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La Feria con (o sin) niños

Tengo la casa adornada con trajes de flamenca colgados en cada armario, mantoncillos ya planchados sobre los respaldos de las sillas del salón, flores, peinetas y pendientes ordenados por juegos de color y tachados los días que faltan para pisar el albero el Sábado del Pescaíto. ¡Ah! Y tengo tres niños que todavía no sé que vamos a hacer con ellos.

Es lo que tiene traer hijos al mundo, que NO tienen horario de 8 a 15, ni días de vacaciones. Son para ti para siempreY hay ocasiones en los que se convierte en un verdadero… ¿dilema? ¿problema?… como cuando llega la Feria de Abril (cámbiese lo subrayado por cualquier otra fiesta o celebración que al lector le apasionara con locura antes de ser padre/madre). Os aseguro que, estos días, el tema “Qué haces con los niños en Feria?” es trending topic en mis conversaciones con adultos.

El Pitu Padre y yo nos preocupamos por encontrar el sano equilibrio entre inculcar a nuestros Pitus el gusto por nuestras fiestas y tradiciones… y tener un ratito de diversión para nosotros y nuestros amigos sin preocuparnos de estar con mil ojos para que el niño no se pierda en el Real, ni volvernos locos en las atracciones de la Calle del Infierno.

Así que algún día los llevaremos a dar un paseíto a la Feria para que se hinchen a base de algodón de azúcar, se monten en los cacharritos y tiren a la tómbola antes de que caigan rendidos y dormidos entre dos sillas de la caseta. Procuraremos hacerlo con otros sufridores padres y amigos acompañados de sus proles porque las penas experiencias compartidas son más llevaderas.

Otros días confiaremos en la bondad de los Pitu Abuelos para que se hagan cargo de sus nietos (ojalá sean muy bondadosos y se queden con los niños muchos días 😉 ) mientras que el Pitu Padre y yo nos escapamos a la Feria como cuando éramos novios. ¡¡Que hay ocasiones en las que sienta muy bien echarlos un poquito de menos para al día siguiente quererlos aún más!!


¿Y vosotros? ¿Cómo lleváis la logística de la Feria o vuestras fiestas locales? ¿Mejor con o sin niños? Anímate y cuéntanoslo!!!

 

 

Panini, las estampas de fútbol y los padres

El pasado fin de semana fui con mis dos hijos mayores a la Plaza del Cabildo, en Sevilla, a cambiar las estampas repetidas de su colección de fútbol de la Liga. Esta es una plaza encantadora en la que puedes encontrar monedas y billetes antiguos, cromos de muñecas, piezas de coleccionista y algunas antigüedades. Yo solía ir de pequeña con mi abuelo a comprar y cambiar sellos filatélicos, y ahora me gusta volver con mis Pitus a este peculiar cambalache en el que los niños se prestan tacos de estampas, repasan mentalmente cuál tienen y cuál le falta y negocian el valor de las cartas a cambiar, que no es lo mismo un Guante de Oro que un Súper Crack.

La mañana en el Cabildo, además de para pasar un rato agradable, da para mucho. Lo primero, que venzan la timidez inicial y se presenten a otros niños e inicien conversaciones. Segundo: para aprender a valorar un poco las cosas, que todo no se puede comprar; hay años que han acabado las colecciones con un montón enorme de estampas repetidas que no valían para nada. Si quieren completar la colección tendrán que poner algo de su parte y no solo dar sablazos a los titos y abuelos, sino buscar las cartas que les faltan intercambiando con otros niños.

Y por último, como experimento sociológico de cómo nos comportamos los padres. Porque si para la mayoría el ambiente era de fiesta y diversión por alcanzar la carta del jugador admirado o completar el equipo de cada uno, también me crucé con progenitores cargados de listas y álbumes que repasaban una y otra vez (ellos, no los niños) y padres vigilantes que no dejaban que sus hijos pasasen las estampas a otros niños por si se les caían al suelo… Me quedé a cuadros con una madre que le racaneaba a mis Pitus que su ‘Ídolo’ valía más que el ‘Nuevo Fichaje’ que los míos pretendían cambiarle… Entre tanto, sus niños eran meros espectadores -sin cartas en las manos- que acababan aburridos mientras sus padres se dedicaban a completar las estampas que les faltaban.

