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Aniversario entre pañales

Hoy hace diez años que nos casamos el Pitu padre y yo. Siempre planeamos que para celebrar esta fecha tan especial nos regalaríamos un viaje a un destino exótico o como poco a una capital europea… Nada más lejos de la realidad.

Con un pequeño Pitu que no ha cumplido aún los dos meses me conformo con salir a cenar si los abuelos se quedan de canguro con la tropa. No serán más de dos o tres horas, el tiempo que nos queda entre toma y toma del pequeño tragón, pero será suficiente para charlar, mirarnos a los ojos y que no nos interrumpa ningún niño pidiendo ir al baño a hacer caca.

Hoy probablemente no será un día distinto a los demás: nos cruzaremos un “buenos días” entre desayunos, uniformes y prisas por llegar a tiempo al cole. Nos mandaremos un whatsapp a media mañana para recordar el pediatra del mediano o el partido de fútbol del mayor. Si tenemos la suerte de almorzar juntos será entre frases de “lávate las manos“, “mastica, niño, mastica” y amenazas de que no se pondrá la tele en todo el fin de semana “como no os comáis todos los garbanzos“.

¡Y dice Samantha que tener hijos hace perder calidad de vida! Y la paciencia, y horas de sueño, y que como consuelo solo te quede la tableta de chocolate.

Si me llegan a decir esto hace una década ¡yo salgo huyendo de la iglesia! O a lo mejor no, porque aunque con ojeras y un cansancio infinito, creo que no cambio uno solo de estos momentos por una sonrisa y un beso de cada uno de mis tres hijos.

¡Feliz Aniversario amor! Diez años más se me quedan cortos… ¡¡a por las bodas de plata!! Que esas sí que las vamos a celebrar como se merecen…

 

Foto de Jeff Belmonte

Trabajos, deberes y manualidades… ¿para niños o para padres?

Me echo a temblar cuando al recogerlos del colegio veo esa circular de color blanco que asoma entre las hojas de la agenda de clase (en el caso del mayor, cuando recibo una notificación en el portal web escolar: ahí está, parpadeando en rojo ¡alerta! ¡alerta!).

Comienza la pesadilla. Cierro los ojos para no imaginar qué nuevo trabajo, deberes o manualidad tendré que preparar a altas horas de la madrugada. Hago recuento mental de las láminas de cartulina, goma eva, purpurina y témperas que tengo en casa. Y lo que es peor, comienzo a buscar huecos en la ya de por sí apretadísima agenda para pintar ese mural que debe decorar la clase, trabajar el Día de la Paz o hacer una manualidad con motivo de la llegada de la primavera.

Desde que el Pitu mayor entró en la guardería hemos intentado que los trabajos sean de ellos, que participen en la creación y diseño de los mismos -aunque sea estampando la huella de su mano sobre el folio-.

Y de ese modo si había que decorar una hoja del otoño ellos pegaban garbanzos y lentejas o si se trataba de hacer unas maracas caseras las rellenábamos con piedras y hojas que encontrábamos en el parque.

Pero he ahí nuestro error. En esas andábamos cuando el pasado mes de febrero llegó la hora de trabajar los monumentos de nuestra ciudad con motivo del Día de Andalucía. Al Pitu le tocó conocer un famoso teatro y casino, visitarlo y hacerse fotos con su familia y posteriormente plasmar su experiencia en un folio que pasaría a formar parte del libro de la ciudad de su clase –clase de 3 años–.

Recortamos fotos, pintamos máscaras y motivos teatrales y escribimos breves apuntes sobre qué es un teatro, dónde se sacan las entradas y lo bonito que eran sus jardines para pasear en bicicleta.

Cuál fue nuestra sorpresa cuando el ‘libro‘ llegó a nuestras manos un fin de semana. Mientras el Pitu me iba presentando a sus amigos, yo asistía boquiabierta al despliegue de medios. ¡Qué erudición en sus textos (propios del copy-paste de la Wikipedia)! ¡Qué cuidada edición en los estilos y maquetación! ¡Qué poca mano de los niños!

Comentándolo con otra mamá del colegio (su hijo está en un curso superior), me confesó que a ella le había pasado lo mismo: apostaba por la participación del niño en los proyectos hasta que comenzó a comparar con los trabajos que presentaban los demás compañeros de la clase (o mejor dicho, los papás de éstos).

¡Qué ganas de soltar las manualidades y que lleguen las raíces cuadradas!

¿Cuál es vuestra experiencia?

¿Los deberes y proyectos son para los hijos o para los padres?

¿Prima el lucimiento o la participación?

Deberes colegio

Deberes del colegio

Dedicado al Pitu Padre

Hoy es el Día del Padre, y por eso hemos decidido dedicarle nuestro post semanal a todos los papás, pero muy especialmente, a nuestro Pitu Padre.

Nuestro post va dedicado a ese futbolero amante de la calle, el sol y los amigos que nunca pensó que su día a día fuera a cambiar de la manera que lo hizo hace cuatro años –y que remató para premio hace dos–.

El Pitu Padre se levanta antes que nadie en casa para preparar biberones y mochilas antes de salir a trabajar.

 El Pitu Padre cambia pañales, va a tutorías y recuerda la cita con el pediatra. No es cuestión de conciliación, él piensa que todo va en el mismo saco.

 El Pitu Padre es el soñador de la pareja, el que busca nuevos caminos y los hace posible.

