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El Pitu Mediano, el síndrome del ‘hijo sandwich’

Mi Pitu de casi cinco años es morenito, muy guapo, aplicado en clase, cariñoso, juega bien al fútbol y tiene un carácter reservado y tímido. Además, es el mediano entre sus hermanos, y ese pequeño detalle marca todas y cada una de las aristas de su personalidad. Sufre -sufrimos- el síndrome del hijo sandwich.

Mi Pitu mediano es el que más ha notado la llegada de su nuevo hermano, al que por cierto adora, sobre todo por la posición en la que ha quedado. Ha pasado de ser el pequeño y mimado de mamá a colocarse en un terreno intermedio con un papel indefinido: es muy grande para determinadas cosas de bebé pero no lo suficiente como para hacer todo lo que se le permite al hermano mayor.

Cuenta además con un hermano mayor que no se lo pone nada fácil. Mi rubio tiene una personalidad arrolladora, es extrovertido, muy líder y sobresaliente en clase. Así que menudo techo de cristal le ha tocado al mediano!!!

Mi Pitu Mediano busca continuamente llamar la atención. Intentamos que lo haga gracias a su buen comportamiento alabando sus logros y éxitos, pero claro, es más rápido y divertido portarse mal. Con él agotamos todos los registros de pautas de comportamiento: razonar con él, hablarle de forma pausada, mostrarnos empáticos, pasar a la fase seria, ponernos firmes, no ceder a chantajes, ceder un poquito, amenazar con posibles repercusiones… hasta acabar rojos, echar humo y perder la paciencia por algo tan tonto como que se acabe la leche o coja la mochila que llegamos tarde al colegio.

Este pulso continuo no creáis que es parejo entre el padre y yo, a quien más castiga —con diferencia– es a mí. Sabe perfectamente quien es el objeto de su frustración (mi atención, no sus hermanos) y tira de la cuerda para ponerme al límite una y otra vez. Eso sí, a los cinco minutos vuelve con su sonrisa espléndida y me dice cuánto me quiere como si no hubiera pasado nada. 🙄

Mi Pitu Mediano es con diferencia al que más cuidamos en el terreno emocional precisamente por este síndrome del hijo sandwich que le ha tocado en suerte vivir. Continuamente le recuerdo cuánto le quiero, que es mi niño favorito (¡esto se lo digo a todos cuando no están los otros presentes, jijijiji¡). Intentamos buscar actividades exclusivas para él, en las que comparta tiempo con su padre o su madre de manera única, sin sus hermanos, para que se sienta especial. ¡Entonces está rey! Pero le dura lo que tardamos en volver a casa y recuperar su posición de hijo de enmedio.

Me descoloca cuando hablo con sus profesoras: en clase es súper obediente, respeta todas las reglas, apenas han tenido que reñirle, es colaborador… ¡Perdona! ¿¿¿Estamos hablando del mismo niño???

Entiendo que no es fácil ser el hijo de enmedio, pero tampoco lo es para sus padres. Tendremos que seguir esforzándonos para hacerlo lo mejor posible.

Dientes, dientes

Al Pequeño Pitu le ha salido su primer diente. Mi niño se ríe y me enseña sus encías reventonas en las que asoma un pico blanco que rompe la carne y provoca su llanto. Su boca es un imán al que van a parar manos, mordedores y todo aquello que le ofrece un poco de consuelo. Mi bebé -que es un santo de bueno- llora desconsolado y babea sin parar. Y lejos de causarme pena o preocupación como con sus hermanos, me produce una profunda ternura, porque sé que éste es un momento irrepetible. Nunca más será su primer diente, su primera papilla, sus primeros cereales. Así que mientras mi niño llora por sus dientes, yo lo achucho y me lo como a besos.