¿No será mejor propiciar que sean ellos los que ejerciten la memoria y recuerden qué estampas de jugadores ya atesoran?

¿No es más importante darles las herramientas para que no les timen (¡ojo, que hablamos de niños de seis años!) que impedir a toda costa que le levanten una carta de Griezmann?

¿Se nos ha olvidado que esto era un juego?

Me quedo con la cara de felicidad de mis dos Pitus que volvieron a casa con un taco de estampas nuevas y, lo mejor, conseguidas por ellos mismos. Repetiremos.

 

¿Inglés o patinaje? Toca elegir extraescolares

Me encuentro ante el difícil sudoku de cuadrar las actividades extraescolares de mis Pitus. Son varios los factores a tener en cuenta: que se adapten a sus gustos, que descubran nuevas motivaciones, que aprendan, que disfruten, que entren dentro del presupuesto y que cuadren con el horario laboral del Pitupadre y mío. ¡Ahí es poco! Añadidle que se compaginen entre los dos Pitus mayores.

El Pitu Mayor quiere patinar. El pasado año le pidió a los Reyes Magos unos patines en línea y no pierde ocasión para colocarse su casco y protectores y lanzarse a la carrera sobre ruedas. Tenemos la ‘suerte’ de que este año han incluido patinaje entre las actividades que ofrece el colegio en las extraescolares.

Si bien, su padre y yo habíamos decidido que este curso que comienza Educación Primaria sería una buena ocasión para reforzar el inglés en academia fuera del horario lectivo.

Además, juega al fútbol sala en el equipo del barrio con todos sus amigos dos días a la semana ¡y le encanta! Está como loco por empezar los entrenamientos y a nosotros nos gusta que practique un deporte de equipo y haga ejercicio físico. Pero estas tres actividades son incompatibles por horarios, disponibilidad e ¡incapacidad de sus padres para teletransportarse!

Ahora nos queda el Pitu Mediano -4 años-. Por un lado, no queremos atiborrarle a actividades a tan temprana edad, creemos que debe jugar, divertirse… ¡descansar! ¡Con lo sano que es dormir la siesta! Por otro lado, cada uno es él y sus circunstancias y el segundo avanza peldaños a pasos de gigante. Si su hermano juega al fútbol, él quiere fútbol; si va a una academia, “¿mamá, yo por qué no? Y qué os voy a contar de la obsesión que tenemos los padres por darle a todos los hijos las mismas oportunidades.

Pero he aquí el segundo problema: cada actividad tiene un horario distinto -e incluso diferentes días de celebración- según las edades. Por lo que corro el riesgo de llegar al campo de fútbol a las cuatro de la tarde y encadenar entrenamientos hasta las siete de la tarde. O ir a inglés los martes y jueves con el Pitu Mayor y los lunes y miércoles con el Pitu Mediano.

¿Vais encajando el tetris? Porque si a todo esto le sumamos mis turnos de mañana y tarde o los viajes del Pitu Padre a mí no me sale la cuadratura del círculo por ningún lado.

Siempre he criticado esos niños saturados de actividades todos los días de la semana. Baile, baloncesto, natación, fútbol, inglés, música… Con sesión doble incluso en un mismo día -acabar una actividad y empezar la siguiente- . Veía a esos padres agobiados corriendo del colegio al gimnasio y del comedor a la academia y creía que me escaparía de todo eso. Pero la maternidad me ha demostrado que acabaría tragándome todas esas palabras que empezaban por “con mis hijos yo nunca…”.

Así que al final hemos decidido que para la planificación del curso escolar vamos a poner en práctica un poquito de eso que tanto nos falta a los padres agobiados de hoy en día: sentido común. Vamos a intentar combinar diversión con aprendizaje, ejercicio físico con desarrollo intelectual, apoyo a la formación académica con el placer de ser niños: tener tiempo para darle patadas a una lata. Y todo eso, sin que sus padres pierdan la cabeza y un buen pellizco de la cartera.

