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No quiero que crezca mi bebé

No quiero que mi Pequeño Pitu crezca. Sé que es un sentimiento egoísta y del todo imposible, pero hay días en los que no quiero que crezca mi bebé.

Me encantaría que se quedara chiquitito, regordete, con roscas en los brazos y las piernas . Mi bebé tiene diez meses, algunos dientes y una sonrisa preciosa que estalla cuando ve a su mamá. Sé que en breve estaremos soplando su primera vela de cumpleaños, que sus movimientos se desarrollarán y empezará a gatear y corretear por la casa, que hablará, que comerá sólidos… que crecerá.

Nunca he sido muy sentimental pero este tercer bebé me tiene muy muy enganchada.

Lo baño y me encuentro pensando en lo mucho que me gusta esta bañerita de primera postura que en nada se quedará pequeña, en cómo disfruto cuando lo arropo en su capa de baño, en lo bien que huele este jabón de Mustela.

Me chifla ese olor a galleta y cereales de sus papillas y como agarra mi pelo con su mano cuando come de mi pecho, cuando vuelvo a ser su alimento. A sus hermanos ya los había destetado con este tiempo, pero con mi Pequeño Pitu todos los días tengo me invento una excusa para engañarme a mí misma de los motivos por los que quiero seguir con la lactancia (y que conste que pesa mucho mucho cuando me suena el despertador a las 6.30 de la mañana para darle su toma antes de irme a trabajar).

El cambio de los pañales, las noches en vela, las fiebres de las vacunas… son tareas tediosas que con los anteriores estaba deseando superar pero que con mi tercer bebé estoy afrontando de otra manera.

Sé que este sentimiento de no querer que tu hijo crezca es habitual entre algunas madres -supongo que mezcla de revolución de hormonas y sentimientos maternales- aunque nunca antes lo había sentido… ¿será que me estoy haciendo vieja? O será que sé que todos los bebés crecen, que ninguno se queda pequeñito entre los brazos de su madre, que los días pasan lentos pero los años muy rápidos, que se echa de menos la ternura que desprenden los bebés.


¿Y vosotras? ¿Habéis deseado que no crezcan vuestros bebés? Anímate a compartir tu experiencia con nosotros

 

Celos

Al principio creímos que nos habíamos librado de ellos. Todo eran besos y abrazos con el hermano recién nacido. Estábamos de vacaciones, papá y mamá en casa las 24 horas del día y continuamente venían a vernos los abuelos, titos y amigos.

Fueron pasando los días y el hermano seguía en casa. Comenzó el colegio, volvió papá al trabajo y ahí seguía ese bebé que solo pedía teta y dormía como un bendito.

Entonces comenzaron a aparecer señales: un berrinche sin motivo, un abrazo que se convertía en pellizco, un “dame tú la comida que yo no sé”…

Nos explotaron de golpe, ahí estaban: los CELOS.

El Pitu mediano es quien peor lo está pasando De la noche a la mañana todo se convirtió en un desafío constante entre él y yo: Levántate / NO. Vístete / NO. Tómate el desayuno / NO. Vamos al cole / NO. Volvemos del cole / NO. Come / NO…

Con tal panorama, yo pasaba por todas las fases de la psicología infantil: desde la dulzura y la empatía, el refuerzo positivo y la sonrisa “a mi niño guapo”, hasta la amenaza del castigo, el “mira que cuento uno, dos…” y el perder los nervios definitivamente. Junto a la falta de sueño y el cóctel de hormonas, el resultado era para echarse a llorar  😥 .

Lo que más me fastidia es que este comportamiento lo demuestra únicamente conmigo. A su hermano pequeño lo quiere con locura, de hecho es el más cariñoso con él, le canta, le pone el chupete cuando se le cae, ayuda cuando toca la hora del baño… Pero toda su frustración y sus celos los paga con su madre, osea yo. Los días que el padre le lleva al cole o almuerza en casa el comportamiento es completamente distinto.