A mi Pitu Mayor se le ha caído su primer diente. Lo hemos celebrado como si hubiesen venido los Reyes Magos. Un poco por exageración nuestra, ¡es su primer diente!, un mucho porque él sabe sacarle punta a todo cuanto hace (levantó el teléfono y llamó a cada uno de sus tíos y abuelos para contarle la noticia) hemos vivido como una fiesta la visita del Ratón Pérez. Su primera mella es un roto en una sonrisa imperfecta por la que rebosa orgullo de niño mayor.

Ayer fui al dentista. Se me ha caído un empaste y me tuvieron que reconstruir una muela. Las abuelas dicen que con cada embarazo se pierde vista y muelas. Los únicos cinco minutos de paz que tuve en el día fueron los que pasé en la sala de espera de la consulta.

¡Dientes, dientes! ¡Que vamos a comernos la vida a bocaos!

El tercero NO se cría solo

El tercero se cría solo es la frase más recurrente que he escuchado desde que me quedé embarazada del Pitu Pequeño. Hombre, solo solo no, ¡que mis ojeras y mis horas de sueño me está costando!

No son gratis los pañales, ni las leches de fórmula, ni la ropa con la que se viste, que aunque tenga mucho heredado de los hermanos, las prendas también se gastan (siempre que tengas la suerte que te nazcan en la misma temporada, que si no es como empezar de cero). También gusta que los nuevos retoños estrenen conjuntos, peleles y hasta ropa interior (y eso que nosotros tenemos la suerte de contar con nuestra tienda on line www.pitupitu.es). Y nada de eso viene solo.

Los terceros no se bañan solos. Como sus hermanos mayores cuando fueron bebés, necesitan su agua templada, su masaje relajante y su crema hidratante, y eso también lleva un tiempo.

También tienen por costumbre comer, cuando son bebés cada tres horas, e incluso algunos de ellos muy glotones exigen su biberón o su teta cada menos tiempo.

Ya sabemos lo que viene después de comer, y no, tampoco los pañales se cambian solos. Ni aparecen en la cómoda como por arte de magia, hay que comprarlos. Al igual que las vacunas, las medicinas cuando se ponen enfermos y las cremas para el culete.

SÍ es cierto que los terceros hijos se crían de otra manera. ¡Si hubiera sabido con el primero todo lo que sé ahora, qué distinta habría sido la película!

El tercero lo estoy disfrutando mucho más, y eso que el tiempo que tengo para dedicarle solo a él es infinitamente más reducido. No sé si será la experiencia o el saber que será el último bebé pero es cierto que le estoy concediendo todos los caprichos del mundo: lo cojo siempre que quiero, lo duermo en brazos cuando me apetece, me lo como a achuchones…

Con el tercero sabes distinguir los llantos: el de hambre, el de sueño y el de “mamá cógeme un poquito en brazos que tengo ganas de fiesta“.

Con el tercero no te despiertas de madrugada preocupada por si respira la primera vez que el niño duerme cinco horas seguidas; aprovechas ese regalo del cielo y sigues durmiendo como si no hubiera un mañana.

Sabes reconocer la fiebre y no huyes despavorida al pediatra. Chute de apiretal y a observar cómo evoluciona.

Con mi Pequeño Pitu no tengo prisas por que crezca, ni por recuperar mi vida de antes de tener hijos. Sabes que crecen y que tu vida cotidiana vuelve.

La ansiedad y los miedos no desaparecen, pero tengo las armas para afrontarlas. No puedes dominar las hormonas, pero sabes detectarlas, respirar hondo y contar hasta diez.

Un tercer hijo no se cría solo, se cría diferente. Con más calma y estableciendo prioridades. Distingues entre lo urgente y lo importante. Disfrutas más cada momento.

(Imagen tomada de la web de fotografía de familia www.helenedouchet.com)

Celos

Al principio creímos que nos habíamos librado de ellos. Todo eran besos y abrazos con el hermano recién nacido. Estábamos de vacaciones, papá y mamá en casa las 24 horas del día y continuamente venían a vernos los abuelos, titos y amigos.

Fueron pasando los días y el hermano seguía en casa. Comenzó el colegio, volvió papá al trabajo y ahí seguía ese bebé que solo pedía teta y dormía como un bendito.