Por cierto, no quiero ni imaginarme cómo será esto cuándo entre en juego el Pitu Pequeño

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¿Y vosotros? ¿Cómo lleváis la elección de las actividades extraescolares?

¡Cuentánoslo!

 

 

La abuela se ha ido al cielo

La mamá del Pitu Padre ha fallecido recientemente. La abuela llevaba tiempo enferma pero ninguno podíamos imaginar que el fatal desenlace se precipitara tan rápido. Han sido días tristes, cargados de emociones, cansados… A nada de ello han sido ajenos mis pequeños pitus.

Había leído varios artículos sobre cómo afrontar el tema de la muerte con los niños, pero nunca eché demasiada cuenta a estas recomendaciones, tal vez por la inconsciencia de creer que estos momentos nunca llegarían. Los abuelos son eternos ¿o acaso no creíamos nosotros eso mismo cuando éramos pequeños?

La abuela se puso muy malita un viernes, falleció al día siguiente. Comenzó para ellos un peregrinaje a casa de los abuelos maternos, titos, padrinos… y sin tener a sus padres al lado. Yo volvía cada dos o tres horas, porque tenía que amamantar al bebé, pero el Pitu Padre salía temprano y volvía tarde muy triste. “¿Qué pasa mamá?, preguntaban. “Que la abuela está malita“, contestaba yo.

Pasaban los días y se sucedía el duelo, y ellos seguían nerviosos observando que algo no encajaba. Llegaba el momento de contarles la verdad. Los senté en la cama abrazados y les expliqué que a veces, cuando las personas son mayores y se ponen enfermas, su corazón les falla. “Pero no debemos estar tristes porque resucitan y se van al cielo, como Jesús“.

El Pitu Mayor meditó lo que le decía y me inquirió sin rodeos: “Pero antes tienen que morir“. ““, afirmé. “¿Pero la abuela se está muriendo o se ha muerto ya“, insistió. “Ha muerto ya“, contesté sincera sorprendida ante tanto razonamiento lógico.

Aprendí inmediatamente que es absurdo intentar esconderles nada, ni siquiera maquillar con palabras bonitas la realidad. El Pitu Mediano me sorprendió con un pragmático comentario: “Pues entonces mamá ahora solo tenemos una abuela“. “Y hay que quererla por dos“, le dije.

A lo largo de estos días hemos llorado, recordado anécdotas con la abuela, repasado capítulos de su vida cuando papá era pequeño. Hemos respondido a las preguntas trascendentales que aparecían en el momento más inesperado: “¿La abuela ya no nos escucha?”, “¿Todos los abuelos se mueren?”, “¿Por qué está triste papá?”.

Incluso la tita nos regaló un libro que os recomiendo: Para siempre, de Camino García, para hablar con naturalidad de la muerte a los niños, como un ciclo que siguen todos los seres vivos.

No ha sido fácil para ellos, igual que no lo ha sido para nosotros, por muchos motivos que busquemos para afrontar con frialdad la pérdida de una madre, de una suegra, de una persona querida. No ha sido fácil escribir este post que llevaba varias semanas luchando por salir. Pero la presencia de la muerte es una faceta más de la vida, ha entrado en nuestras vidas, en mi vida con niños. Y la hemos afrontado como hacemos con tantas otras cosas: juntos.

Aniversario entre pañales

Hoy hace diez años que nos casamos el Pitu padre y yo. Siempre planeamos que para celebrar esta fecha tan especial nos regalaríamos un viaje a un destino exótico o como poco a una capital europea… Nada más lejos de la realidad.

Con un pequeño Pitu que no ha cumplido aún los dos meses me conformo con salir a cenar si los abuelos se quedan de canguro con la tropa. No serán más de dos o tres horas, el tiempo que nos queda entre toma y toma del pequeño tragón, pero será suficiente para charlar, mirarnos a los ojos y que no nos interrumpa ningún niño pidiendo ir al baño a hacer caca.

