. ¡Y comenzar a tirar de abuelos a la semana siguiente con el primer virus que pillara en la guarde!

Volver al trabajo habría supuesto también acabar con la lactancia materna en exclusiva; ¿recordáis aquella recomendación de la Organización Mundial de la Salud sobre la lactancia durante los seis primeros meses de vida? Pues eso…

En poco más de un mes, me habría juntado con tres niños “que colocar” cuando los mayores acaben el colegio a mitad de junio y se acabe el colchón que supone aula matinal, clases, comedor y actividades extraescolares. Lo siento por lo de “colocar” pero no encuentro una expresión más acertada para describir la presión que nos supone adaptar la rutina de tres niños a la imprevisible jornada laboral de sus padres (viajes, turnos de mañana, tarde y fines de semana, eventos especiales…).

Si echas cuentas de lo que te vas a gastar en campus de verano, guardería y cuidadora te entran ganas de llorar.

Pero la más importante de las razones para solicitar la excedencia por guarda legal es que con mi tercer hijo estoy viviendo una verdadera revisión de prioridades: tengo claro que va a ser el último, que el tiempo que no pase con él no volveré a recuperarlo y que quiero disfrutar de él todo lo que pueda y más.

A todo esto ayuda que trabajo en una empresa que presta sus servicios a la Administración y me garantiza el cumplimiento de mis derechos laborales a la reincorporación.

Así que desde hoy y hasta el próximo 1 de septiembre me voy a dedicar a los besos y achuchones, a los partidos de fútbol, a las excursiones a la piscina. En septiembre volveremos todos al cole con fuerzas renovadas, iniciando nueva etapa. No voy a ingresar un euro, nos privaremos de algunas cosas, pero voy a ser la más rica del mundo. ¿Que no? ¿¡Cuánto vale esta felicidad!?

 

cc Foto de Adrian Dreßler