Entonces comenzaron a aparecer señales: un berrinche sin motivo, un abrazo que se convertía en pellizco, un “dame tú la comida que yo no sé”…

Nos explotaron de golpe, ahí estaban: los CELOS.

El Pitu mediano es quien peor lo está pasando De la noche a la mañana todo se convirtió en un desafío constante entre él y yo: Levántate / NO. Vístete / NO. Tómate el desayuno / NO. Vamos al cole / NO. Volvemos del cole / NO. Come / NO…

Con tal panorama, yo pasaba por todas las fases de la psicología infantil: desde la dulzura y la empatía, el refuerzo positivo y la sonrisa “a mi niño guapo”, hasta la amenaza del castigo, el “mira que cuento uno, dos…” y el perder los nervios definitivamente. Junto a la falta de sueño y el cóctel de hormonas, el resultado era para echarse a llorar  😥 .

Lo que más me fastidia es que este comportamiento lo demuestra únicamente conmigo. A su hermano pequeño lo quiere con locura, de hecho es el más cariñoso con él, le canta, le pone el chupete cuando se le cae, ayuda cuando toca la hora del baño… Pero toda su frustración y sus celos los paga con su madre, osea yo. Los días que el padre le lleva al cole o almuerza en casa el comportamiento es completamente distinto.

Y mira que entiendo a mi pobre niño. Ha pasado de ser el pequeño Pitu de su madre a no saber muy bien qué. El trono se lo han arrebatado, cuando nos interesa es grande para ciertas cosas pero pequeño para otras, tiene a un hermano mayor que le eclipsa, le chincha y le lleva al huerto como quiere… y la culpa de todo la tiene ese pepón gordote que sin saber hablar ni andar ni ná de ná está todo el día pegado a su mamá revolucionando todo su mundo. ¡¿Es para ponerse celoso o no?!

Así que en esas estamos, pasando esta etapa como quien pasa un sarampión: sabemos que tiene sus días, a ratos es desesperante, pero sobre todo que no hay solución milagrosa. Hay que pasarlo.

Entre tanto, continuamente le recuerdo lo mucho que le quiero, “más que a nadie en el mundo mundial“. Intento sacar huecos y hacer cosas solo con él, que se sienta especial y preferido por su madre. Y mantengo límites: no se aceptan pataletas y berrinches, no se grita, no se toca al hermano con las manos sucias, hay que dejar dormir al hermano y se respeta cuando el bebé está comiendo.

Puedo decir sin exagerar que está resultando más difícil guardar los equilibrios entre los hermanos -sobre todo con el mediano- que sacar adelante al pequeño -que solo come y duerme-. ¡¡Pero nadie dijo que la trimaternidad fuera fácil!!

Os seguiré contando  😀

El embarazo cuando hay hermanos mayores en casa

Por las mañanas, antes de que suene el despertador, el Pitu Mayor se mete en mi cama. Me pide que le abrace y le ponga mi barriga en su espalda para sentir a su nuevo hermano. Si no da ninguna patada, me acaricia la tripa y le habla al ombligo.

Cuando suena el despertador aparece el Pitu Mediano y se echa sobre la barriga. “¿Cuántas patadas te ha dado esta noche Manuel?, me pregunta. “Muchas, mi vida, ¡este niño va a estar castigado nada más que salga!”, le contesto, y él se va tan contento.

Éste es solo el comienzo de nuestro día a día marcado por la llegada del nuevo hermanito. Si cada embarazo es distinto, cuando además hay niños mayores (de 3 y 5 años en nuestro caso) la experiencia se convierte en toda una aventura.

Hemos pasado distintas etapas: desde la negación (“no quiero un hermano ni para jugar al fútbol“), pasando por la aceptación progresiva (“Este pantalón que ya me está chico se lo vamos a dar a Manuel“) hasta la duda constante (“¿Y cómo come? ¿Y cuándo sale? ¿Y el bebé tiene mocos dentro de la barriga?”).