 Se hace el dormido cuando los niños lloran por la noche, pero porque sabe que la madre también está despierta y aguantando el pulso a ver quién de los dos se levanta antes.

El Pitu Padre cuenta cuentos pero no Los Tres Cerditos ni Caperucita Roja; él prefiere narrarles la semifinal del Sevilla FC un jueves de Feria contra el Schalke 04; y el caso es que le da resultado, ¡¡los deja fritos!!

Le gustan las guerras de almohadas los domingos e ir a comprar churros para sus niños. Le gusta llevarlos al burger los fines de semana que mamá trabaja y darles chucherías para ver el partido de fútbol desde la grada. No le gusta hacer el papel de ‘Poli-Malo’.

El Pitu Padre también tiene aún cosas que aprender, entre ellas, escoger la ropa del armario y combinar pantalones, con camisas y jerseys. ¡Prefiere cerrar el inventario anual que vestir a dos niños de domingo!

El Pitu Padre se queja mucho menos que yo, no usa las redes sociales para lamentarse de las malas noches ni de las citas con amigos suspendidas por una otitis, y hasta es capaz de enfrentarse a un post si la community manager de la casa se lo pide.

El Pitu Padre va a pasar el Día del Padre a kilómetros de casa; va a echar de menos los besos de Álvaro y las ocurrencias de Antonio. Por eso le mandamos este post para que recuerde siempre… ¡¡que es el mejor padre del mundo mundial!!

Día del Padre

Día del Padre

Las madres, las mejores trabajadoras

Estoy firmemente convencida: las madres trabajadoras trabajamos mejor.

No cuento con ningún estudio de ninguna prestigiosa universidad extranjera que lo confirme pero lo constato con el día a día que veo a mi alrededor.

En contra de lo que muchos puedan pensar, empezando por esa abanderada de los derechos de la mujer que es Monica Oriol, ex presidenta del Círculo de Empresarios, las mujeres trabajadoras rinden mucho más en su puesto de trabajo después de ser madres.

Muchos me diréis que es imposible: que estamos más cansadas, que no dormimos por la noche y por tanto no rendimos por la mañana, que vivimos pendientes del WhatsApp, la llamada de la guardería o la paloma mensajera de la abuela… pero nada de eso se corresponde con el día a día de una mamá trabajadora.

Y digo mamá porque aún son muchos los empresarios que sobrentienden que solo las mujeres pasan las noches en vela, acuden a citas con el pediatra y piden horas libres para las tutorías de sus hijos, como si los hombres fueran convidados de piedra en esto de la crianza. ¿O a cuántos hombres de entre 25 y 45 años se les juzga a la hora de contratar o ascender por su paternidad?

Al menos para mí, la jornada laboral de ocho horas se presenta como un oasis celestial en el que no hay pañales, mudas, mochilas, desayunos saludables, aula matinal, un niño colocado, rutas escolares, camas sin hacer, justificante olvidado, ¡oh Dios, manchurrón de Cola-Cao en la sudadera!, otra mochila, segundo niño colocado, tupper descongelado para el mediodía, atasco de hora punta… hasta que llego a mi querido centro de trabajo.

Cuando entro por la puerta de la oficina a las 8.30 de la mañana se presenta ante mí un horizonte ordenado en el que tengo ocho horas para … TRABAJAR!!! Única y exclusivamente! Con tareas programadas, objetivos alcanzables y proyectos que desarrollar. Sentarme delante de mi ordenador y producir, escribir, redactar informes, contestar llamadas, asistir a reuniones… ¡Una bendición, vamos!

No contesto mensajes del grupo de WhatsApp de la guardería; tengo la excusa perfecta: estoy trabajando.
No hablo de mocos, virus, colecho ni apego; estoy trabajando.
No pienso en las extraescolares, la merienda, los deberes, el no quiero ducharme, no quiero recoger los juguetes, no quiero dormirme… que me espera cuando llegue a casa.
Solo trabajo.

No hago nada de esto porque tengo unos objetivos que cumplir en un plazo establecido. Soy más eficaz y resolutiva porque no puedo permitirme el lujo de salir una hora tarde del trabajo porque éste no esté acabado sin que ello conlleve otra hora más de aula vespertina o movilizar a los abuelos y en ocasiones hasta a la buena vecina.

Busco nuevas fórmulas, soy más ingeniosa, porque me encanta desarrollar esa capacidad creativa que tengo atorada de tanto Bob Esponja a todas horas del día en la tele.

Soy más responsable, más disciplinada; entre otras cosas, porque no puedo dejar de ingresar una nómina que llena el frigorífico tres veces por semana.

Y no es cosa mía, de verdad. Lo observo en el resto de compañeros -hombres y mujeres– que tienen hijos, aunque la losa de la conciliación acabe cayendo la mayoría de las veces sobre las segundas.

Mucho se ha hablado con motivo del Día de la Mujer de las diferencias salariales entre géneros, la precariedad en el empleo femenino y el porcentaje en los puestos directivos. Pero poco se escucha de la desconfianza que las mujeres en edad fértil siguen generando en los empresarios a la hora de contratar y ascender, una desconfianza a mi juicio totalmente injustificada.

Porque estoy firmemente convencida que las madres somos mejores trabajadoras.

Porque todos los días son 8 de marzo.

8 de marzo

8 de marzo