Y mira que entiendo a mi pobre niño. Ha pasado de ser el pequeño Pitu de su madre a no saber muy bien qué. El trono se lo han arrebatado, cuando nos interesa es grande para ciertas cosas pero pequeño para otras, tiene a un hermano mayor que le eclipsa, le chincha y le lleva al huerto como quiere… y la culpa de todo la tiene ese pepón gordote que sin saber hablar ni andar ni ná de ná está todo el día pegado a su mamá revolucionando todo su mundo. ¡¿Es para ponerse celoso o no?!

Así que en esas estamos, pasando esta etapa como quien pasa un sarampión: sabemos que tiene sus días, a ratos es desesperante, pero sobre todo que no hay solución milagrosa. Hay que pasarlo.

Entre tanto, continuamente le recuerdo lo mucho que le quiero, “más que a nadie en el mundo mundial“. Intento sacar huecos y hacer cosas solo con él, que se sienta especial y preferido por su madre. Y mantengo límites: no se aceptan pataletas y berrinches, no se grita, no se toca al hermano con las manos sucias, hay que dejar dormir al hermano y se respeta cuando el bebé está comiendo.

Puedo decir sin exagerar que está resultando más difícil guardar los equilibrios entre los hermanos -sobre todo con el mediano- que sacar adelante al pequeño -que solo come y duerme-. ¡¡Pero nadie dijo que la trimaternidad fuera fácil!!

Os seguiré contando  😀

Aniversario entre pañales

Hoy hace diez años que nos casamos el Pitu padre y yo. Siempre planeamos que para celebrar esta fecha tan especial nos regalaríamos un viaje a un destino exótico o como poco a una capital europea… Nada más lejos de la realidad.

Con un pequeño Pitu que no ha cumplido aún los dos meses me conformo con salir a cenar si los abuelos se quedan de canguro con la tropa. No serán más de dos o tres horas, el tiempo que nos queda entre toma y toma del pequeño tragón, pero será suficiente para charlar, mirarnos a los ojos y que no nos interrumpa ningún niño pidiendo ir al baño a hacer caca.

Hoy probablemente no será un día distinto a los demás: nos cruzaremos un “buenos días” entre desayunos, uniformes y prisas por llegar a tiempo al cole. Nos mandaremos un whatsapp a media mañana para recordar el pediatra del mediano o el partido de fútbol del mayor. Si tenemos la suerte de almorzar juntos será entre frases de “lávate las manos“, “mastica, niño, mastica” y amenazas de que no se pondrá la tele en todo el fin de semana “como no os comáis todos los garbanzos“.

¡Y dice Samantha que tener hijos hace perder calidad de vida! Y la paciencia, y horas de sueño, y que como consuelo solo te quede la tableta de chocolate.

Si me llegan a decir esto hace una década ¡yo salgo huyendo de la iglesia! O a lo mejor no, porque aunque con ojeras y un cansancio infinito, creo que no cambio uno solo de estos momentos por una sonrisa y un beso de cada uno de mis tres hijos.

¡Feliz Aniversario amor! Diez años más se me quedan cortos… ¡¡a por las bodas de plata!! Que esas sí que las vamos a celebrar como se merecen…

 

Foto de Jeff Belmonte

¿Cómo será..?

Nueve meses de embarazo dan para mucho:

Para asimilarlo, para compartirlo, ¡para anunciarlo a bombo y platillo!

Para morirse de miedo cien veces al día, para querer que corran las semanas, para pedir que se pare el tiempo…

Para ansiar sentirlo por primera vez, ¡para rogar que pare de moverse!

Para caerse de sueño por los rincones, para sufrir de insomnio a pesar de que todas tus amigas mamás no paren de recordarte que duermas ahora que puedes

Para hablarle, ponerle música, desarrollar mil teorías de cómo lo vas a educar… Para preguntarte cómo será.

¿Será rubio como su hermano mayor? ¿O moreno como el Pitu mediano? ¿A quién se parecerá? ¿Cómo será..?