Yo soy muy supersticiosa y no me gusta montar muebles ni vestir carro hasta que el alumbramiento está muy cerca, pero esta vez llevamos un mes con la minicuna instalada en el cuarto porque el Mayor quería ser él quien le construyera el moisés a su hermano. Sus profesoras están al tanto de mis visitas a la ginecóloga y de los meses que vamos sumando. Incluso hubo familiares y amigos que se enteraron de la buena nueva por ellos antes que por el padre o por mí.

Están nerviosos, expectantes, preocupados por cuándo será el momento en que nazca el bebé. Sobre todo el Mayor. Como la fecha posible de parto está muy cercana a la Navidad, toda su obsesión es si podrá cantar los villancicos de la fiesta del cole, si lo llevaré al Belén Viviente donde se disfraza de Rey Gaspar y si podrá jugar el torneo de su equipo de fútbol sala. ¡Y con quién vamos a cenar en Nochebuena y celebrar el Día de Navidad! Eso quiero saber yo también… ¡dónde me voy a comer los mantecados este año!

Saben que cuando mamá y papá se vayan al hospital ellos tendrán preparada su maleta para irse a casa de los abuelos y los titos ¡y celebran el momento porque seguro que les dan de cenar pizza!

Pero más allá de la logística de los primeros días, me da miedo cómo será el choque de realidad. El Mayor sabe lo que es tener un hermano y tener que compartir juguetes, espacio y padres, pero al pobre mío lo van a destronar por segunda vez en menos de cinco años.

El Mediano no tiene muy claro qué es eso de los bebés. Él piensa que será similar a su prima de un año con la que puede jugar un rato  y a la hora se va a casa. ¡Ay cuándo lo vea todo el día enganchado a la teta de su madre!

Entre tanto, pasamos los días felices entre besos a la barriga, comprando chupetes para el nuevo hermano y ayudando a mamá que ya no puede ni quitarse las botas sola. Ya veremos cuando el nuevo miembro de la familia esté entre nosotros…

Una cosa tengo clara: si habrá voces que el nuevo Pitu reconozca cuando nazca ¡serán las de sus dos hermanos!

Foto tomada de la web www.thedatingdivas.com

Foto tomada de la web www.thedatingdivas.com

Mi tercer embarazo

Este nunca ha sido un blog convencional. Por eso, ahora que estoy embarazada de mi tercer hijo, no me leeréis escribiendo de náuseas o piernas hinchadas. Este es un blog personal en el que cuento mis experiencias, cómo me siento, lo que me ocurre día a día. Por eso hoy no os voy a hablar de lo asqueroso que está el líquido naranja de la prueba del azúcar o de aquello tan bucólico de las mariposas en la barriga.

Os contaré cómo estoy llevando mi embarazo, mi tercer embarazo, que en nada se parece al primero y solo de pasada al segundo:

En primer lugar, sabía que estaba embarazada mucho antes de hacerme el predictor. Nunca he tenido sentido intuitivo para estas cosas pero la experiencia está empezando a ser un grado.

SegundoHe tirado el peso a la basura. En mis anteriores embarazos cogí once kilos después una dieta rica en frutas y verduras, no picar entre horas y eliminar grasas. Tras el parto, con la lactancia y el estrés perdí todo lo puesto y mucho más. Así que este verano me he puesto mona de helados en la playa. A ver qué me dice la matrona la semana que viene en la próxima visita…

comida

Tercero: Me siento observada. Sobre todo cuando voy sola con mi bombo y mis dos niños camino del cole o cargada de bolsas del supermercado. He notado que hay gente que me mira y cuchichea: “¡Oooooyyyyhhhh pobrecita! ¡Qué valor! ¡Con tres!”. Cuando se enteran que además viene otro niño, directamente se echan las manos a la cabeza. “Ay qué pena que te quedas sin la niña”, comentan sin poder comprender que no haya más motivos para tener un tercer hijo que poner vestidos y colocar moñas.