Hoy probablemente no será un día distinto a los demás: nos cruzaremos un “buenos días” entre desayunos, uniformes y prisas por llegar a tiempo al cole. Nos mandaremos un whatsapp a media mañana para recordar el pediatra del mediano o el partido de fútbol del mayor. Si tenemos la suerte de almorzar juntos será entre frases de “lávate las manos“, “mastica, niño, mastica” y amenazas de que no se pondrá la tele en todo el fin de semana “como no os comáis todos los garbanzos“.

¡Y dice Samantha que tener hijos hace perder calidad de vida! Y la paciencia, y horas de sueño, y que como consuelo solo te quede la tableta de chocolate.

Si me llegan a decir esto hace una década ¡yo salgo huyendo de la iglesia! O a lo mejor no, porque aunque con ojeras y un cansancio infinito, creo que no cambio uno solo de estos momentos por una sonrisa y un beso de cada uno de mis tres hijos.

¡Feliz Aniversario amor! Diez años más se me quedan cortos… ¡¡a por las bodas de plata!! Que esas sí que las vamos a celebrar como se merecen…

 

Foto de Jeff Belmonte

Trimaternidad real

“Donde comen dos comen tres” o “El tercero se cría solo” han sido algunas de las frases más escuchadas durante el embarazo del Pequeño Pitu con la intención de todo aquel que las pronunciaba de transmitir un mensaje de optimismo hacia lo que me esperaba.

De hecho, así fue durante unos días, 21 días exactamente, lo que duró la baja paternal del Pitu Padre. Durante esos días todo fue sobre ruedas: el buen esposo despertaba a los niños, los vestía, daba desayunos, llevaba al colegio… y hasta me subía el pan recién hecho para que yo despertara como una reina.

Pero tras la luna de miel llegó su reincorporación al trabajo y mi chocazo con la vida real. Intenté entonces echar mano del refranero popular con algo parecido a “madre de tres puede con todo” pero no hubo manera de encontrar nada parecido, porque no existe ¡es imposible!

Los desayunos, uniformes, mochilas, llegar puntual al cole y hacer el milagro de que no coincidiera con ninguna toma del pequeño se convirtieron en un ejercicio de funambulismo (y eso que pongo el despertador a las 7 de la mañana para llegar a las 9 al colegio que está a 50 metros).

Además el Pitupadre comenzó a retomar sus viajes de trabajo y a pasar dos y tres noches fuera de casa, llegaron los virus y el temporal de lluvia y frío para ponerlo todo un poquito más difícil.

Mi #trimaternidad real es que el mayor (5 años) esté en la ducha mientras el mediano (3 años) me pide que le limpie el culo y el pequeño está enganchado a la teta.

#Trimaternidad real es mandar al mayor a un cumpleaños con mi vecina para poder estar un par de horas dedicada al mediano los ratos que el pequeño no está tomando el pecho.

#Trimaternidad real es tener a un niño malo cada día de la semana ya que las probabilidades de contraer virus se multiplican por tres.

Y que conste que no puedo quejarme de mi pequeño Pitu, que es un pepón buenísimo que solo come y duerme (eso sí, come cada tres horas sin perdonar una toma). Ni imaginarme quiero cómo sería esto con un niño un poquito más movido…

Así que para hacer frente a esta trimaternidad real, en casa hemos puesto en práctica algunos principios:

– en esta casa se come, pero no sabemos cuándo, sobre todo los adultos. De disfrutar de la comida caliente mejor ni hablamos…

– la plancha es un lujo asiático reservado para ocasiones especiales, domingos y fiestas de guardar

pedimos ayuda: a amigos, vecinas, familia, otras mamás del cole… ¡¡Qué haríamos sin la tribu!!

– una vez a la semana me voy a casa de la PituAbuela a que me mime, me ponga la comida por delante y me cuide a los niños durante una hora para echarme la siesta

– las lavadoras, lavavajillas, camas por hacer y demás tareas domésticas siempre pueden esperar si tengo a mi Pequeño Pitu en brazos. ¡Crecen demasiado rápido para perder el tiempo en esas cosas!