Rezo para que coma bien, pero sobre todo para que duerma bien.

¿Qué carácter tendrá? ¿Noble y responsable como el mayor? ¿Cariñoso y divertido como el segundo? Seguro que va a ser grande como sus hermanos, aunque eso si llego hasta la fecha posible de parto. ¿Se adelantará? No mucho, por favor, que aún no tengo nada preparado.

En este tercero creo tener superado el miedo al parto, ya sé que la verdadera prueba viene después. ¿Cómo será cuándo lo vea por primera vez, cuando lo abrace por primera vez?

Me paso las horas acariciándome la barriga, disfrutando de ella, tal vez porque sé que será la última. Se me van las horas imaginando cómo será mi tercer bebé. Después bajo a la realidad y me pongo a maquinar cómo me voy a organizar tres en casa.

Un día que el Pitu mediano estaba imposible en plena rabieta histérica le pregunté desolada al mayor: “¿Tú te imaginas que el nuevo hermanito saca el carácter de éste?”. Me respondió: “¡No te preocupes, mamá, que a lo mejor sale normal!”.

Tendremos que seguir esperando para saber cómo será. Lo mejor del milagro de la vida es que siempre te sorprende.

embarazo 2

10 cosas que compartirás si eres madre o padre de niños

Por mucho que procuremos una crianza en igualdad, sin roles ni estereotipos, es cierto que hay juegos, conductas o aficiones que los niños repiten según su sexo. No sé el motivo: si es la sociedad, los dibujos que ven en la tele o pequeños detalles que de manera inconsciente les transmitimos, pero aquí va un decálogo de gustos y costumbres de mis dos pitus que puede que tú también reconozcas si eres madre o padre de un niño.

  1. Convertirán tu salón en un campo de fútbol. Da igual cuántas veces les digas que en casa no se juega a la pelota, mejor guarda los jarrones y cuadros a los que tengas cariño.
  2. De mayor quieren ser paleontólogos, astronautas o futbolistas.
  3. El Pitu mayor es incapaz de devolver un empujón o pegarle a otro niño, salvo que osen tocarle un pelo a su hermano pequeño
  4. Tienen obsesión por los dinosaurios y los superhéroes
  5. Se troncharán de la risa con cualquier frase que contenga las palabras caca, culo, pedo o pis
  6. Podrás vestirlos como quieras siempre que en los pies lleven unos botines deportivos
  7. Su juego favorito es luchar, el segundo pelear y el tercero echar un combate
  8. Los míos no han acabado de almorzar cuando están preguntando qué van a cenar
  9. Son nobles, cariñosos y sin dobleces. Te dan un beso de corazón, sin buscar nada a cambio
  10. Responden sin titubear que la persona a la que más quieren en el mundo es su MAMÁ

¿Te suena todo esto? ¡’Pues comparte!

El día que enseñé a mi hijo a montar en bici

Dicen que una vez que aprendes a montar en bicicleta ya nunca se olvida; yo no olvidaré el día que enseñé a mi hijo a montar en bici.

No fue nada programado. Ayer bajamos al parque como todos los días con sus patines, su bici y su pelota. De pronto lo vi, ese tío con un cuerpo como un trinquete -aunque solo cuatro años de edad- y ahí sentado sobre esa bici con sus ruedines. Había algo que chirriaba.

-” Antonio, quieres que aprendamos a montar sin ruedines“, le pregunté.
-“Bueno, pero me da miedo”, respondió avergonzado.
-“Tú confía en mamá “.

Y fue así como le quité primero una de las patas auxiliares; después aprendimos cómo parar con los frenos y echar una pierna al suelo. Es enternecedor comprobar que su primer instinto es soltar el manillar y echar la mano, que no la pierna, a las faldas de su madre, que no al suelo. Pura lógica: quién mejor que mi madre para evitar que me caiga, pensará él.

Llegaba el momento crucial. “¿Quitamos la otra pata?”
-“Vale, pero tú no me sueltes mamá “, me respondió con una contagiosa risa nerviosa.