Cuatro: Voy a retrasar el síndrome nido hasta que el niño tenga 5 meses. Queda menos de mes y medio para la fecha posible de parto y aún guardo en el fondo del trastero la minicuna, el carrito, la bañera, la ropa de primera postura… Creo que es hora de ir poniendo remedio a este cuarto punto.

sindrome nido

Cinco: ¡Me encanta presumir de barriga! Una que es muy fashion siempre ha buscado esas prendas que disimularan la barriga o la redujera a la mínima expresión. Esta vez no. Me parece que el cuerpo de una mujer embarazada es precioso y hay que lucirlo en su plenitud. Además, estoy segura que va a ser mi última barriga, ¡dejadme que presuma de ella!

Seis: He pedido la baja por embarazo a los siete meses. En los dos primeros estuve trabajando hasta la semana 36 y 35 respectivamente. Ahora que lo veo con distancia me parece ¡una auténtica barbaridad! Y cuando acudí al médico para solicitar el permiso lo hice más por la cantidad de citas médicas que se acumulan en el último mes y te impiden desempeñar tu trabajo que por estar tranquila y descansada para lo que viene. En esta ocasión (a las 30 semanas) ha sido distinto. No tengo nada que demostrar y sí necesidad de cuidar de mi bebé y mi salud. No somos imprescindibles, no tenemos que ser superwoman.

Siete: Me encuentro físicamente mejor, o puede que haya aprendido a relativizar. Que conste que tengo la suerte de disfrutar de unos embarazos muy buenos sin náuseas ni fatigas ni grandes complicaciones. Pero las molestias que en el primero me suponían un mundo (reflujos, insomnio, circulación, dolores de espalda…) ahora me parecen pecata minuta. ¿Será que soy consciente de lo que viene después?

Ocho. Este pobre hijo mío no sabe lo que es escuchar música de Mozart en el vientre de su madre pero a cambio tiene los ecos de las voces de sus hermanos que le hablan, le cuentan cómo van a jugar al fútbol cuando salga y le dan su beso de buenas noches a diario. Muero de amor cuando veo cómo disfrutan de la ilusión de la espera de su hermanito.

hermanos

Nueve. El entorno. En ocasiones me pregunto si los que me rodean se acuerdan de que estoy embarazada. En el primero era la protagonista absoluta, todos querían ver cómo crecía la barriga, saber cómo me encontraba, llamaban a diario… En este tercero hay veces que hasta la Pitu Abuela, tras interesarse por el cole de los dos nietos, contarme su menú de la semana y quince minutos de conversación al teléfono, cae en la cuenta y pregunta: “¿y tú hija, cómo estás?”.

Diez. Hay una cosa que no cambia: las ganas que tengo de ver a mi bebé. Y a diferencia de las dudas que me asaltaban cuando estaba embarazada del segundo, sé con certeza que al tercero lo voy a querer igual o más que a los mayores.

 amor

¿Cómo será..?

Nueve meses de embarazo dan para mucho:

Para asimilarlo, para compartirlo, ¡para anunciarlo a bombo y platillo!

Para morirse de miedo cien veces al día, para querer que corran las semanas, para pedir que se pare el tiempo…

Para ansiar sentirlo por primera vez, ¡para rogar que pare de moverse!

Para caerse de sueño por los rincones, para sufrir de insomnio a pesar de que todas tus amigas mamás no paren de recordarte que duermas ahora que puedes

Para hablarle, ponerle música, desarrollar mil teorías de cómo lo vas a educar… Para preguntarte cómo será.

¿Será rubio como su hermano mayor? ¿O moreno como el Pitu mediano? ¿A quién se parecerá? ¿Cómo será..?

Rezo para que coma bien, pero sobre todo para que duerma bien.

¿Qué carácter tendrá? ¿Noble y responsable como el mayor? ¿Cariñoso y divertido como el segundo? Seguro que va a ser grande como sus hermanos, aunque eso si llego hasta la fecha posible de parto. ¿Se adelantará? No mucho, por favor, que aún no tengo nada preparado.

