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Excedencia: cuando las prioridades cambian…

La semana pasada debía incorporarme a mi puesto de trabajo. Se acababan mis 16 semanas de baja maternal (más los quince días de lactancia) a la par que mi Pequeño Pitu cumplía sus primeros cuatro meses de vida.

Digo “debía incorporarme” porque por primera vez en mi experiencia como mamá de tres niños me he planteado tomarme una pequeña excedencia por guarda legal. Nunca hasta ahora me ha dado pena dejar a mis bebés al cuidado de los abuelos o en la guardería. Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza dejar de trabajar para cuidar de mis hijos (me gusta mi trabajo y necesito salir de casa, ponerme rimmel y hablar con adultos sobre temas de adultos). Pero la trimaternidad obliga a tomar medidas excepcionales por el bien de la organización de la familia y mi bienestar físico y mental.

Que las medidas de conciliación laboral y familiar en nuestro país son insuficientes no es algo que vayamos a descubrir ahora. Pero a mí al menos cada vez se me hace más difícil ahora que somos familia numerosa.

Para empezar, tendría que haber dejado a mi pequeño Pitu en la guardería con tan solo cuatro meses, lo que implica matricularle una o dos semanas antes para comenzar su adaptación. ¡Y comenzar a tirar de abuelos a la semana siguiente con el primer virus que pillara en la guarde!

Volver al trabajo habría supuesto también acabar con la lactancia materna en exclusiva; ¿recordáis aquella recomendación de la Organización Mundial de la Salud sobre la lactancia durante los seis primeros meses de vida? Pues eso…

En poco más de un mes, me habría juntado con tres niños “que colocar” cuando los mayores acaben el colegio a mitad de junio y se acabe el colchón que supone aula matinal, clases, comedor y actividades extraescolares. Lo siento por lo de “colocar” pero no encuentro una expresión más acertada para describir la presión que nos supone adaptar la rutina de tres niños a la imprevisible jornada laboral de sus padres (viajes, turnos de mañana, tarde y fines de semana, eventos especiales…).

Si echas cuentas de lo que te vas a gastar en campus de verano, guardería y cuidadora te entran ganas de llorar.

Pero la más importante de las razones para solicitar la excedencia por guarda legal es que con mi tercer hijo estoy viviendo una verdadera revisión de prioridades: tengo claro que va a ser el último, que el tiempo que no pase con él no volveré a recuperarlo y que quiero disfrutar de él todo lo que pueda y más.

A todo esto ayuda que trabajo en una empresa que presta sus servicios a la Administración y me garantiza el cumplimiento de mis derechos laborales a la reincorporación.

Así que desde hoy y hasta el próximo 1 de septiembre me voy a dedicar a los besos y achuchones, a los partidos de fútbol, a las excursiones a la piscina. En septiembre volveremos todos al cole con fuerzas renovadas, iniciando nueva etapa. No voy a ingresar un euro, nos privaremos de algunas cosas, pero voy a ser la más rica del mundo. ¿Que no? ¿¡Cuánto vale esta felicidad!?

 

cc Foto de Adrian Dreßler

Bienvenido al mundo mi pequeño Pitu

Vuelvo por el blog tras unos días de desconexión obligada. Como muchos sabéis a través de nuestras redes sociales, a final de año hemos sido padres de nuestro pequeño Pitu, un pepón precioso que nos tiene locos de felicidad.

Durante unos días, hemos suspendido toda actividad laboral, incluida la venta en nuestra tienda on line pitupitu.es, porque queríamos concentrar todo nuestro tiempo y esfuerzo en él y sus hermanos. Por fin he encontrado un huequito en esta recién estrenada baja maternal para pasar por el blog y contaros cómo ha sido esta tercera experiencia.

Como ya os he mencionado en otras ocasiones, soy periodista de profesión y estoy convencida de que son necesarias las noticias positivas. Cuando se navega en la red, en ocasiones encontramos demasiadas experiencias negativas, problemas, complicaciones… más en lo que concierne a la maternidad (embarazo, alumbramiento, crianza..). Por eso creo que es necesario contar experiencias agradables y me animo a compartir con vosotros cómo fue mi tercer parto.

Sin duda, ha sido con diferencia el mejor de los tres y ni qué decir de la recuperación. Se retrasó un poco, todos mis niños han sido unos perezosos y han venido al mundo con algunos días de más sobre la fecha prevista de parto (el primero de hecho, fue inducido a las 42 semanas). ¡Se ve que están muuuuuy a gusto en el vientre de su madre!

Con el tercero todos decían que se adelantaría, pero pasaron los recitales de villancicos de los hermanos (que yo no contaba con presenciar), la Nochebuena y la Navidad (me las imaginaba cenando en una habitación de hospital y al final pudimos celebrarlas con toda la familia) y ya intuíamos una nueva inducción cuando el día antes, el 27 de diciembre, desperté de madrugada con fuertes contracciones.

Desde la primera supe que éstas eran las de verdad. Aguanté un par de horas en la cama contando los minutos que pasaban entre una y otra y a las seis de la mañana llamamos a los abuelos para que vinieran a casa a quedarse con los hermanos mayores. Parece mentira cómo es el instinto maternal pero a las puertas de uno de los momentos más cruciales de mi vida –el nacimiento de mi tercer hijo– lo que más me preocupaba era el madrugón que íbamos a darle a los hermanos y cómo dejarlos colocados antes de salir corriendo para la maternidad.

Así que, con la ayuda inestimable de los pitus abuelos, el padre y yo llegamos al hospital Virgen del Rocío y todo fue sobre ruedas. Fue un parto rapidísimo: menos de cuatro horas y eso que tuvieron que repetirme la analítica que se caducaba precisamente ese mismo día.

Aunque parezca difícil en una gran ciudad como Sevilla, estuvimos rodeados de amigos y conocidos entre los profesionales que nos atendieron en el parto: la matrona que me asistió, una vecina; mi comadre, que es anestesista, nos acompañó hasta el paritorio; el primo Diego velando por que todo fuera bien…

Como la dilatación fue tan rápida y me pincharon la epidural, estuve descansada y muy consciente durante todo el parto. Al Pitu Padre y a mí nos dio tiempo de charlar tranquilamente, de compartir miedos y confidencias, de rezar juntos… y hasta de echar una cabezadita para coger fuerzas para el alumbramiento.

Cuando llegó el momento, estaba tranquila y relajada. Sabía que iba a ser mi último parto y quería disfrutar de él. Me ayudó mucho la confianza que me transmitió mi matrona -gracias Elena- y tener al Pitu Padre al lado dándome ánimos. Entre respiraciones y pujos, la vida se nos coló entre los dedos y se instaló en mi pecho. Allí estaba mi bebé, cubierto de una grasa viscosa y llantos de alegría, abriendo la boca en busca de un nuevo vínculo con su madre.

Mi pequeño Pitu, un pepón de 3.986 kilos y 53 centímetros de largo, venía al mundo para demostrarnos que siempre se puede ser más feliz de lo que creíamos, que el amor se puede multiplicar aún más de lo que parece posible.

¡Bienvenido al mundo mi pequeño Manuel!

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