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La Feria no es para los niños

La Feria no es para los niños. ¡Ja! Eso es lo que yo decía antes de tener a los míos.

Veía a esas madres vestidas de flamenca con trajes de hace cuatro temporadas arrastrando un carro con el niño lleno de churretes y las manos empolvadas de albero mientras chuparreteaba un algodón que le manchaba la camisa… y solo pensaba: la Feria no es para los niños.

Escuchaba el megáfono del tío de la tómbola y la música cani de la noria y los bocinazos de los coches locos y salía despavorida de la Calle del Infierno reafirmándome en mi idea de que la Feria no es para los niños.

Me apostaba en la reja de la caseta con la compañía de mi catavinos y disfrutaba del paseo de caballos a veces entorpecido por el niño que salía corriendo delante del coche de caballos, el que pedía helados a gritos, el que berreaba por un globo de Spiderman o la pequeña flamenca que se tiraba al suelo cansada de tacones, flecos y flor en el pelo.

Paseo de caballos

Paseo de caballos

Me daban las claritas del día, tenía localizadas las casetas que cerraban las últimas y desayunaba buñuelos sin preocuparme por la hora a la que sonaría el despertador. Así pasaba yo mis ferias… hasta que tuve niños.

Y en años como éste se me planteaba la disyuntiva de quedarme con los niños en el parque o quedarme con los niños en la Feria. Y como una no es de las que se amilana allí que me planté con mis dos chiquillos vestidos de domingo, naúticos nuevos y calcetines largos a pisar el Real.

Compré globos, helados y algodones de azúcar, gasté un paquete de toallitas limpiando churretes y manos llenas de albero y mentí como una bellaca asegurándoles que la Calle del Infierno estaba cerrada y no abría hasta el día siguiente.

Niños en la caseta

Niños en la caseta

Pero también bailé sevillanas con mi mayor, y me quedé prendada de cómo el de 2 se sentó encima de un cajón y seguía el compás de la música. Llegué incluso a ver a mis amigos, los mismos compañeros de baile y rebujito, que también acudían al Real acompañados de pequeñas flamencas y niños en carros con tambores de la tómbola.

Y lo peor es que a los pequeños Pitus les ha gustado la feria, y ahora piden una y otra vez volver a la caseta. ¡Ya me lo temía yo, que estos niños lo llevan en los genes!

Sigo pensando que la Feria no es para los niños, pero como tantas otras cosas que nunca pensé que haría a lo largo de estos últimos años voy cambiando costumbres y tragándome palabras e incumpliendo promesas porque la realidad aprieta ¡y de qué manera!

Así que este año me conformo con escaparme una noche con el Pitupadre mientras los niños duermen plácidamente con sus abuelos. Porque, entre nosotros, la Feria no es para los niños.

Noche de Reyes

Llevamos días repitiendoles que esta noche había que acostarse pronto. No ha hecho falta insistir; han caído rendidos tras el subidón de la Cabalgata y los caramelos.

Antes hemos dejado los zapatos bajo el árbol, agua para los camellos y una copita y un mantecado para los Reyes.

Hemos bajado al trastero a por los paquetes, inflado globos, montado ruedines, colocado animales y más animales del Arca de Noe, envuelto regalos y repartido caramelos por todo el salón.

Hemos cruzado los dedos para que no se despertaran y asomaran sus cabezas tras la puerta por ese globo que se ha explotado y la música de la sirena del camión de Bomberos que se ha llevado una hora sonando.

¡Y ahora soy yo la que no se puede dormir ni ir temprano a la cama! Porque los Reyes Magos están a punto de llegar y estoy deseando ver el regalo -sus sonrisas- que me espera cuando me levante.

¡¡Felices Reyes a todos!!