En este tercero creo tener superado el miedo al parto, ya sé que la verdadera prueba viene después. ¿Cómo será cuándo lo vea por primera vez, cuando lo abrace por primera vez?

Me paso las horas acariciándome la barriga, disfrutando de ella, tal vez porque sé que será la última. Se me van las horas imaginando cómo será mi tercer bebé. Después bajo a la realidad y me pongo a maquinar cómo me voy a organizar tres en casa.

Un día que el Pitu mediano estaba imposible en plena rabieta histérica le pregunté desolada al mayor: “¿Tú te imaginas que el nuevo hermanito saca el carácter de éste?”. Me respondió: “¡No te preocupes, mamá, que a lo mejor sale normal!”.

Tendremos que seguir esperando para saber cómo será. Lo mejor del milagro de la vida es que siempre te sorprende.

embarazo 2

Y ahora ¿cómo se lo decimos a los hermanos?

Se lo contamos a los abuelos… sin que la Pitu Abuela se echara las manos a la cabeza.

Se lo contamos a los amigos… con los comentarios de “qué valientes / qué locos” que os describía la semana pasada.

Y lo contamos hasta en el trabajo.

Ahora quedaba lo más difícil: cómo se lo decimos a los hermanos.

Durante meses habíamos abonado el terreno con la pregunta de “¿vosotros queréis un hermanito?“. Pero su respuesta era tajante: NO. Ahora ya no había marcha atrás. Había que explicarles lo que les venía encima.

Estas son de las cosas que no se aprenden, que nadie te explica sobre cómo debes actuar cuando eres padre: me recordó a la primera noche en el hospital en la que te dejan a un bebé en brazos. ¿Dónde está el libro de instrucciones?

Así que un sábado por la tarde, los sentamos en el sofá, los abrazamos y de la manera más dulce que encontramos empezamos a hablarle de que en unos meses llegaría un nuevo  hermanito, que estaba en la barriga de mamá y que ésta crecería y se pondría gorda hasta que en Navidad llegara el nuevo Pitu.

El Pitu Mayor (5 años) comenzó con una batería de preguntas para intentar comprender dónde estaba ese nuevo hermano, cómo había llegado ahí y cómo saldría. “¿Pero te cortan la barriga, mamá?”. Nos ayudamos de un libro sobre el cuerpo humano que providencialmente le regalaron por su cumpleaños para enseñarle cómo se formaba el feto y crecía mes a mes. Por un momento me retraí a las enciclopedias de los años 80 con las que los padres de entonces contaban aquello de “papá le pone una semillita a mamá…” aunque sin caer en esos cuentos. “Eso ya te lo contaremos más adelante”, le explicamos.

Su reacción fue maravillosa: me abrazó, puso su oreja en mi barriga para escuchar a su hermano y pidió el teléfono para contárselo a los abuelos, titos y amigos.

La reacción del Pitu Pequeño fue diametralmente opuesta. “¡¡No lo quiero ni para jugar al fútbol!!“, sentenció el de tres años. Frunció el ceño y puso cara de malos amigos, y así continúa hasta el día de hoy. Cuando se enfada por cualquier motivo me levanta la camiseta, pellizca mi barriga y dice “bebé feo”. ¡Ay pobrecito mío! ¡Y eso que aún no ha sido destronado! ¡La que le queda!

La que nos queda…

Uno, dos… ¡y tres!

Uno, dos… ¡y tres! ¡Estoy EMBARAZADA! ¡Del tercero! Un tercero que viene de camino y llegará con los turrones, para Navidad.

Si me llegan a decir hace seis años que seríamos familia numerosa… ¡Yo que no quería niños!

Tres años le costó al Pitupadre convencerme para que tuviéramos al primero. Para alguien como yo, independiente, con ambiciones profesionales y viajera apasionada que no quería renunciar a ninguna de estas tres cosas, lo de los hijos no entraba en mis planes.

