Vueltas al Cole que emocionan

Había tomado la determinación de no escribir sobre el primer día de clase. Tanto post de la Vuelta al cole me tenía un tanto aburrida. Pero entonces recordé que este blog lo escribo no porque quiera cumplir con las medias de publicación que se imponen en la comunidad bloguera, sino porque me encantará que mis hijos lo relean dentro de 20 años -si es que la tecnología se lo permite-.

Mi Pitu Mayor empieza Segundo Curso de Infantil. Para el año pasado quedaron los miedos de cómo se integraría en el colegio, cómo sería su profe, ¿habríamos elegido bien el colegio?, ¿encajará con sus nuevos compañeros?… y tantas otras inquietudes que nos quitan el sueño a los padres primerizos.

Este año daba por supuesto que la Vuelta al Cole sería coser y cantar, una rueda que se pone de nuevo en marcha, más de lo mismo. Pero me equivocaba… ¡¡ha sido mucho mejor!!

Su primer día comenzaba tarde, a las 12.30 horas, por eso de la adaptación. Demasiado tarde incluso para él, que vestido con el uniforme desde las 9 de la mañana (había que llevar al Pequeño Pitu a la guardería dentro de su también periodo de adaptación –esto da para otro post–) no dejaba de insistir en “cuándo vamos al cole, cuándo vamos al cole, cuándo vamos al cole…”.

Tan harta me tenía que nos fuimos a la puerta del colegio una hora antes; “algún niño me encontraré”, pensé yo. No fue uno, sino unos cuantos los padres que habían llevado a sus hijos al parque de enfrente del colegio a fin de que se relajaran un poco antes de entrar.

¡Y ahí comenzó el espectáculo! Mi Pitu comenzó a reencontrarse con sus amigos y compañeros de clase, a fundirse en abrazos y a dar gritos de alegría cada vez que veía una nueva cara conocida. Anduvo como loco de un lado a otro de la puerta del colegio buscando a sus amigos, reencontrando sus juegos, repartiendo besos…

Salió de casa con el polo blanco impoluto, los botines recién estrenados y el pelo peinado y perfumado con Nenuco; entró en la clase sudando y despeinado, pero contento de volver y con una sonrisa de oreja a oreja.

Sentí una alegría nueva, desconocida: la satisfacción de ver a mi hijo feliz en un ambiente distinto del mío, del que su padre y yo le ofrecemos en el ámbito doméstico y familiar. Comprobar que es querido por sí mismo, capaz de relacionarse y crear nuevos círculos me enorgullece y tranquiliza. Los llevamos al colegio para que estudien, se estimulen, aprendan idiomas y desarrollen físicamente pero la mejor nota de este curso mi Pitu mayor la ha sacado en su primer día de clase: ¡un sobresaliente en amigos!

P.D. La anécdota del día no fueron los niños, ni los libros, ni los reencuentros… ¡lo mejor de la jornada fue el aplauso que se llevaron las profesoras cuando abrieron la puerta del colegio! ¡Ahí los lleváis!

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