La trimaternidad algo bueno tiene: me ha enseñado a priorizar.

Os seguiré contando…

La foto es de Natasha Kelly ¡ni tiempo me da para abrir la cámara del móvil! Aunque el panorama a veces es de lo más parecido…

Conciliar también es que los vista papá (y a su gusto)

Cuando hablamos de conciliación la mayoría de las ocasiones lo hacemos en clave femenina y en un amplio porcentaje en tono de queja, con poca autocrítica. Hoy no voy a hablaros de conciliación laboral ni de políticas que nos hagan más fácil la carga familiar sino de esos detalles cotidianos del día a día como quién viste a los niños en casa.

Me ha costado, pero he llegado a la convicción de que a veces conciliar también es aceptar que a tus hijos los vista papá, y a su gusto, con el riesgo que ello conlleva en algunos casos al ver el resultado final…

Y me ha costado reconocerlo porque han sido varias las ocasiones que tras llegar de trabajar –o de la peluquería de echarme mechas, que tampoco hay que ser tan mártir– y encontrarme a los pitus arreglados por el buen padre, he corrido al armario a cambiarles esa camiseta que no pegaba ni con cola con aquellos pantalones o a sustituirles ese polo de manga larga por otro más veraniego “porque hoy no hace tanto frío“.

El consiguiente cabreo del Pitupadre es comprensible por mucho que yo me esfuerce en hacerle distinguir el poder de la combinación de los pantones.

Y es que al cambiarles esa camiseta de hace dos temporadas por la camisa tan monísima que YO les había comprado y que YO había pensado que era ideal  para este día precisamente, no solo estoy echando por tierra su trabajo de vestir, limpiar y peinar niños; también su autoridad y su iniciativa. ¡Con qué derecho me voy a quejar después si el reparto de las tareas de la casa no es igualitario o no está al día de las circulares que nos llegan a través del grupo de whatsapp de las mamás los papás de la clase!

No me imagino cómo debe ser la situación entre aquellos que tenéis hijas y os enfrentáis además a la tarea de rematar lazos, trenzas y colas. Nosotros suficiente tenemos con la lucha por la ropa deportiva: ¡qué insistencia en ponerles la camiseta de su equipo de fútbol y los botines!

A las madres se nos llena la boca pidiendo que limpien como nosotras, que hagan trenzas como nosotras, que cuenten las piezas de fruta que los niños han comido al día y no las sustituyan por la galleta de chocolate como hacemos nosotras… ¡¿pero cuántas veces nos resistimos a dejar esa parcela de poder de decisión sobre lo que le conviene o no al niño?!

El pasado sábado me fui a la peluquería a las nueve de la mañana. Cuando volví a las once, los niños estaban desayunados y vestidos con una combinación de colores y tejidos que hizo que se me volvieran a rizar los pelos. Suspiré hondo y nos fuimos de paseo. A veces conciliar también es esto: aceptar que a tus hijos también los puede vestir su padre a su gusto. E incluso puede que no vayan mal, simplemente como tú no lo habrías hecho.

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Rabietas

El Pitu Pequeño hay días que cortocircuita. Es un niño bueno, cariñoso, que comparte… pero a veces se le cruza el cable y entonces llegó el acabose.

Pasaron los terribles dos años y los berrinches, pataletas y golpes de personalidad se fueron con ellos. Pero a los tres aún queda alguna rabieta, esporádica, eso sí, pero de las que tardan en olvidarse.

Ayer fue uno de esos días en los que se levantó llorando y se acostó llorando. Lloró porque no se quería levantar, lloró porque no quería ir al cole; cuando salió del cole lloró porque no quería volver a casa; lloró porque no quería dormir la siesta y cuando se quedó frito del berrinche lloró porque no se quería despertar. Lloró porque no quería ducharse y después porque no quería salir de la ducha. Cuando le acosté no quiso beso de buenas noches e inmediatamente después armó la mundial porque su madre se había ido sin darle un beso… Lloró y lloró en modo bucle.