Ruedín fuera y seguimos la lección práctica: un pie apoyado en el suelo, otro sobre el pedaltoma impulso con la pierna derecha, mantén la cabeza alta, mira al frente… ¡bravo! ¡Lo estás consiguiendo!

-“Si mamá pero tú no me sueltes”.

¡Si el tontorrón supiera que solo tengo mi mano apoyada sobre su espalda pero que no hago fuerza ninguna! ¡Que lo está haciendo él solo!

Y ahí me ves tú, emocionada de ver a mi Pitu montando en bici como un tío grande y esperando nervioso a que llegara su padre para enseñarle lo que sabía hacer.

Pequeños logros que lo hacen mayor; pequeños pasos para mi niño grande.

montar en bici

Ventajas y usos del cojín de lactancia

Cuando estas embarazada compras -y te regalan- una cantidad de artículos para bebés que en el mejor de los casos usas una vez –si es que llegas a sacarlos de la caja–.

Sin embargo, uno de los regalos que más agradecí cuando nació mi primer Pitu fue el cojín de lactancia. Yo no me lo había planteado durante el embarazo pero fue mi cuñada quien me habló de él y me propuso comprármelo. Fue un acierto total.

Cuando se tienen niños gordos y glotones que piden de comer cada tres horas o menos, tener un cojín mullidito, suave y agradable al tacto que te alivie el peso del bebé y ayude a su comodidad es fundamental.

Mamá con bebé en cojín

Mamá con bebé en cojín

Al principio puede que no lo eches en falta y te apañes con cualquier almohada o cojín, pero conforme el recién nacido comienza a coger kilos irás comprobando la utilidad del invento.

Personalmente creo que el nombre está mal elegido, ya que es muy útil no solo para las mamás que apuestan por la lactancia, sino para todo tipo de alimentación –incluyendo por supuesto el biberón- ya que facilita la postura del pequeño y ayuda en la colocación del adulto que ofrece la comida.

Papás usando el cojín

Papás usando el cojín

Además, tiene más usos conforme avanza el crecimiento del bebé. Por ejemplo, yo lo encontraba muy práctico para colocar al niño entre los 6 y 12 meses cuando debía dejarlo en la cama o en el sofá para evitar caídas y desplazamientos.

Otros usos

Otros usos

Os recomiendo además que cuando os decidáis por un modelo lo hagáis por aquellos cojines que sean aptos para meter en la lavadora ya que es mucho el uso que se le da.

¿Queréis alguna sugerencia? Pues aquí os dejamos la selección de modelos que tenemos en www.pitupitu.es a precios inmejorables!!

Cojín lactancia topitos

Cojín lactancia topitos

¡Novedad! Cojín de lunares en beige

¡Novedad! Cojín de lunares en beige

Las mamás a veces también nos ponemos malas

Las mamás a veces también nos ponemos malas. Esta semana he estado enferma. Mala de verdad, de fiebre, cama y baja (creo que la primera que recuerdo desde las dos maternales).

¿Y qué es lo que uno, independientemente de la edad que tenga, quiere cuando está malo? A su MAMÁ.

Por eso cuando salí de la consulta del médico con mi diagnóstico y mi recomendación de reposo obligatorio, hice las maletas y me fui directamente a casa de mi madre, la Pituabuela.

Antes claro está pasé por los estados de histeria, agobio y negación que sufrimos todas cuando nos dicen que debes levantar el pie del acelerador. ¿Cómo voy a faltar al trabajo? ¿Quién va a llevar a los niños al cole? ¡El frigorífico está a cuadros!

Los días previos había estado arrastrándome como los perros negando la evidencia: será la alergia, se habrá complicado con un resfriado, ¡si no es para tanto! Pero cuando tu cuerpo dice hasta aquí hemos llegado el chic cambia y caes en la obviedad de que a veces las mamás también nos ponemos malas.