No sé si fue el tic tac del reloj biológico famoso pero poco a poco empezamos a hablarlo y a imaginarnos cómo quedaría una cuna en el cuarto de invitados. Me imaginaba con mi tripita de embarazada y dando paseos a ese retoño precioso al que vestiría como a un muñeco. No sabía que los bebés se despiertan cada tres horas por la noche ni lo que costaba un paquete de pañales. Quería un bebé, aunque creo que sobre todo quería ser madre. Y fue así como llegó el Pitu Mayor, un rubio que revolucionó nuestro mundo y se convirtió en el centro de nuestras vidas.

Como no queríamos dejarlo solo, al año comenzamos a plantearnos eso de darle un hermanito. Y antes de que nos diéramos cuenta llegó el Pitu Pequeño, un bombón de chocolate que multiplicó la diversión y el trabajo.

Y en ésas estábamos, saliendo de los pañales, los biberones y las malas noches, cuando nos preguntamos si queríamos ampliar la familia. La respuesta ha sido , un SÍ rotundo y madurado, feliz por la alegría que supone un hijo, comprometido con el trabajo y sacrificio que acarrea, consciente más que nunca. Un tercero deseado y querido, sin condicionantes.

Siguen sin gustarme demasiado los niños; no me veréis en la vida haciendo carantoñas ni dando juego a niños que no son míos (en los míos incluyo a ahijadas y sobrinos). Pero adoro a mis hijos por encima de todas las cosas. Me han dado una felicidad desconocida que necesita crecer, ser compartida y disfrutada.

No hay mejor motivo para un tercero.

¿Cuándo ha aprendido mi hijo pequeño a contar en inglés?

Los padres solemos repetir ese mantra de que no entendemos cómo los hermanos pueden ser tan distintos entre ellos si los hemos criado igual. La respuesta al enigma tal vez esté en un error en la pregunta: ¿realmente los criamos igual?

Puede que los que tenemos más de un hijo intentemos inculcarles los mismos valores, apostar por un modelo de crianza e incluso premiar y castigar determinadas conductas, pero ¿realmente los educamos de igual modo?

Yo creo que, aunque lo intentemos, el resultado no siempre es el mismo y no sólo por el componente emocional que aporta cada niño, sino porque ni el tiempo ni la experiencia de los padres son iguales cuando tienes dos hijos (ya me contaréis los que tenéis familia numerosa).

Esta reflexión viene a cuento de una anécdota que nos ocurrió hace unos días. Estábamos toda la familia en casa un domingo cuando en unos dibujos animados de la tele un personaje (no recuerdo cuál) dijo ‘one‘. Cuál fue nuestra cara de sorpresa cuando el Pitu Pequeño siguió la secuencia en el mismo idioma: “two-three-four-five“.

El padre y yo nos miramos asombrados a la par que nos hicimos la misma pregunta: “¿cuándo ha aprendido este niño a contar en inglés?“.

Lo primero que me invadió es nuestro viejo conocido sentimiento de culpa. “¡Seré malamadre que no tenía ni idea de que mi niño sabía los números en inglés!”. Después, para ahondar más en la herida, recordé cómo celebraba los “rosa-pink” y “amarillo-yellow” del Pitu Mayor cuando tenía la misma edad y hacía sus primeros progresos en la guarde.

Claro que entonces tenía toda la concentración maternal enfocada en un solo hijo y ahora el tiempo se divide entre dos; el tiempo, la paciencia y hasta las ganas de regañar que hacen que más de una vez al día mire para otro lado y dé por buenos aquellos principios inamovibles de antes de ser madre (“no se irán a la cama sin lavarse los dientes”, “no comerán chuches entre semana”, “no más de media hora de tele al día” y un larguísimo etcétera).

Desdramatizando he llegado a la conclusión de que ni era tan sorprendente la combinación azul-blue del Mayor ni me atormentaré por eso de la crianza igualitaria para los dos hermanos. No puede ser posible que la educación del primero sea igual que la del segundo porque nosotros tampoco somos los mismos ahora que hace tres años. Y si no, ¡compara las fotos de tu móvil del primero y del segundo hijo!