Entre una y otra rabieta –aunque no tengo muy claro si no fue la misma de 24 horas de duración- empleé todos los recursos pedagógicos a mi alcance: fui comprensiva, cariñosa, le abracé, empaticé, intenté negociar con él, me mostré dura, inflexible, dije hasta aquí llegamos, lo castigué… y todas ellas fueron igual de ineficaces.

¿¿¿Alguien sabe dónde está el botón de off???

Esos días de rabieta me superan, no me cuesta reconocerlo. ¿Cómo es posible que un mico de tres años te contagie tal estado de ansiedad?

Cuando era más pequeño lo achacaba a los dientes, la barriguita…. Después le eché la culpa a los terribles dos años. Ahora podría argumentar que es el cambio de la guarde al cole o la llegada del nuevo hermanito.

O puede que simplemente tenga un mal día.

 

 

¡Que empiece el cole ya!

Retomo el Pitublog tras estos días de vacaciones y descanso para compartir con vosotros una inquietud que me come por dentro este mes de septiembre… ¡¡¡necesito que EMPIECE EL COLE YA!!!

Estas primeras semanas se están haciendo imposibles, no hay manera de superarlas, parece que nunca va a llegar el día 12. Sé que para algunos puede parecer cruel, pero no exagero lo más mínimo: sueño con el momento en que abran la puerta del colegio y deje a mis queridos pitus con sus amadas profesoras.

Este calendario escolar no hay manera de compaginarlo con la jornada laboral. Los colegios no son aparcaniños –que me dirán algunos–, pero los trabajos no admiten los malabarismos que llevamos practicando el pitupadre y yo estos tres últimos meses.

Tengo fritos a titos y abuelos, agotada la imaginación de buscar actividades infantiles para llenar tres meses de vacaciones, el bolsillo más que tocado y la sensación de estar continuamente “colocando niños“.

Y no soy la única. ELLOS también necesitan volver al cole. Tras el verano están asilvestrados, desconectados de cualquier rutina, más que descansados, abrumados de tanta actividad y, tras recorrer playas y montañas, aburridos de volver a meterse entre cuatro paredes sin nada que hacer durante horas y horas de calor infernal.

– “¿Sabes cuánto queda para empezar el cole, mamá?”, me pregunta el Pitu Mayor a diario.

– “Sí, hijo sí, cuento los días“.

¿Y vosotros? ¿Cómo lo lleváis?

Sola en casa

22:00 pm. Sola en casa. Ni marido ni niños. Creo que es la primera vez que me encuentro así.

Es verdad que he pasado noches sin mis hijos cuando nos hemos ido de escapada el Pitu Padre y yo o cuando hemos salido de boda-feria-relío con los amigos y ellos se han quedado a dormir en casa de los abuelos. Pero es la primera vez que me encuentro YO , SOLA, en MI casa.

El motivo no es otro que el Pitu Padre está de viaje de trabajo en la otra punta de la península y yo mañana entro a trabajar tan temprano que no están abiertas ni las aulas matinales de guardería y colegio. ¿¿¿¿Concilia…qué???? Así que nuevamente he tenido que tirar de los benditos abuelos para que nos salvaran la papeleta y se quedaran con los pitus desde la noche antes.

Entro en casa y la siento extraña. No es normal este silencio, ni mucho menos este orden. Sin coches por el suelo ni tropezar con el patinete. Ceno y me entran ganas de poner música y prepararme un Barceló Cola pero en su lugar me doy cuenta que he encendido la luz del pasillo, ésa que nunca se apaga por la noche para evitar las pesadillas del Pitu Pequeño.

He cogido el Ipad con intención de recuperar esos capítulos atrasados de The Good Wife y en su lugar me he entretenido con el whatsapp preguntándole a los abuelos si los pitus se habían dormido ya. ¡Pero qué desastre! ¿En qué me he convertido? ¡Con la de veces que a lo largo del día deseo tener cinco minutos a solas!

Así que visto lo visto he decidido hacer lo único que seguro voy a conseguir esta noche: DORMIR nueve horas seguidas sin interrupción.