Estado civil: caNsada

Estado civil: caNsada

Yo creo que uno sigue siendo niño mientras tenga una mamá. Por eso durante estos días he sufrido una especie de regresión a la más tierna infancia mientras disfrutaba de la Pituabuela cuidándome y mimándome.

Sólo mi madre me traía el agua como a mí me gusta: mitad fría mitad natural.

Y llegaba a casa cargada de jamón y de mis pasteles favoritos que aunque no tenía ni pizca de hambre sólo de ver los paquetes me reponía un poquito.

La Pituabuela, ayudada por el Pituabuelo (de él os hablaré otro día), ha llevado a los niños al colegio, los ha recogido, les ha dado de comer y los ha dormido mientras yo me echaba la siesta sin preocuparme absolutamente de nada.

¡Ay Dios! ¡Sin preocuparme absolutamente de nada!

Reconozco que poco a poco fui relajándome y aceptando la situación. Sin pensar en la piscina de los martes, ni en el disfraz de fin de curso de la guardería, ni en qué vamos a cenar esta noche. ¡Si no fuera porque estaba con 40 de fiebre casi lloro de la emoción!

Y es que más allá de lo material, estos días he recordado lo bien que sienta que te cuiden y te mimen como a un niño, ¡como solo sabe hacer tu mamá!

Mi Mamá Me Mima

Mi Mamá Me Mima

Trabajos, deberes y manualidades… ¿para niños o para padres?

Me echo a temblar cuando al recogerlos del colegio veo esa circular de color blanco que asoma entre las hojas de la agenda de clase (en el caso del mayor, cuando recibo una notificación en el portal web escolar: ahí está, parpadeando en rojo ¡alerta! ¡alerta!).

Comienza la pesadilla. Cierro los ojos para no imaginar qué nuevo trabajo, deberes o manualidad tendré que preparar a altas horas de la madrugada. Hago recuento mental de las láminas de cartulina, goma eva, purpurina y témperas que tengo en casa. Y lo que es peor, comienzo a buscar huecos en la ya de por sí apretadísima agenda para pintar ese mural que debe decorar la clase, trabajar el Día de la Paz o hacer una manualidad con motivo de la llegada de la primavera.

Desde que el Pitu mayor entró en la guardería hemos intentado que los trabajos sean de ellos, que participen en la creación y diseño de los mismos -aunque sea estampando la huella de su mano sobre el folio-.

Y de ese modo si había que decorar una hoja del otoño ellos pegaban garbanzos y lentejas o si se trataba de hacer unas maracas caseras las rellenábamos con piedras y hojas que encontrábamos en el parque.

Pero he ahí nuestro error. En esas andábamos cuando el pasado mes de febrero llegó la hora de trabajar los monumentos de nuestra ciudad con motivo del Día de Andalucía. Al Pitu le tocó conocer un famoso teatro y casino, visitarlo y hacerse fotos con su familia y posteriormente plasmar su experiencia en un folio que pasaría a formar parte del libro de la ciudad de su clase –clase de 3 años–.

Recortamos fotos, pintamos máscaras y motivos teatrales y escribimos breves apuntes sobre qué es un teatro, dónde se sacan las entradas y lo bonito que eran sus jardines para pasear en bicicleta.

Cuál fue nuestra sorpresa cuando el ‘libro‘ llegó a nuestras manos un fin de semana. Mientras el Pitu me iba presentando a sus amigos, yo asistía boquiabierta al despliegue de medios. ¡Qué erudición en sus textos (propios del copy-paste de la Wikipedia)! ¡Qué cuidada edición en los estilos y maquetación! ¡Qué poca mano de los niños!

Comentándolo con otra mamá del colegio (su hijo está en un curso superior), me confesó que a ella le había pasado lo mismo: apostaba por la participación del niño en los proyectos hasta que comenzó a comparar con los trabajos que presentaban los demás compañeros de la clase (o mejor dicho, los papás de éstos).

¡Qué ganas de soltar las manualidades y que lleguen las raíces cuadradas!

¿Cuál es vuestra experiencia?

¿Los deberes y proyectos son para los hijos o para los padres?

¿Prima el lucimiento o la participación?

Deberes colegio

Deberes del colegio

Las madres, las mejores trabajadoras

Estoy firmemente convencida: las madres trabajadoras trabajamos mejor.

No cuento con ningún estudio de ninguna prestigiosa universidad extranjera que lo confirme pero lo constato con el día a día que veo a mi alrededor.

En contra de lo que muchos puedan pensar, empezando por esa abanderada de los derechos de la mujer que es Monica Oriol, ex presidenta del Círculo de Empresarios, las mujeres trabajadoras rinden mucho más en su puesto de trabajo después de ser madres.

Muchos me diréis que es imposible: que estamos más cansadas, que no dormimos por la noche y por tanto no rendimos por la mañana, que vivimos pendientes del WhatsApp, la llamada de la guardería o la paloma mensajera de la abuela… pero nada de eso se corresponde con el día a día de una mamá trabajadora.

Y digo mamá porque aún son muchos los empresarios que sobrentienden que solo las mujeres pasan las noches en vela, acuden a citas con el pediatra y piden horas libres para las tutorías de sus hijos, como si los hombres fueran convidados de piedra en esto de la crianza. ¿O a cuántos hombres de entre 25 y 45 años se les juzga a la hora de contratar o ascender por su paternidad?

Al menos para mí, la jornada laboral de ocho horas se presenta como un oasis celestial en el que no hay pañales, mudas, mochilas, desayunos saludables, aula matinal, un niño colocado, rutas escolares, camas sin hacer, justificante olvidado, ¡oh Dios, manchurrón de Cola-Cao en la sudadera!, otra mochila, segundo niño colocado, tupper descongelado para el mediodía, atasco de hora punta… hasta que llego a mi querido centro de trabajo.

Cuando entro por la puerta de la oficina a las 8.30 de la mañana se presenta ante mí un horizonte ordenado en el que tengo ocho horas para … TRABAJAR!!! Única y exclusivamente! Con tareas programadas, objetivos alcanzables y proyectos que desarrollar. Sentarme delante de mi ordenador y producir, escribir, redactar informes, contestar llamadas, asistir a reuniones… ¡Una bendición, vamos!

No contesto mensajes del grupo de WhatsApp de la guardería; tengo la excusa perfecta: estoy trabajando.
No hablo de mocos, virus, colecho ni apego; estoy trabajando.
No pienso en las extraescolares, la merienda, los deberes, el no quiero ducharme, no quiero recoger los juguetes, no quiero dormirme… que me espera cuando llegue a casa.
Solo trabajo.

No hago nada de esto porque tengo unos objetivos que cumplir en un plazo establecido. Soy más eficaz y resolutiva porque no puedo permitirme el lujo de salir una hora tarde del trabajo porque éste no esté acabado sin que ello conlleve otra hora más de aula vespertina o movilizar a los abuelos y en ocasiones hasta a la buena vecina.

Busco nuevas fórmulas, soy más ingeniosa, porque me encanta desarrollar esa capacidad creativa que tengo atorada de tanto Bob Esponja a todas horas del día en la tele.

Soy más responsable, más disciplinada; entre otras cosas, porque no puedo dejar de ingresar una nómina que llena el frigorífico tres veces por semana.

Y no es cosa mía, de verdad. Lo observo en el resto de compañeros -hombres y mujeres– que tienen hijos, aunque la losa de la conciliación acabe cayendo la mayoría de las veces sobre las segundas.

Mucho se ha hablado con motivo del Día de la Mujer de las diferencias salariales entre géneros, la precariedad en el empleo femenino y el porcentaje en los puestos directivos. Pero poco se escucha de la desconfianza que las mujeres en edad fértil siguen generando en los empresarios a la hora de contratar y ascender, una desconfianza a mi juicio totalmente injustificada.

Porque estoy firmemente convencida que las madres somos mejores trabajadoras.

Porque todos los días son 8 de marzo.

8 de marzo

8 de marzo